Londres, 25 de marzo de 1889

Mi querido Lafargue:

Hablas de un congreso en agosto, aunque sabes que la conferencia** resolvió celebrarlo a fines de septiembre. Te repito: si te desvías en lo más mínimo de lo acordado por todos en La Haya, darás a los belgas un pretexto para retirarse, y entonces, como te ha dicho Bebel, todo se pondrá en peligro. Estoy muy dispuesto a instar a los alemanes a que presionen a los belgas, pero no haré nada hasta tener la certeza de que vosotros, los franceses, al igual que todos los demás, asentís sin reservas a las resoluciones adoptadas en la conferencia. De lo contrario, se me dirá, y con razón: ¿cómo puedes pedirnos que nos comprometamos por gente que no respeta sus propios compromisos?

O bien celebráis un congreso tal como se resolvió en La Haya, o no lo celebráis en absoluto. Y sólo el día en que se me dé la garantía de que vosotros, los parisinos, asentís de todo corazón y sin reservas a las resoluciones adoptadas, sólo entonces me sentiré en condiciones de actuar, y actuaré.

No se trata de decidir qué sería mejor, agosto o septiembre; esa cuestión ya ha sido decidida, y volver a plantearla sería hacerle el juego a los posibilistas.

En cuanto a Boulanger, yo mismo estoy bastante seguro de que tendréis que soportarlo y de que ese idiota de Rochefort, si no se convierte en un completo canalla, bien pudiera, como recompensa por sus servicios, encontrarse de nuevo en Caledonia. De vez en cuando los franceses pasan por una fase bonapartista, y la actual es aún más vergonzosa que la anterior. Pagarán las consecuencias de sus propios actos —tal es la ley de la historia— y el día del ajuste de cuentas será probablemente el centenario de su gran revolución. Ésa es la ironía de la historia. ¡Qué hermoso espectáculo ofrecerá al mundo entero: Francia celebrando su jubileo revolucionario rindiendo homenaje a un aventurero como éste!

Sin duda sangrará a los grandes financieros, siquiera para pagar las deudas contraídas durante su campaña dictatorial y recompensar a su banda. Y el dinero de los grandes financieros no bastará. Como Marx decía de Boustrapa, tendría que robar a Francia todo su dinero para emplearlo en sobornar a toda Francia. Y en cuanto a vosotros, os aplastará.

En cuanto a la guerra, es, a mi juicio, la más terrible de las eventualidades. De lo contrario, me importarían un bledo los caprichos de la señora Francia. Pero una guerra en la que habrá de diez a quince millones de combatientes, una devastación sin parangón sólo para mantenerlos alimentados, la supresión universal y forzosa de nuestro movimiento, un recrudecimiento del chovinismo en todos los países y, por último, un debilitamiento diez veces peor que después de 1815, un período de reacción fundado en la extenuación de todos los pueblos, para entonces completamente desangrados —y, con todo, sólo una débil esperanza de que esa guerra amarga desemboque en revolución—, todo ello me llena de horror. Sobre todo cuando pienso en nuestro movimiento en Alemania, que sería avasallado, aplastado, brutalmente extinguido, mientras que la paz nos traería casi con certeza la victoria.

Tampoco, durante semejante guerra, podría Francia hacer una revolución por temor a arrojar a su única aliada, Rusia, en brazos de Bismarck y encontrarse aplastada por una coalición. El menor movimiento revolucionario sería una traición a la patria.

¡Cómo se reirían los diplomáticos rusos!

Siempre tuyo,

F. E.