Borrador  
(Londres, 11 de octubre de 1888)

Mi querida, queridísima Louise:

Inmediatamente después de nuestro regreso, tu carta cayó en manos de Tussy y luego pasó a Schorlemmer, de quien acabo de recuperarla. De ahí la tardanza de mi respuesta.

La noticia, que Ede ya le había transmitido a Nimmie, nos dejó a todos estupefactos. Pero cuando leí tu carta, se me fue literalmente la cabeza. Has de saber que, desde que nos conocimos, mi estima hacia ti no ha dejado de acrecentarse y que cada vez me has sido más querida. Mas todo eso no es nada comparado con la admiración que ha despertado tu carta heroica e indeciblemente magnánima, no solo en mí, sino en todos cuantos la han leído: Nim, Tussy y Schorlemmer. Acababas de recibir el golpe más terrible que puede recibir una mujer y, en ese mismo instante, logras serenarte lo suficiente para dejar libre al hombre cuya mano, a fin de cuentas, asestó el golpe. ¡Y abandonar a una mujer de tan noble temple al cabo de cinco años…! ¡Se me va la cabeza!

Dices que no cabe hablar de culpa por parte de Karl*. Muy bien, tú eres quien mejor puede juzgarlo, pero ello no autoriza a los demás a cometer una injusticia contigo. Hablas del divorcio como de la única solución posible, dados vuestros caracteres. Pero si vuestros caracteres fuesen realmente incompatibles, también a nosotros tendría que habérsenos hecho patente y habríamos considerado el divorcio desde hace tiempo como algo natural e inevitable. Mas supongamos que se tratara de una verdadera incompatibilidad. Karl te había cortejado y conquistado desafiando a su familia y a la tuya; sabía lo que habías renunciado por él y, hasta donde nosotros alcanzábamos a ver, había vivido feliz contigo durante cinco años. Siendo así, no debería haberse dejado desconcertar por lo que, para emplear tu propia expresión, fue un contratiempo pasajero. Y si se vio empujado a dar un paso tan extremo por un nuevo y repentino arrebato de pasión, no debió darlo con esa impetuosidad y, sobre todo, tendría que haber evitado hasta la más remota apariencia de hacerlo bajo la influencia de quienes se oponían a su unión contigo y que, tal vez, no te han perdonado del todo que te convirtieras en su mujer.

De Karl dices que, en ausencia de amor o de pasión, su personalidad se derrumbaría. Si uno de los rasgos de esa personalidad consiste en necesitar un nuevo amor cada pocos años, seguro que él sería el primero en admitir que, en las circunstancias actuales, una personalidad semejante tiene que ser refrenada si no ha de envolverlo a él y a los demás en una larga serie de conflictos trágicos.

Esto es, querida Louise, lo que siento que debo decirte. Aparte de cualquier otra consideración, nuestras condiciones sociales hacen que resulte sumamente fácil que un hombre cometa una grave injusticia contra una mujer, y ¿cuántos hombres hay que puedan absolverse de toda culpa en este aspecto? «¡Vete! ¡No eres digno de que existan mujeres!», dijo en cierta ocasión uno de nuestros más grandes hombres, con un conocimiento nacido de la experiencia. Y al leer tu carta, no pude sino hacer mías sus palabras.

No podemos quitarnos el asunto de la cabeza. Nim y yo volvemos constantemente sobre él como sobre algo incomprensible, imposible. Una de estas mañanas, le dije, Karl se despertará como saliendo de un sueño y descubrirá que ha cometido la mayor insensatez de su vida. Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo si, según le escribió a Ede, su nuevo amor lo ha abandonado después de haberse enamorado de su hermano Hans, en los primeros cinco días, y haberse prometido con él.

Todos nosotros habíamos deseado tanto volver a verte aquí que nos sentimos correspondientemente abatidos cuando, estando en Nueva York, supimos por Percy que Karl y tú os quedaríais en Viena durante el invierno. Pero ni Nim ni yo llegamos a hacernos realmente a la idea de que nunca más volveremos a ver tu querido rostro en esta casa. Mas ¿quién sabe lo que puede ocurrir? ¿Quién sabe si, uno de estos días, no volverás a sentarte en el mismo viejo sillón donde tantas veces te has sentado? Pase lo que pase, de algo estoy seguro: tu valor te ayudará a superar todas las dificultades y a salir victoriosa de cada lucha. Mis mejores deseos, y los de Nim, te acompañan. Lo que podamos hacer por ti, lo haremos con gusto: estamos a tu entera disposición y, si el destino te trajera de nuevo por aquí, debes, en cualquier circunstancia, considerar esta casa como tuya.

Tuyo, de todo corazón,  
de todos nosotros

* Karl Kautsky