Londres, 25 de diciembre de 1890

Querido Frankel:

Como acabo de disponer de un minuto o dos —cosa nada frecuente durante el día (el único momento en que se me permite escribir)—, te contesto sin demora.

Muchas gracias por tu telegrama y tus retrospectivos buenos deseos. Has de disculparme por no haber acusado recibo del primero. He estado inundado, en el sentido más auténtico de la palabra, de correspondencia.

Ahora, dejémonos de formalidades y vayamos al punto principal de tu carta. Ya conocía tu actitud ante los altercados en Francia —del todo comprensible en vista de tu larga ausencia del movimiento de allí— a raíz de la lectura de tu artículo en el *Sächsische Arbeiter-Zeitung*, que me enviaron desde Berlín. Los altercados son tan lamentables como inevitables, lo mismo que lo fueron en el pasado los habidos entre los lassalleanos y los eisenachianos, por la sencilla razón de que, en ambos casos, astutos hombres de negocios se pusieron al frente de uno de los dos partidos y explotaron a ese partido en beneficio de sus propios intereses comerciales durante todo el tiempo que el partido lo toleró; en consecuencia, no es más posible cooperar con Brousse y Cía. que con Schweitzer, Hasselmann y socios. Si, como yo, hubieras participado en la lucha desde el comienzo y en todos sus detalles, verías con la misma claridad que yo que, en este caso, la unificación significaría ante todo capitular ante una pandilla de intrigantes y buscadores de puestos que están traicionando a la burguesía gobernante los verdaderos principios básicos del partido y su bien probado método de lucha… para asegurarse mejor posiciones para ellos mismos y pequeñas e insignificantes ventajas para los obreros que los apoyan. La unificación equivaldría, pues, a una capitulación completa ante estos caballeros, punto que además corroboran los debates del Congreso de París de 1889.

La unificación vendrá, al igual que en Alemania, pero solo podrá perdurar si la lucha se libra hasta el final, se resuelven las contradicciones y los sinvergüenzas son expulsados por sus propios partidarios. Cuando los alemanes se acercaban a la unión, Liebknecht se declaró partidario de la unión a toda costa. Nosotros nos opusimos sobre la base de que, puesto que los lassalleanos estaban al borde del hundimiento, debíamos aguardar a que ese proceso se consumara, momento en que la unificación se produciría por sí sola. Marx redactó una extensa crítica del denominado programa de unificación, que se distribuyó en forma manuscrita.

No nos escucharon, con el resultado de que tuvimos que incorporar a Hasselmann a nuestras filas y rehabilitarlo ante los ojos del mundo, solo para echarlo como un canalla seis meses después. Y tuvimos que incorporar a nuestro programa las vaciedades lassalleanas, con lo que arruinamos el programa definitivamente. Fue un doble fiasco que, con un poco más de paciencia, se habría podido evitar.

En Francia, los posibilistas están pasando exactamente por el mismo proceso de desintegración que los lassalleanos en 1875. Los líderes de las dos fracciones surgidas de la escisión son, a mi juicio, deleznables. Este proceso, en el que los líderes se devoran entre sí y que, no obstante, hace que se pase a nuestro lado la mayoría intrínsecamente sana de los miembros, puede, en mi opinión, ser interrumpido o frenado —si no paralizado por completo— por un solo error por nuestra parte, a saber, si hacemos un intento prematuro de unificación.

Por otra parte, ya hemos dado un paso decisivo que, en cualquier caso, acelerará el advenimiento de la unificación y quizás la logre de inmediato. Pues a sugerencia mía —después de que Tussy lo discutiera con Aveling, Bernstein y Fischer (actualmente de la dirección del partido)—, primero los franceses (nuestros marxistas) y luego los alemanes en Halle, donde contaban además con el apoyo de los suizos, daneses, suecos y austriacos, resolvieron por unanimidad que, en vez de celebrar un congreso separado en 1891, asistieran al congreso de Bruselas convocado por los posibilistas, en vista de que los belgas habían aceptado las condiciones que nosotros establecimos en 1889, condiciones que, aunque axiomáticas, fueron rechazadas por los posibilistas. Admitirás que esto fue una gran concesión por nuestra parte, puesto que la abrumadora mayoría de los partidos europeos estaban de nuestro lado. Sin embargo, actuamos como lo hicimos porque sabíamos que era preciso combatir a los posibilistas con armas semejantes y en condiciones semejantes si se quería poner fin rápidamente a la supremacía de Brousse, por un lado, y de Allemane, por otro. Hasta que la masa de los obreros posibilistas no vean que están aislados en Europa, que no cuentan con aliados seguros salvo los señores Hyndman y Cía. (que se hallan en el mismo barco respecto de sus partidarios que Brousse) y que toda la fanfarronería ha sido únicamente en beneficio de los líderes, no se calmará el alboroto. Y eso despejará el camino para el congreso.

Así que ten paciencia otros seis meses. Cualquier intento por nuestra parte de lograr un arreglo antes sería interpretado por Brousse, al igual que por Allemane, como un signo de debilidad y nos estorbaría más que ayudarnos. Pero cuando llegue el momento, y en mi opinión no está lejos, los obreros posibilistas se unirán a nosotros tal como lo hicieron los lassalleanos y, además, sin que tengamos que ofrecer puestos de dirección a los intrigantes, traidores e inútiles que haya entre ellos.

Nadie está más deseoso que yo de ver un fuerte partido socialista en Francia. Sin embargo, tengo que prestar la debida consideración a los hechos tal como son, y me preocupa que esto se produzca solo sobre una base que ofrezca perspectivas de permanencia, que sea real y que no dé lugar a un movimiento de FARSA al estilo Brousse.

Con un cordial saludo.

Tu viejo amigo
F. Engels

Gracias también por el artículo de Bataille. Louise Kautsky, que está aquí y se quedará, te envía un cordial saludo.