Londres, 25 de enero de 1894

Estimado señor:

A continuación, las respuestas a sus preguntas.

1. Por relaciones económicas, consideradas por nosotros como la base determinante sobre la que se asienta la historia de la sociedad, entendemos la manera en que los hombres de una determinada sociedad producen los medios de vida e intercambian esos productos entre sí (en la medida en que existe división del trabajo). Así, pues, comprenden toda la tecnología de la producción y del transporte. A nuestro juicio, esa tecnología determina también el modo del intercambio, así como la distribución de los productos y, por consiguiente, tras la disolución de la sociedad gentilicia, también la división en clases, y de ahí las relaciones de dominadores y dominados, y de ahí el Estado, la política, el derecho, etc. Las relaciones económicas comprenden además la base geográfica sobre la que se desarrollan y, en efecto, los restos heredados de anteriores fases del desarrollo económico, restos que a menudo deben su supervivencia únicamente a la tradición o a la *vis inertiae*;** también comprenden, naturalmente, el medio exterior que envuelve a esta forma de sociedad.

Si, como usted dice, la técnica depende en gran medida del estado de la ciencia, ¡cuánto más no depende ésta, a su vez, del estado y de las necesidades de la técnica! La hidrostática (Torricelli, etc.) debe su existencia únicamente a la necesidad de regular los torrentes de montaña en Italia en los siglos XVI y XVII. Sólo desde que se descubrieron sus aplicaciones técnicas hemos sabido algo racional acerca de la electricidad. Por desgracia, en Alemania los historiógrafos han adquirido la costumbre de escribir sobre las ciencias como si hubieran caído del cielo.

2. Consideramos las condiciones económicas como aquello que, en última instancia, determina el desarrollo histórico. Pero la raza humana misma es un factor económico. Ahora bien, hay dos puntos que no deben pasarse por alto:

a) El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., se basa en el desarrollo económico. Pero cada uno de éstos reacciona a su vez sobre los demás y sobre la base económica. No se trata de decir que la situación económica sea la causa y que ella sola sea activa mientras todo lo demás es mero efecto pasivo, sino que existe una acción recíproca basada, en última instancia, en la necesidad económica que se impone siempre. El Estado, por ejemplo, ejerce su influencia mediante aranceles protectores, el libre cambio, sistemas fiscales buenos o malos, e incluso esa mortal lasitud e impotencia del filisteo alemán, consecutiva a la empobrecida situación económica de Alemania entre 1648 y 1830 y que se manifestó primero en el pietismo y luego en la sensiblería y el servilismo rastrero ante príncipes y nobles, ni eso dejó de tener efectos económicos. Fue uno de los mayores obstáculos para la recuperación y no se eliminó hasta que la pobreza crónica se agudizó como resultado de las guerras revolucionarias y napoleónicas. Así pues, el efecto de la situación económica no es automático, como a veces se supone cómodamente; los hombres hacen su propia historia, pero en un medio dado que los condiciona, y sobre la base de relaciones existentes y efectivas entre las cuales las relaciones económicas, por mucho que puedan ser influidas por otras de índole política e ideológica, son, en última instancia, el factor determinante y representan el hilo conductor ininterrumpido que es el único que puede conducir a la comprensión.

b) Si bien los hombres hacen su propia historia, hasta ahora no lo han hecho con una voluntad concertada según un plan concertado, ni siquiera en una sociedad dada y claramente delimitada. Sus aspiraciones son divergentes, y por eso todas esas sociedades están gobernadas por la necesidad, cuyo complemento y manifestación es el azar. La necesidad que aquí se impone invariablemente sobre el azar es, nuevamente, en última instancia, económica. Esto nos lleva a la cuestión de los llamados grandes hombres. El hecho de que tal o cual hombre, y precisamente él, surja en un momento determinado en un país dado, es, por supuesto, puro azar. Pero si lo eliminamos, se hará necesario un sustituto y se encontrará un sustituto —*tant bien que mal*,*** pero se le encontrará en última instancia. Que Napoleón, precisamente este corso, fuera el dictador militar que se hizo necesario para una República Francesa desangrada por sus propias guerras, fue algo fortuito; pero que, a falta de un Napoleón, otro habría ocupado su lugar queda demostrado por el hecho de que, en el momento en que alguien se hace necesario —César, Augusto, Cromwell, etc.—, ese alguien aparece invariablemente. Si fue Marx quien descubrió la concepción materialista de la historia, el trabajo de Thierry, Mignet, Guizot y todos los historiógrafos ingleses anteriores a 1850 demuestra que se estaban haciendo esfuerzos en esa dirección, mientras que el descubrimiento de la misma concepción por Morgan muestra que los tiempos estaban maduros para ella y que tenía que ser descubierta.

Lo mismo vale para todos los acontecimientos fortuitos y aparentemente fortuitos de la historia. Cuanto más alejada esté la esfera que investigamos de la esfera económica y más cerca de la esfera puramente abstracta, ideológica, tanto más probable será que encontremos en su desarrollo muestras del azar, y tanto más irregular será la curva que trace. Pero si se traza el eje medio de la curva, se verá que cuanto más largo sea el período considerado y más extensa el área así abarcada, tanto más aproximadamente paralelo será ese eje al eje del desarrollo económico.

En Alemania, el mayor obstáculo para una interpretación exacta es el descuido irresponsable de la historia económica en la literatura. Es tan difícil, no sólo deshacerse de las ideas históricas que a uno le han inculcado en la escuela, sino también reunir el material necesario para ello. ¡Quién ha leído, por ejemplo, al viejo G. von Gülich, cuyo árido catálogo de materiales contiene, sin embargo, tanto que arroja luz sobre innumerables hechos políticos!

Por lo demás, creo que el magnífico ejemplo que Marx ofrece en *El 18 Brumario* debería, precisamente por ser un ejemplo práctico, contribuir en gran medida a responder a sus preguntas. También pienso que he tratado la mayoría de estos puntos en el *Anti-Dühring*, capítulos 9-11 y II, 2-4, también en el III, y en la introducción, y de nuevo en la última sección del *Feuerbach*.

Le ruego que no tome cada palabra de lo que he dicho como un evangelio, sino que las considere en su contexto general; lamento no haber tenido tiempo para escribirle con el detalle cuidadoso que habría debido emplear para una publicación.

Tenga la bondad de transmitir mis saludos al Sr. …° y agradézcale el envío del …© que tanto me ha divertido.

Sinceramente suyo,

F. Engels

* Ahora Wroclaw  
** la fuerza de la inercia  
*** bien que mal