Querido Sorge:

El miércoles de hace una semana te envié una tarjeta postal* acusando recibo con gratitud del Morgan. Hoy, unas líneas en lo que el tiempo permite antes de que salga el correo.

El viaje al Cabo Norte nos ha sentado muy bien a ambos y, tras otras 3 o 4 semanas de recuperación adicional a orillas del mar, adonde marcharemos la semana próxima (a mí me han retenido aquí diversos asuntos domésticos), creo que volveré a estar absolutamente en forma. Por el aspecto, tengo muy buen semblante. A bordo de nuestro barco (un yate de vapor de 2.200 toneladas), en el que pasamos todo el tiempo entrando y saliendo de todos los fiordos noruegos, había 3 médicos que se negaban a creer que este año vaya a cumplir 70. De hecho, ya puedo dormir sin sulfonal, pero ¿cuánto durará?

Tussy y Aveling se fueron igualmente a Noruega el miércoles. Considerando lo entusiastas de Ibsen que son, me sorprende que hayan esperado tanto para ver la nueva tierra prometida. Me pregunto si les aguarda otra decepción, como en América. En todo caso, Noruega es, por naturaleza, del mismo modo que América lo es socialmente, un pilar de lo que los filisteos llaman «individualismo». A intervalos de 2 o 3 millas aparecen, entre las rocas, bolsas de tierra ligera en las que una familia apenas podría subsistir — y, efectivamente, allí subsiste, aislada del resto del mundo. La gente es hermosa, fuerte, honrada, intolerante y — fanáticamente religiosa, es decir, en el campo. Las ciudades son como las de la costa holandesa o alemana. En Bergen hay una asociación socialdemócrata que, para espanto de los abstemios dominantes, reclama el derecho a servir cerveza en su club. Leí un artículo indignado al respecto en el Bergensposten.

En Alemania se prepara una pequeña trifulca para el congreso.[1] El señor Schippel —protegido de Liebknecht— y otros literatos se proponen atacar a la dirección del partido y formar una oposición.[2] Bien, después de la abolición de la Ley contra los socialistas,[11] no habría, en realidad, nada que objetar a ello. El partido es tan grande que la más plena libertad de discusión en su seno resulta imperativa. De lo contrario, los muchos elementos nuevos que se le han incorporado en los últimos 3 años, y que en algunos casos son todavía sumamente bisoños y toscos, no podrían ser asimilados ni formados. Un incremento de 700.000 en 3 años (contando solo a los votantes) no es como un montón de escolares a los que se puede meter las cosas a golpe de tambor; la discusión y cierta dosis de disenso son necesarias y les ayudarán a superar el primer escollo. No existe el más mínimo peligro de escisión; la prensa, que cuenta ya con 12 años, se encargará de impedirlo. Pero estos insolentes literatos, empeñados en satisfacer su colosal vanidad, intrigan y forman camarillas a más no poder, suscitando con ello una cólera mucho mayor de la que merecen entre los dirigentes del partido, a quienes crean una gran cantidad de molestias y sinsabores inusitados. De ahí que la conducción del combate por parte de estos últimos haya sido cualquier cosa menos hábil; Liebknecht está constantemente en pie de guerra con sus «expulsiones», e incluso Bebel, tan lleno de tacto por lo común, se ha dejado pinchar por la ira hasta el punto de publicar una carta un tanto desafortunada.[12] Motivo por el cual nuestros literatos claman ahora contra el amordazamiento de la libre expresión de la opinión, etcétera. Los principales órganos de la nueva oposición son el Berliner Volks-Tribüne (Schippel), el Sächsische Arbeiter-Zeitung (Dresde) y la Magdeburger Volksstimme. Han conseguido ciertos seguidores en Berlín, Magdeburgo, etc., particularmente entre los reclutas nuevos, todavía sensibles al señuelo de las frases hechas. Probablemente veré a Bebel y a Liebknecht por aquí antes del congreso, y haré cuanto pueda para convencerles de lo imprudente de toda expulsión que no se base en pruebas convincentes de actividades nocivas para el partido, sino únicamente en acusaciones de andar promoviendo oposición. El partido más grande del imperio no puede subsistir si no se concede a todos los matices de opinión la más plena libertad de expresión, al tiempo que debe evitarse hasta la apariencia de una dictadura a la Schweitzer. Por lo que a Bebel respecta, no tendré dificultad alguna, pero Liebknecht se halla tan a merced del estado de ánimo del momento, que es capaz de romper todas sus promesas y de hacerlo, como siempre, por las mejores razones.

Aquí reina la paz del verano, salvo que, en su respuesta en Justice a mi artículo de mayo en el Arbeiter-Zeitung de Viena, Hyndman me ha vuelto a mandar al otro mundo como «el gran lama de Regent’s Park Road».[15]

Lafargue escribe[16] que en Francia todos los generales del gobierno, del Senado y de la Cámara se oponen terminantemente a cualquier guerra. Y hacen bien. Pues si la hubiese, lo más probable, en una proporción de 3 a 1, sería que Rusia y Prusia libraran un par de batallas y luego hicieran las paces a expensas de Austria y de Francia, de modo que cada uno de estos dos países perdería un aliado.

El artículo de Lafargue sobre el movimiento francés[2] en la Neue Zeit es muy bueno y está escrito con mucho garbo, pero me habría gustado que lo tradujera Ede Bernstein en lugar de Kautsky, que es demasiado pesado.

Acabo de recibir ejemplares de la nueva edición alemana del Manifiesto[8] y te adjunto uno por el presente.

Muchos recuerdos de mi parte y de Schorlemmer para tu esposa y para ti, y también para los Schlüter.

Tuyo,

F. Engels

* Véase la carta de Engels a Sorge del 30 de julio de 1890 (presente edición, vol. 48). —
2 L.H. Morgan, Houses and House-Life of the American Aborigines. — 3 Engels y Carl
Schorlemmer