Londres, 10 de abril de 1889

Mi querido Lafargue:

Acabo de ver a Bonnier y hemos discutido la situación.

Tal como esperaba, tu petición de que se cambie la fecha del congreso ha sembrado la confusión por doquier. Liebknecht ha declarado en la prensa berlinesa que, puesto que hay pocas esperanzas de que el congreso se celebre este año en París, sería aconsejable celebrarlo el año próximo en Suiza. La prensa suiza se ha apoderado de esta idea con entusiasmo. Bebel, evidentemente cansado de todas estas dificultades, está dispuesto a dejar todo el asunto en manos de Liebknecht. Y los belgas no responderán, ni a Bebel ni a Liebknecht.

Afortunadamente, conocemos el secreto de los belgas. Anseele, que es un hombre honesto, escribió y se lo contó a Bernstein: tienen la intención de someter las resoluciones de La Haya a su congreso nacional de Jolimont el 22 de abril, y su consejo nacional sólo actuará tras la autorización del congreso. Así es como las buenas gentes de Bruselas interpretan la acción internacional.

La cosa está más clara que el agua. Esto dará a los posibilistas de Bruselas todo un mes para confabularse e intrigar con los posibilistas de París; en el congreso de Jolimont presentarán una propuesta hecha por Brousse y Cía., ofreciendo unas cuantas concesiones más o menos irrisorias (según la posición del momento), los belgas las aceptarán y sugerirán que los demás se den por satisfechos con estas grandes y magnánimas concesiones. Y, como las masas son siempre partidarias de la conciliación y las nacionalidades más pequeñas adoran los congresos, los holandeses, los daneses, los propios suizos, los norteamericanos y —¿quién sabe?— tal vez también Liebknecht, se pronunciarán a favor de la unidad y de un congreso en París en 1889, a falta de otra sesión de borrachera en Suiza en 1890. Pues de esto hay certeza: si gana terreno la idea de que el congreso antiposibilista de 1889 en París ha sido archivado, los posibilistas se habrán alzado con la victoria, y todo el mundo asistirá a su congreso, salvo acaso los alemanes.

Es lo que te vengo diciendo desde el principio. Tú querías todo y ahora corres el riesgo de quedarte sin nada.

Todavía hay una posibilidad de salvar la situación, y la hemos aprovechado resueltamente.

Nuestro folleto ha causado una inmensa agitación aquí, como ya te dije. No dudamos de que habrás recibido una carta del comité de los sindicalistas rebeldes que han escrito a Bernstein y a otros. Aunque se inclinan por el congreso posibilista, aún están indecisos. Y en la Federación Socialdemócrata también hay elementos rebeldes; de lo contrario, Hyndman no habría escrito el artículo del sábado pasado. Hemos socavado así las reservas de los posibilistas y ahora debemos proseguir la ventaja obtenida.

Bernstein ha escrito, por tanto, a *Justice* diciendo que, en vista del estilo más conciliador de ese periódico, y hablando sólo por sí mismo, tal vez no fuera demasiado tarde para llegar a un entendimiento; que si *Justice* desea tanto tal entendimiento, le bastaría con instar a los posibilistas a aceptar las resoluciones de La Haya incondicionalmente y de inmediato; que dos puntos —la admisión de todos en pie de igualdad, a reserva de ratificación por el congreso, y la soberanía del congreso— no son discutibles; o los toman o los dejan; pero que, si los posibilistas aceptaran de inmediato, él haría cuanto estuviera en su mano para promover un acuerdo general.

Él y Tussy fueron a ver a Hyndman el lunes por la tarde para entregarle esta respuesta, que será publicada. Aprovecharon la ocasión para hacerle saber que conocían mejor que él la situación en el extranjero y no menos bien que él la de Inglaterra, y que no había esperanza de que los embaucara con sus trucos habituales. Le dijeron que, si hubiera dos congresos, al nuestro asistirían no sólo los alemanes, holandeses, belgas y suizos, sino también los austriacos, daneses, suecos, noruegos, rumanos, norteamericanos y los rusos y polacos residentes en Occidente. Le dejaron claro que sabían perfectamente hasta qué punto su posición personal aquí había sido socavada por nuestra revelación de las mentiras que él había difundido sobre la situación en Francia, etc. Tuvieron la impresión de que sus amigos los posibilistas le habían engañado a él mismo en varios aspectos, y se marcharon convencidos de que haría todo lo posible para que los posibilistas cedieran.

Hemos recibido también una carta de Liebknecht en la que se compromete a hacer lo que pueda para lograr la conciliación, a condición de que los posibilistas acepten incondicionalmente las resoluciones de La Haya antes del 20 de abril. Espero asimismo una de Bebel, y entonces haremos uso de ellas. En ambas se dice que en ningún caso cederemos ni un ápice en los dos puntos principales.

Según Hyndman, los posibilistas temían ser echados de su propio congreso, ¡*hinc illae lacrimae*!

De este modo desbarataremos las intrigas de Bruselas, haciendo saber desde el principio que no es posible compromiso alguno. O los posibilistas aceptan, en cuyo caso nuestra victoria sobre ellos será completa; les habremos forzado la mano, les habremos hecho tragarse sus palabras y habremos pisoteado para siempre su pretensión de ser el único y exclusivo Partido Socialista Francés digno de reconocimiento; vosotros tendréis todo lo que necesitáis y el congreso se encargará del resto si, como nos dice Bonnier, lográis saturarlo de delegados de provincias. O bien se niegan, y entonces gozaremos de la ventaja de que todos los implicados vean que hemos hecho cuanto estaba en nuestra mano por la conciliación. Todos los vacilantes estarán de nuestra parte, y celebraremos un congreso en París en otoño, diga lo que diga Liebknecht, pues para entonces ya no quedará nadie a caballo en la cerca.

Te envío dos periódicos con artículos relativos al congreso, por los que verás cuánto nos estamos moviendo.

Después de todo, ¿qué mejor que destruir a los posibilistas mediante su propio congreso, suponiendo que se pueda lograr?

¡Liebknecht pensaba que podría conseguir que los posibilistas se agruparan en torno a él contra Brousse, a pesar de Brousse y por encima de Brousse! ¡Vaya idea, gobernar el mundo con Borsdorf por capital!

Dale un beso a Laura de mi parte. ¿Qué hace? No está enferma, ¿verdad?

Tuyo siempre,
F. E.