Estimada señorita Harkness:

Le agradezco mucho que me haya enviado por medio de los Sres. Vizetelly su *City Girl*. La he leído con el mayor placer y avidez. Es, en verdad, como la llama mi amigo Eichhoff, su traductor, una pequeña obra maestra*; a lo cual añade, lo que le será satisfactorio, que, en consecuencia, su traducción tiene que ser casi literal, ya que cualquier omisión o intento de manipulación no haría sino destruir parte del valor del original.

Lo que más me llama la atención en su relato, aparte de su verdad realista, es que muestra el valor del verdadero artista. No sólo por el modo en que trata al Ejército de Salvación, a despecho de la altanera respetabilidad, respetabilidad que quizá aprenda de su relato, por primera vez, por qué el Ejército de Salvación ejerce tal influencia sobre las masas populares. Sino principalmente por la manera llana y sin adornos con que hace usted de la vieja, vieja historia de la muchacha proletaria seducida por un hombre de la clase media el eje de todo el libro. La mediocridad se habría sentido obligada a ocultar el carácter, para ella trivial, del argumento bajo montones de complicaciones y adornos artificiales, y aun así no habría logrado librarse de que se lo descubrieran. Usted sintió que podía permitirse contar una vieja historia, porque podía convertirla en nueva con sólo contarla con verdad.

Su Mr. Arthur Grant es una obra maestra.

Si algo he de criticar, sería que quizá, después de todo, el relato no es lo bastante realista. El realismo, a mi modo de ver, implica, además de la verdad del detalle, la reproducción fiel de caracteres típicos en circunstancias típicas. Ahora bien, sus caracteres son bastante típicos, dentro de lo que abarcan; pero las circunstancias que los rodean y los hacen actuar no lo son quizá en igual medida. En *City Girl* la clase obrera aparece como una masa pasiva, incapaz de ayudarse a sí misma y que ni siquiera intenta esforzarse por ayudarse. Todos los intentos de sacarla de su letárgica miseria vienen de fuera, de arriba. Pero si esto podía ser una descripción exacta hacia 1800 o 1810, en los tiempos de Saint-Simon y Robert Owen, no puede parecerlo en 1887 a un hombre que durante casi cincuenta años ha tenido el honor de participar en la mayoría de las luchas del militante proletariado. La reacción rebelde de la clase obrera contra el medio opresor que la rodea, sus intentos —convulsivos, semiconscientes o conscientes— de recobrar su condición de seres humanos, pertenecen a la historia y, por tanto, deben reclamar un lugar en el dominio del realismo.

Estoy muy lejos de reprocharle que no haya escrito una novela socialista de tesis, un *Tendenzroman*, como decimos los alemanes, para glorificar las opiniones sociales y políticas del autor. No es eso en absoluto lo que quiero decir. Cuanto más ocultas permanecen las opiniones del autor, mejor para la obra de arte. El realismo al que aludo puede aflorar incluso a pesar de las opiniones del autor. Permítame referirme a un ejemplo. Balzac, a quien considero un maestro del realismo mucho mayor que todos los Zolas pasados, presentes y futuros**, en *La Comédie humaine* nos ofrece una historia maravillosamente realista de la «Sociedad» francesa, especialmente del mundo parisiense, describiendo, a modo de crónica, casi año por año desde 1816 hasta 1848, los avances progresivos de la burguesía ascendente sobre la sociedad de los nobles, que se reconstituyó después de 1815 y volvió a erigir, en la medida de lo posible, el patrón de la vieja cortesía francesa***. Describe cómo los últimos restos de esa sociedad, para él modelo, sucumbieron paulatinamente ante la intrusión del advenedizo vulgar enriquecido, o fueron corrompidos por él; cómo la gran dama, cuyas infidelidades conyugales no eran más que un modo de afirmarse en perfecta consonancia con la manera en que se había dispuesto de ella en el matrimonio, cedió el paso a la burguesa que engañaba a su marido por dinero o por cachemira; y alrededor de este cuadro central agrupa una historia completa de la Sociedad francesa de la cual, incluso en detalles económicos (por ejemplo, la redistribución de la propiedad inmueble y mobiliaria después de la Revolución), he aprendido más que de todos los historiadores, economistas y estadísticos de oficio de la época juntos. Pues bien, Balzac era políticamente legitimista; su gran obra es una elegía constante a la irremediable decadencia de la buena sociedad; sus simpatías están todas con la clase condenada a la extinción. Pero, con todo, su sátira nunca es más aguda, ni su ironía más amarga, que cuando pone en movimiento a los mismísimos hombres y mujeres con quienes simpatiza más profundamente: los nobles. Y los únicos hombres de los que habla siempre con admiración no disimulada son sus más encarnizados antagonistas políticos, los héroes republicanos del Cloître Saint-Méry****, los hombres que en aquel momento (1830-1836) eran en verdad los representantes de las masas populares. Que Balzac se viese así obligado a ir contra sus propias simpatías de clase y prejuicios políticos, que viese la necesidad de la caída de sus queridos nobles y los describiese como personas que no merecían mejor destino; y que viese a los verdaderos hombres del futuro allí donde, por el momento, únicamente podían encontrarse: eso lo considero uno de los mayores triunfos del Realismo y uno de los rasgos más grandiosos del viejo Balzac.

Debo reconocer, en descargo suyo, que en ninguna parte del mundo civilizado son los trabajadores menos activamente resistentes, más pasivamente resignados a su suerte, más *hébétés***** que en el East End de Londres. Y quién sabe si no habrá tenido usted muy buenas razones para contentarse, por esta vez, con un cuadro del lado pasivo de la vida de la clase obrera, reservando el lado activo para otra obra.

* una pequeña obra maestra  
** pasadas, presentes y futuras  
*** cortesía francesa de antaño  
**** monasterio  
***** embotados