Londres, 9 de julio de 1889

Querido amigo:

Cuando leí su carta del 7 de junio, sólo pude llegar a la conclusión de que tal vez, cuando le llegara mi respuesta, ya no estuviese usted en libertad. Antes que dejar que mi carta cayera en malas manos y acabara por causarle más perjuicio, preferí no escribir en absoluto. Su carta del 6 del corriente me ha tranquilizado a ese respecto.

El duro golpe que el destino, sin duda alguna inmerecidamente, le ha asestado, ha despertado en mí la más profunda simpatía. Permítame usted, en este momento en que toda su vida está en ruinas, enviarle un nuevo y pequeño préstamo en forma del adjunto giro postal por cinco libras esterlinas.

Tal como están ahora las cosas, creo ciertamente que su familia tiene razón en lo de Buenos Aires y que debe usted poner en práctica ese plan de inmediato.

Pero, dadas las actuales circunstancias, la más mínima indiscreción por mi parte, aunque fuera involuntaria, podría resultarle perjudicial. El correo no es de fiar en ninguna parte, de modo que prefiero no decir nada más hasta que podamos volver a escribirnos con total seguridad.

Con mi más sincera simpatía,

Siempre suyo,
F. E.