Londres, 2 de mayo de 1888

Estimada Señora Wischnewetzky:

Por este correo le envío certificado el manuscrito; es decir, la copia que la señora Aveling hizo del mismo cuando vio que, con su letra apretada y la falta de margen, era imposible introducir a lápiz de manera legible las modificaciones sugeridas. Eran muchas, derivadas del hecho de que usted tradujo a partir de una traducción alemana, mientras que nosotros disponíamos del original para trabajar. Muchas de las modificaciones no tienen, pues, otro propósito que acercar el texto inglés al original francés. En otras, me he tomado mayores libertades por mor de la claridad.

El prefacio está casi terminado en borrador, pero como usted necesitará una traducción alemana, tendré que retenerlo un poco más por ese motivo.

2 K. Marx, Discurso sobre la cuestión del libre cambio. — F. Engels, «Protección y libre cambio. Prefacio al folleto: Karl Marx, Discurso sobre la cuestión del libre cambio».

De todas formas, me daré prisa en la medida en que las dos horas diarias me lo permitan; mi médico me ha vuelto a imponer estrictamente la semana pasada ese límite.

¿Quiere usted decirle a Sorge que, según los arreglos actuales, el Sozialdemokrat va a ser trasladado a Londres? Pero será mejor mantener esto en silencio por ahora; cuando nuestros amigos quieran que se hable de ello y que llegue a la prensa ávida de noticias, sin duda lo arreglarán ellos mismos.

Aquí estoy boicoteado casi tanto como usted en Nueva York; las diversas camarillas socialistas de aquí están descontentas con mi absoluta neutralidad respecto a ellas y, estando todas de acuerdo en ese punto, tratan de desquitarse no mencionando ninguno de mis escritos. Ni Our Corner (la señora Besant) ni To-day ni el Christian Socialist (de este último mensual, sin embargo, no estoy del todo seguro) han mencionado La situación de la clase obrera en Inglaterra, aunque yo mismo les envié ejemplares. Esperaba esto plenamente, pero no quería decírselo a usted hasta tener la prueba. No les culpo, porque les he ofendido gravemente al decir que hasta ahora no hay aquí un verdadero movimiento de la clase obrera,* y que, en cuanto este surja, todos los grandes hombres y mujeres que ahora se afanan como oficiales de un ejército sin soldados, pronto encontrarán su nivel, y uno más bien bajo de lo que esperan. Pero si creen que sus pinchazos de alfiler pueden atravesar mi vieja piel, curtida y paquidérmica, se equivocan.

Suyo muy atentamente,
F. Engels