S.S. *City of New York*  
Jueves, 27-28 de septiembre de 1888

Querido Hermann:

Te escribo en circunstancias difíciles, pues nuestro barco se balancea de un modo abominable y la mitad de los pasajeros siguen mareados. Hemos tenido un viaje muy agradable, interesante e instructivo. Después de una buena travesía —sólo una hermosa tormenta de veras— llegamos a Nueva York el 17 de agosto, permanecimos allí unos 8 días, luego pasamos 7 días en Boston, 5 en las cataratas del Niágara, después, por el lago Ontario hasta el río San Lorenzo, por el que descendimos en un vapor hasta Montreal, de allí de vuelta a los Estados Unidos y a Plattsburg, desde donde nos desviamos hacia los Adirondacks, que son muy hermosos, luego seguimos en vapor por el lago Champlain y el lago George (parecidos a partes del lago Como, pero más pequeños y completamente salvajes) hasta Albany y, finalmente, descendimos por el Hudson y regresamos a Nueva York en vapor. Por desgracia, habíamos reservado pasaje a bordo del nuevo buque *City of New York*, el mayor barco de pasajeros a flote, de 10.500 toneladas y que se dice capaz de recorrer 500 millas marinas al día. Pero éste es sólo su cuarto viaje, las máquinas tienden a fallar; una está averiada y funciona apenas a media potencia, mientras que la otra se ve sometida a un gran esfuerzo y tiene que ser reparada constantemente. Afortunadamente hemos llegado a este punto, a 51 grados de latitud norte y unos 21 grados de longitud oeste de Greenwich, sin ningún contratiempo grave en las máquinas, y esperamos estar en Queenstown* mañana por la tarde y en Londres el sábado por la noche. La travesía ha sido bastante dura, dos grandes tormentas y mar gruesa todo el tiempo salvo los dos primeros días. Ninguno de nuestra pequeña compañía se ha visto afectado lo más mínimo por el mareo; hemos comido, bebido y fumado sin cesar, y hace un instante —a las 11 de la mañana— me han llamado para tomar mi trago matutino.

El viaje me ha sentado formidablemente bien; me siento al menos cinco años más joven, todas mis pequeñas dolencias han pasado a segundo plano, incluso la vista me ha mejorado, y aconsejaría a cualquiera que se sienta decrépito y pachucho que cruce el Atlántico y pase una quincena o tres semanas en el Niágara y un período similar en los Adirondacks, a 2.000 pies sobre el nivel del mar. El aire allí es excelente, y el sol de agosto de Lombardía se combina con la brisa fresca de nuestro octubre renano. Ya siento deseos de volver allí el año que viene, si consigo que alguien me acompañe. Deberías pensarlo; tú y Rudolf sin duda os vendría bien un tónico de esta clase. El viaje no fatiga en absoluto; en todas partes, en los mejores hoteles, la comida es de primera, y la cerveza alemana, es decir, elaborada a la moda alemana, excelente; sólo el vino es caro, aunque en cualquier sitio se consigue una buena botella de vino del Rin por 1 dólar o 1 dólar y 50 centavos, y el vino americano no es nada malo, aunque por desgracia no suele encontrarse en los hoteles. Llevamos a bordo 24 botellas, que estamos bebiendo con fruición: vino de Ohio (Riesling y espumoso) y Riesling de California, de muy buen sabor pero sin aroma.  
Muchos cariños a Emma y a los niños, y lo mismo para todos nuestros parientes.

Tu viejo hermano  
Friedrich

Viernes por la mañana, a las 10

Llevamos desde primera hora frente a la costa irlandesa; llegaremos a Queenstown a las 12 —donde echaré esta carta al correo—, a Liverpool mañana por la mañana y a Londres esa misma tarde.

De nuevo, muchos cariños.

* Nombre moderno: Cobh. — 29 de septiembre