Londres, 3 de abril de 1890

Mi querida ciudadana:

Tan pronto como recibí su carta, le di a Stepniak el resto del artículo (en pruebas) y, como una parte estaba ligeramente dañada, añadí el manuscrito correspondiente para que usted lo utilizara como comprobación. Espero que a estas alturas ya le haya llegado.

Stepniak también me entregó un ejemplar de la Revista, por lo cual le doy las gracias; espero con interés leer su artículo y los de Plejánov.

Tiene usted toda la razón; en una publicación de este tipo, todos los artículos de un número dado deben ser completos en sí mismos y del todo independientes de cualquier continuación en el número siguiente. De hecho, habría actuado según ese principio si no me hubiera visto apremiado por el tiempo.

En que es imperioso combatir el narodismo, dondequiera que sea —ya sea alemán, francés, inglés o ruso—, estoy completamente de acuerdo. No obstante, creo que habría sido más adecuado que lo que me sentí impulsado a decir lo hubiera dicho un ruso. Es cierto que la partición de Polonia, por ejemplo, tiene necesariamente un aspecto muy diferente vista desde el punto de vista ruso que desde el polaco, el cual se ha convertido en el del Occidente. Pero, después de todo, debo tener en cuenta igualmente el sentimiento polaco. Si los polacos reclaman un territorio que la mayoría de los rusos consideran inalienablemente suyo y ruso por nacionalidad, no me corresponde a mí decidir entre ellos. Todo lo que puedo decir es que —o así me lo parece— corresponde a las poblaciones interesadas decidir su propio destino, del mismo modo que los alsacianos tendrán que elegir por sí mismos entre Alemania y Francia. Desgraciadamente, al escribir sobre la política exterior rusa y su efecto en Europa, me resultó imposible no mencionar cosas que la generación actual en Rusia considera “asuntos internos”, y la impropiedad, o aparente impropiedad, consiste en que sea un extranjero y no un ruso quien se explaye así. Pero eso era inevitable.

Si usted cree que podría ser útil escribir una breve nota en este sentido y ponerle mi firma, me alegraría que la insertara donde lo considere oportuno.

Espero que la publicación de mi artículo en inglés tenga algún impacto. La fe de los liberales en el celo liberador del zar se ha visto severamente sacudida en este momento por las noticias de Siberia, por el libro de Kennan y por el reciente malestar en las universidades rusas. Por eso me apresuré a publicar, para batir el hierro mientras estaba caliente. Los diplomáticos de San Petersburgo contaban con la llegada de Gladstone, zarófilo y admirador de la “FIGURA DIVINA DEL NORTE”, como él llamaba a Alejandro III, para permitirles emprender su próxima campaña en Oriente. Después de que se hubiera desencadenado a cretenses y armenios, podría haber seguido una diversión en Macedonia; con Francia esclava del zar y una Inglaterra benévola, quizás se habrían arriesgado a dar un paso más, e incluso a la toma de Zaregrad, sin que Alemania se arriesgara a una guerra en circunstancias tan desfavorables. Y, una vez tomada Zaregrad, habría esperanza de un largo período de embriaguez chovinista del tipo que experimentamos en Alemania después de 1866 y 1870. Por eso el resurgimiento del sentimiento antizarista entre los liberales ingleses me parece tan importante para nuestra causa; es una gran suerte que Stepniak esté aquí y pueda así avivar las llamas.

Ahora que hay un movimiento revolucionario en marcha dentro mismo de Rusia, su política exterior, otrora invencible, sufre un revés tras otro. Y eso es muy deseable, pues dicha política exterior es nuestro enemigo más peligroso, y no solo el nuestro, sino el de ustedes. Es la única fuerza que ha permanecido inquebrantada hasta ahora en Rusia, donde el zar está perdiendo su dominio incluso sobre el ejército, como lo demuestran las numerosas detenciones de oficiales que prueban que los oficiales rusos, en materia de inteligencia general y carácter, son infinitamente superiores a los prusianos. Y tan pronto como ustedes —ustedes o, llegado el caso, los constitucionalistas— tengan partidarios y agentes leales en las filas del servicio exterior, habrán ganado con facilidad.

Saludos cordiales a Plejánov,

Suyo muy sinceramente,
F. Engels