Querido Sorge,

Hay tanto que escribir y tanto que correr de un lado para otro en relación con el maldito congreso, que apenas me queda tiempo para otros asuntos. Es un trabajo endiablado: nada más que malentendidos, peleas y fastidio por todas partes, y al final no habrá nada que mostrar.

La gente de la Conferencia de La Haya se dejó embaucar por los belgas. En lugar de proceder de inmediato, como se había acordado tras la negativa de los posibilistas, a protestar y convocar un congreso rival (lo que deberían haber hecho conjuntamente los suizos y los belgas), los belgas no hicieron nada, se negaron obstinadamente a responder a carta alguna y terminaron por sacar a relucir la débil excusa de que tenían que someter el asunto a su congreso nacional —¡el 21/22 de abril!—. A raíz de esto, los demás no hicieron absolutamente nada (porque, a través de los suizos, Liebknecht estaba intrigando con algunos de los posibilistas, ya que era él quien debía lograr un entendimiento), y así los posibilistas acapararon toda la publicidad con sus proclamas mientras los nuestros o bien guardaban silencio o bien, cuando algunos ingleses que aún estaban indecisos les preguntaban por la posibilidad de un congreso rival, no daban más que respuestas evasivas. El resultado final de esta astuta política fue que hasta en Alemania los nuestros se rebelaron, y Auer y Schippel exigieron que se enviaran delegados al congreso posibilista.⁴⁸ Esto al fin le abrió los ojos a Liebknecht y, después de que Ede Bernstein y yo dijéramos a los franceses que ahora estaban en libertad de convocar su congreso, también el 14 de julio, como se había previsto originalmente, él les escribió diciéndoles exactamente lo mismo. Y así los franceses se han salido con la suya, aunque maldicen con razón la dilación y los chanchullos de Liebknecht, echando la culpa de todo ello a los alemanes en su conjunto.

En este país, sin embargo, somos nosotros quienes más sufrimos las tretas de listillo de Liebknecht. Nuestro folleto había hecho efecto como un rayo y puso en evidencia a Hyndman y cía. como los mentirosos y tramposos que son; todo estaba a nuestro favor y, si Liebknecht hubiera actuado con prontitud frente a los belgas, como era su maldito deber haberlo hecho, o los hubiera mandado al diablo y hubiera negociado él mismo con los demás, ya convocando, ya haciendo que los franceses convocaran, el congreso en una fecha determinada, nos habríamos ganado a las masas, y la Federación Socialdemócrata habría desertado de Hyndman. Pero, en realidad, nos dieron largas con garantías y nos dijeron que esperáramos; y, puesto que la principal manzana de la discordia en los sindicatos de aquí era si acatar los deseos de los líderes y no enviar delegados al congreso, o si desafiarlos y enviar delegados a toda costa —siendo la calidad del congreso de importancia secundaria y su única preocupación entrar o no entrar en el movimiento internacional—, estaba claro que los muchachos se unirían a quienes saben lo que quieren antes que a quienes no lo sabían. Y así perdimos una posición espléndida que acabábamos de ganar; y, a menos que ocurra un milagro, ningún inglés destacado asistirá a nuestro congreso.

⁴ Véase este volumen, p. 301.

Bernstein estuvo aquí hace un momento y me ha entretenido hasta la hora del correo, así que debo terminar.

Wischnewetzky no ha venido a verme. No sé qué busca esta gente.

Tuyo,

EE