Londres, 22 de febrero de 1888
122 Regent’s Park Road, N.W.

Estimada señora Wischnewetzky:

He recibido debidamente sus cartas del 21 de diciembre y del 8 de enero, y devuelvo con agradecimiento la carta de Lovell.

Me asombran los procederes de Grönlund; más bien me alegré de que no me visitara aquí. Por todo lo que oigo, está lleno de vanidad y engreimiento, en un grado inalcanzable incluso para un alemán, al que solo puede llegar un escandinavo, pero también con una ingenuidad en ello como solo un escandinavo puede serlo – en un alemán resultaría ofensivo. *Es muss auch solche Käuze geben.* En América, no menos que en Inglaterra, todos estos autoproclamados *grands hommes* encontrarán su propio nivel en cuanto las masas empiecen a moverse – y entonces se verán desplazados a ese nivel suyo con una velocidad que los asombrará. Ya hemos pasado por todo eso en Alemania y Francia, y también en la Internacional.

Desde entonces he tenido noticias del pobre y viejo Sorge, en un tono que confirma plenamente todo lo que usted dice. Esperaba plenamente desde el principio que no pudiera vivir en esa soledad y ese yermo. Espero que su regreso a Hoboken resulte un éxito.

Le envié un número del *National Reformer* de Bradlaugh con un artículo, el n.º 1, sobre mi libro*. Se enviaron ejemplares a: *National Reformer*, *Weekly Dispatch*, *Reynold’s Newspaper*, *Club Journal*, *Our Corner* (de la señora Besant), *To-day* (de H. Bland), *Christian Socialist*, *Pall Mall Gazette*. He pedido a algunos amigos que revisen estos periódicos y revistas y me comuniquen si aparece algo, en cuyo caso se lo haré saber a usted.

Reeves ha pedido también los 1.000 folletos; si se trata solo de una artimaña para mantener alejada a la competencia, está por verse. La cosa parece estar vendiéndose extraordinariamente bien.

* La situación de la clase obrera en Inglaterra

*Justice* recibió de usted un ejemplar del libro; el *Commonweal* no necesitó uno, pues yo le envié uno personalmente a Morris.

*Justice* sacó de nuevo la vieja traducción americana del Manifiesto Comunista. Esto llevó a Reeves a preguntar por una traducción autorizada. Yo disponía de una hecha por S. Moore, y dio la casualidad de que Sam se encontraba aquí. Así que la revisamos y se la vendimos a Reeves; él recibió las galeradas la semana pasada y, en cuanto esté publicada, recibirá usted un ejemplar. Sam Moore es el mejor traductor que conozco, pero no está en condiciones de hacer un trabajo sin recibir algo a cambio.

No acabo de entender su observación acerca de que el libro se venda aquí 1 chelín más caro. 1,25 dólares equivalen, que yo sepa, a 5 chelines, y ese es su precio de venta aquí.

La señora Campbell aún no me ha visitado hasta la fecha.

Sus observaciones acerca de que mis libros sean boicoteados por los socialistas alemanes oficiales de Nueva York son del todo correctas, pero estoy acostumbrado a esa clase de cosas, y así los esfuerzos de estos señores me divierten. Mejor así que tener que soportar su patronazgo. Para ellos, el movimiento es un negocio, y «los negocios son los negocios». Esto no durará mucho tiempo; sus intentos de mangonear el movimiento americano, como han hecho con el germano-americano, fracasarán miserablemente. Las masas pondrán todo eso en su sitio en cuanto empiecen a moverse.

Aquí las cosas marchan despacio pero bien. Las diversas organizaciones pequeñas han encontrado su nivel y están dispuestas a cooperar sin rencillas. Las brutalidades policiales en Trafalgar Square han obrado maravillas para ensanchar la brecha entre los radicales obreros y los liberales y radicales de la clase media, que se han comportado cobardemente tanto dentro como fuera del Parlamento. La Liga por la Ley y la Libertad –un organismo que gana terreno cada día– es la primera organización en la que delegados socialistas, como tales, se sientan al lado de delegados radicales. La estupidez del actual gobierno tory es espantosa; si el viejo Disraeli viviera, les abofetearía a diestro y siniestro. Pero esta estupidez ayuda a las cosas maravillosamente. La Autonomía para Irlanda y para Londres es ahora el grito aquí; esto último es algo que los liberales temen incluso más que los tories. El elemento de la clase obrera se exaspera cada vez más, con las estúpidas provocaciones tories, adquiere a diario mayor conciencia de su fuerza en las urnas y se halla cada vez más penetrado por la levadura socialista. El ejemplo americano les ha abierto los ojos, y si el próximo otoño se repitiera, en alguna gran ciudad americana, la campaña electoral de Nueva York de 1886, el efecto aquí sería instantáneo. Las dos grandes naciones anglosajonas emprenderán con seguridad una competencia en socialismo, como en otras materias, y entonces será una carrera con una velocidad cada vez más acelerada.

¿Puede usted conseguirme el arancel aduanero americano y la lista de impuestos internos sobre los productos industriales y otros productos americanos? Y, a ser posible, alguna información sobre cómo estos últimos se compensan con los primeros en lo que respecta al coste de producción. Es decir, por ejemplo, si el impuesto interior sobre los cigarros es del 20%, un derecho de importación del 20% lo equilibraría en lo que a la competencia extranjera se refiere. Eso es sobre lo que quisiera tener alguna información antes de escribir mi prefacio al «Libre Cambio».

Recíprocamente, le deseo lo mejor y quedo

Suyo muy sinceramente,
F. Engels