Londres, 17 de abril de 1890  
122 Regent’s Park Road, N. W.

Mi querida ciudadana:

Cuando leí el artículo de Beck, tuve la impresión de que pudiera irritar a usted y a sus amigos, y le dije a Bernstein que, en su lugar, yo no habría publicado semejante sandez. A esto me respondió que consideraba que no tenía derecho a suprimir un artículo que, después de todo, expresaba las opiniones de un buen número de jóvenes rusos, gente que no disponía de ningún otro órgano en el que responder, en beneficio de los lectores del Sozialdemokrat, al artículo que lo había precedido, y que lo que más le importaba era dar a usted la oportunidad de contestar a esas críticas; añadió que, naturalmente y con el mayor gusto, publicaría cualquier respuesta que usted tuviera a bien enviarle.

La posición del Sozialdemokrat frente a los rusos en Occidente es algo delicada. No hace falta decir que el periódico os considera a vosotros como aliados y amigos particulares del movimiento alemán, pero otros grupos socialistas pueden también reclamar cierta consideración. Si han de comunicarse con los trabajadores alemanes, están más o menos obligados a escribir al Sozialdemokrat; ¿debería ese periódico negarles su hospitalidad? Hacerlo equivaldría a inmiscuirse en los asuntos internos de los rusos, algo que debe evitarse a toda costa. Considérense las luchas internas de los socialistas franceses y daneses; durante todo el tiempo que pudo, es decir, mientras no se puso en tela de juicio su propia posición, el Sozialdemokrat mantuvo su neutralidad frente a los posibilistas, como ha seguido haciéndolo frente a los dos partidos daneses, aunque sus simpatías estén enteramente del lado “revolucionario”. Y lo mismo vale para los rusos; Bernstein nunca ha albergado el menor rencor hacia vosotros, de eso podéis estar seguros, pero tiene un sentido exagerado de la justicia y la equidad; y antes que cometer una injusticia contra un enemigo o contra alguien que le resulta antipático, prefiere cometer diez contra sus amigos y aliados; todos sus amigos le critican por una imparcialidad tan excesiva que acaba convirtiéndose en parcialidad en contra de sus aliados. Por eso tiende siempre a conceder al enemigo el beneficio de la duda.

Añádase a ello el hecho de que todos estamos muy a oscuras en cuanto a las diversas agrupaciones, muy lejos de ser inmutables, que se producen entre los rusos en Occidente, de modo que en cualquier momento corremos el riesgo de meter la pata. Bernstein está mucho mejor informado que yo, ya que al menos tiene alguna experiencia directa de este tipo de cosas en Zúrich, mientras que yo, por el contrario, ni siquiera conocía los nombres, y ni siquiera sospechaba la existencia de los periódicos que usted cita. Bernstein me dice que, en la carta de Beck, percibe el acento de los partidarios de Lavrov —si con razón o sin ella, no lo sé—, pero ésa fue una de las razones que le indujeron a publicar la carta.

También me dijo que había hecho los arreglos para que le enviaran desde París una traducción del prefacio de Plejánov, a fin de publicarlo íntegramente; había llegado, dijo, y aparecería lo antes posible. Hizo esto tan pronto como recibió la carta de Beck, lo cual sólo puede significar que pretendía aprovechar su publicación para dar de nuevo la palabra a Plejánov. Ahora le sugeriría que escriba una respuesta a Beck —en francés, si así lo desea— y me la envíe a mí o directamente al Sozialdemokrat (dirección: 4 Corinne Road, Tufnell Park, Londres N.). Aunque usted, por su parte, tal vez conozca al tal señor Beck, que fuera de los círculos rusos es completamente desconocido, y aunque pueda considerar el entrar en debate con él como una ocupación algo degradante, éste es, al fin y al cabo, el tipo de desagrado al que con demasiada frecuencia uno se ve obligado a someterse, como yo sé muy bien.

Sé por experiencia cómo es una conmoción cuando se produce, como ahora, en el seno de una pequeña comunidad de rusos en Occidente. Todo el mundo conoce a todo el mundo, con quien ha tenido relaciones personales de carácter amistoso u hostil, y, como resultado, cualquier acontecimiento —acompañado inevitablemente de divisiones, cismas y controversias— asume un carácter enteramente personal. Tales cosas son inherentes a toda emigración política, y nosotros tuvimos de sobra entre 1849 y 1860. Pero lo que también aprendí es que el primer partido que tenga la fibra moral de elevarse por encima de esa atmósfera de personalismos, de negarse a dejarse dominar por la influencia de semejantes rencillas, se encontrará en consecuencia con una ventaja considerable respecto a los demás. Cuanto menos vulnerable sea usted a pinchazos de este tipo, mejor podrá conservar sus fuerzas y administrar su tiempo para la gran lucha. A decir verdad, ¿qué daño puede hacerle a usted que un artículo de Beck o de cualquier otro aparezca en el Sozialdemokrat, siempre que tenga la seguridad de poder responderle con toda franqueza y sin rodeos? Después de todo, sería imposible cerrar las columnas de toda la prensa socialista de Occidente a sus adversarios rusos; y sin duda redundaría en beneficio del propio movimiento ruso que éste siguiera su curso de manera algo más abierta ante el gran público de Occidente, en lugar de hacerlo de forma encubierta, en pequeños círculos aislados que, por esa misma razón, se convierten en focos de intriga y conspiración. Atraer a sus adversarios al aire libre, a la luz del día, y atacarlos a la vista de todo el público era una de las estratagemas más poderosas y más frecuentemente utilizadas por Marx cuando se enfrentaba a la intriga clandestina.

Si quiere quitarles a sus enemigos todo deseo de pavonearse ante los socialistas alemanes, su mejor camino sería colaborar regularmente en el Sozialdemokrat y en el Neue Zeit. Una vez que la identidad de sus puntos de vista con los de los alemanes quede plenamente establecida y reconocida, deje que los demás digan lo que quieran: nadie les hará caso. Estoy seguro de que sus colaboraciones serían acogidas con los brazos abiertos, y me alegró mucho saber que el artículo de Plejánov sobre Chernyshevski iba a aparecer en el Neue Zeit.

Reciba usted, y también Plejánov, mis cordiales saludos.

Muy sinceramente suyo,  
F. Engels

Bernstein es un muchacho excelente tanto en inteligencia como en carácter, pero es típico de él que la medida de la estima en que os tiene sea el número de ataques que permite que otros os dirijan en el Sozialdemokrat; cuanto mayor es su respeto por vosotros, más se afana en parecer imparcial en lo que a vosotros respecta.