[London], 3 de octubre de 1893

Muy señor mío:

A mi regreso del extranjero, encuentro su carta del 10 de agosto. Me temo que no puedo serle de ninguna utilidad en su disputa con su familia. Incluso si su derecho legal al dinero me resultara mucho más claro de lo que me resulta, solo podría decirle que usted, como hombre pobre, apenas tendría la menor posibilidad, ante los tribunales ingleses, frente a gente adinerada que, además, podría pleitear contra usted con su propio dinero. Pero suponiendo que usted tuviera el dinero para pleitear, mi consejo seguiría siendo: consérvelo en lugar de malgastarlo en litigios.

En cuanto a un abogado como el que usted describe y que estuviera dispuesto a asumir su pleito, no se asombrará si le digo que no conozco a nadie así.

Lamentando no poder darle una respuesta más reconfortante,

Quedo de usted, etc.