Londres, 28 de septiembre de 1892

Estimado Sr. Mehring:

Kautsky me ha enviado parte de una de sus cartas con una consulta dirigida a mí. Si siente cierta vacilación en escribirme porque hace muchos años no respondí a dos cartas suyas, no tengo derecho a quejarme. En aquella época estábamos, por supuesto, en campos diferentes y regía la Ley contra los socialistas, que nos imponía la regla de que «quien no está con nosotros está contra nosotros». Es más, si mal no recuerdo, usted mismo decía en una de esas cartas que apenas osaba esperar una respuesta. Pero eso fue hace mucho tiempo y desde entonces nos hemos encontrado en el mismo campo. Usted ha realizado, además, un excelente trabajo para el Neue Zeit, asunto sobre el cual he sido todo menos parco en elogios al escribir, por ejemplo, a Bebel. Por tanto, me alegrará aprovechar esta ocasión para responderle directamente.

La afirmación de que el descubrimiento de la concepción materialista de la historia deba atribuirse a los románticos prusianos de la escuela histórica es ciertamente nueva para mí. Yo mismo poseo el Nachlass de Marwitz y leí el libro hace unos años, pero no encontré en él nada más que algunas cosas espléndidas sobre la caballería y una fe inquebrantable en los poderes mágicos de cinco latigazos administrados a la plebe por la nobleza. Por lo demás, he sido un completo extraño a esa literatura desde 1841-42 —sólo me ocupé de ella muy superficialmente— y, ciertamente, no le debo nada en lo que respecta a la presente discusión. Marx conoció en sus días de Bonn y Berlín a Adam Müller y la Restauration del señor von Haller, etc., y siempre fue algo desdeñoso con esa insípida caricatura, plagada de clichés, de los románticos franceses, Joseph de Maistre y el cardenal Bonald. Pero aunque hubiera tropezado con pasajes como el que usted cita de Lavergne-Peguilhen, en aquel tiempo no habrían podido causarle absolutamente ninguna impresión, siempre suponiendo que hubiera entendido lo que esos tipos intentaban decir en primer lugar. Marx era entonces hegeliano, para quien ese pasaje habría sido una auténtica herejía; no sabía absolutamente nada de economía política y, por lo tanto, no habría podido sacar nada en claro de un término como «sistema económico». De modo que el pasaje en cuestión, aun cuando lo hubiera conocido, le habría entrado por un oído y salido por el otro sin dejar rastro perceptible en su memoria. Pero dudo mucho que en las obras histórico-románticas leídas por Marx entre 1837 y 1842 se encontraran alusiones semejantes.

Es, desde luego, un pasaje sumamente notable y me gustaría ver la cita verificada. No conozco el libro, aunque el autor me es, por supuesto, conocido como adepto de la «escuela histórica». El pasaje se aparta del punto de vista moderno en dos aspectos: 1.° en que deduce la producción y la distribución de la producción del sistema económico en lugar de, a la inversa, deducir el sistema económico de la producción, y 2.° en el papel que asigna a la «administración adecuada» del sistema económico, cosa que se presta a toda clase de interpretaciones, mientras uno no pueda ver por sí mismo en el libro lo que el autor quiere decir.

Pero lo más extraño de todo es que el concepto correcto de la historia in abstracto se encuentre precisamente entre las personas que más han abusado de la historia in concreto —tanto en la teoría como en la práctica. En el caso del feudalismo, estos tipos pueden haber visto que aquí el sistema político surgió del sistema económico, porque aquí es, por así decirlo, tan claro como el agua. Digo pueden, porque aparte del mencionado pasaje no verificado —usted mismo me dijo que alguien se lo proporcionó—, todo lo que he podido descubrir al respecto es que los teóricos del feudalismo son, huelga decirlo, menos abstractos que los liberales burgueses. Así pues, si a partir de este concepto de la conexión entre el sistema político y la difusión de la civilización, por un lado, y el sistema económico dentro de la sociedad feudal, por el otro, uno de ellos procede a la generalización de que esto se aplica a todos los sistemas económicos y políticos, ¿cómo explicar entonces la miopía total de ese mismo romántico en el momento en que se enfrenta a otros sistemas económicos, al sistema económico burgués y a los sistemas políticos correspondientes a sus diversas etapas de desarrollo —corporaciones de oficios medievales, monarquía absoluta, monarquía constitucional, república? Eso es, ciertamente, difícil de comprender. ¡Y el mismo tipo que considera el sistema económico como la base de toda la organización social y política se adhiere también a la escuela para la cual la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII significa ya la caída del hombre y una traición a la verdadera doctrina política!

Admite, ciertamente, también que el sistema político emana del sistema económico y de su administración adecuada tan inevitablemente como el hijo de la unión del hombre y la mujer. Teniendo en cuenta la enseñanza ampliamente conocida de la escuela del autor, sólo puedo explicar esto del siguiente modo: El verdadero sistema económico es el feudal. Pero como la maldad humana conspira contra ese sistema, hay que administrarlo adecuadamente, de manera que su existencia quede protegida contra esos ataques y se perpetúe, y que el sistema político, etc., siga correspondiéndole, es decir, se mantenga, en la medida de lo posible, tal como era en los siglos XIII y XIV. Entonces se realizarían, cada uno por su lado, el mejor de los mundos posibles y la más fina de las teorías históricas, mientras que la generalización a lo Lavergne-Peguilhen de que la sociedad feudal engendra una organización política feudal quedaría reducida a sus verdaderos elementos esenciales.

Por el momento, sólo puedo suponer que Lavergne-Peguilhen no sabía lo que decía. Según el proverbio, ciertos animales descubren ocasionalmente perlas, y entre los románticos prusianos tales criaturas están fuertemente representadas. Dicho sea de paso, quizá fuera aconsejable compararlos con sus prototipos franceses, para ver si esto tampoco ha sido tomado prestado.

Sólo puedo decirle cuán agradecido estoy por haberme llamado la atención sobre este punto, que por desgracia no puedo proseguir en este momento.

Suyo muy sinceramente,
F. Engels