Londres, 15 de septiembre de 1887
122 Regent’s Park Road, N. W.

Estimada señora Wischnewetzky:

He recibido su carta del 28 de agosto.

Me alegra que el folleto¹ se venda tan bien. Los ejemplares que he recibido se los entregaré a Aveling, que acaba de regresar del campo, para que los distribuya en parte entre los periódicos socialistas, en parte en sus mítines del East End y en sus conferencias sobre el movimiento norteamericano.* También intentaré, por medio de él, conseguir un agente para su venta y le comunicaré el resultado.

Lo que escribí acerca de Trübner* se ha confirmado con más fuerza de la que esperaba. Ayer el Dr. Baernreither, diputado austríaco, me dijo que había pedido a Trübner —con quien trata regularmente— que le procurara un ejemplar de nuestro libro.⁶ Trübner dijo que no tenía ninguno, y que el Dr. Baernreither haría mejor en encargarlo a través de una agencia norteamericana cuya dirección dio a Baernreither y por medio de la cual Baernreither encargó el libro. De modo que Trübner no sólo boicotea, sino que de hecho quema el libro.

En cuanto a los ejemplares enviados a Kautsky, difícilmente podría él haber actuado de otro modo que como lo hizo.¹⁰ Ni Lovell ni usted misma le escribieron nunca una línea de instrucciones. Yo mismo jamás supe si se habían enviado ejemplares a la prensa de aquí y a qué periódicos. Estábamos completamente a oscuras, y si el libro no ha llegado a manos de la prensa inglesa ni ha sido reseñado, la culpa es enteramente de los errores cometidos en su lado del Atlántico. Si se me hubiera informado de lo que se había hecho al respecto, o si se me hubiera dicho que eso se dejaba a mi cargo, yo habría podido actuar. No cabe duda de que aquí tiene salida, pero no mientras esté en manos de Trübner; y si se me autorizara a buscar un agente aquí, no dudo de poder hacerlo; por supuesto, ustedes tendrían que enviar un número limitado de ejemplares en consignación.

La repudiación de los socialistas por George¹⁶ es, en mi opinión, un golpe de suerte inmerecido que redimirá en gran medida el —inevitable— error de poner a George al frente de un movimiento que ni siquiera entendía. George como abanderado de todo el movimiento obrero era un peligro; George como jefe de los georgeítas pronto será cosa del pasado, el líder de una secta como las mil sectas que hay en América.

Su folleto sobre la filantropía⁷ no me ha llegado todavía.

La traducción que usted ha hecho del discurso de Marx sobre el libre cambio la revisaré con gusto y la compararé con el original francés, del cual poseo acaso el único ejemplar existente. Ya veremos lo del prefacio más adelante. La séptima Bemerkung⁸ de la Misère de la Philosophie encajaría muy bien. En cuanto al capítulo sobre la renta, eso parece más dudoso, pues contiene numerosas referencias a las nociones de Proudhon, y dudo que las lucubraciones del señor Tucker merezcan atención alguna.¹

La respuesta del Ejecutivo a mi nota al pie es en sí misma tan deprecatoria e insignificante que replicarle sería un trabajo supererogatorio.¹⁸ No puedo responder a tiempo para el Congreso, y el hecho es que yo he tomado partido abiertamente contra el Ejecutivo en este asunto. Una nueva controversia a través del Atlántico no puede conducir a nada. En cuanto al boicot que me hacen el Sozialist y la Volkszeitung, lo lamento por la venta del libro y del folleto; por lo demás, me es completamente indiferente. Demasiadas veces he superado tales chicanerías con sólo esperar y observar.

Su expulsión la leí en su momento en la Volkszeitung; era lo que cabía esperar. Espero que su folleto llegue a tiempo para el Congreso; habría sido bueno que hubiera salido hace un mes para que estuviera en manos de las secciones antes de que enviaran delegados. Siento curiosidad por lo que hará el Congreso, pero no me hago demasiadas ilusiones.

Suyo fielmente,
F. Engels

Afortunadamente, el movimiento en América ha cobrado ya un impulso tal que ni George, ni Powderly ni los intrigantes alemanes pueden echarlo a perder ni detenerlo. Sólo que tomará formas inesperadas. El movimiento real siempre tiene un aspecto distinto de aquel que, a los ojos de quienes fueron instrumentos en su preparación, debería haber tenido.