EN LE PERREUX

Londres, 3 de diciembre de 1891

Mi querido Lafargue:

Después de tu repudiación formal de todos aquellos pasajes del informe de Burdeos¹ de los que tenía derecho a quejarme, sólo me queda retirar todas las palabras hirientes que haya podido emplear contra ti y pedirte llanamente perdón.

Como única excusa, te describiré la situación en que me encontraba. Una tarde* llegó el *Evening Standard* con el informe de Reuters que conoces; a la tarde siguiente, un paquete de periódicos de Laura, entre ellos el *Intransigeant* con el informe en cuestión; luego, un recorte de otro periódico más con el mismo informe. Las tres versiones coincidían en el punto principal. Así pues, ¿qué otra conclusión podía sacar sino que Laura había leído esos informes y que, si me los envió sin una palabra de comentario, eran a todos los efectos exactos? De ahí que Paul debiera de haber dicho algo semejante.

Contenía también cosas —ya fueran ciertas o no— que sólo pudieron haber sido dichas por ti o por Ranc. De haberlas dicho Ranc, ciertamente no habrías vacilado en informarme de un hecho que podría tener las más graves repercusiones sobre la situación de los socialistas alemanes — ¿y bien?

Exactamente. Para nuestros amigos en Alemania significaría, en el mejor de los casos, la reintroducción de la Ley contra los socialistas, aclamada frenéticamente por todos los chovinistas de nuestras clases dominantes, la supresión de nuestros periódicos y reuniones, de toda nuestra literatura y, en caso de guerra, el arresto de todas nuestras filas en el preciso momento en que más las necesitaríamos para aprovechar el inminente momento revolucionario. Significaría también la implantación de un elemento de discordia, de desconfianza, entre los trabajadores franceses y alemanes en el momento mismo en que la unidad era más necesaria que nunca.

Gracias a la estupidez de nuestros enemigos, estos relatos no han sido citados todavía en la prensa alemana. Pero la Embajada los habrá utilizado sin duda en sus informes. Y aunque tu desautorización, que fue inmediatamente transmitida a Berlín, me ha quitado un peso terrible de encima, siempre existe el peligro de que el gobierno alemán guarde esta acusación bajo la manga para encarcelar a nuestros mejores hombres al estallar la guerra y aniquilarlos con una acusación que sería doblemente espantosa en un momento en que las pasiones chovinistas se desbocaran. Así, tu desautorización sólo los protegería a medias, y esta es la razón.

Dices que el reportero bordó sobre el artículo de Ranc. Pero ese bordado, tal como es, no habría sido posible si Ranc no hubiera al menos esbozado el diseño sobre el lienzo. No he puesto los ojos en ese lienzo. Así que te ruego que tengas la bondad de enviarme el artículo mismo o al menos una copia de los pasajes pertinentes; o bien indícame el nombre del periódico y la fecha del número en que apareció, para que pueda buscarlo aquí. Entonces sabremos al menos cuáles serán los ataques que habremos de parar.

Tuyo siempre,

F. Engels

¹ Véase este volumen, págs. 297-98. → G. W. Plejánov, «Zu Hegel’s sechzigstem Todestag», *Die Neue Zeit*, 10. Jg. 1891/92, 1. Bd., Nr. 7-9.—¹° Véase este volumen, págs. 306-07.  

* 23 de noviembre. — Véase este volumen, págs. 301-02.