Londres, 9 de febrero de 1887

Estimada señora Wischnewetzky:

Contesto de inmediato a su carta, con matasellos del 28 de enero. ¡El prefacio⁴!! fue enviado el 27 de enero, y a su telegrama recibido el domingo 6 de febrero respondí enseguida por cable: «Enviado certificado el 27 de enero».

En cuanto al pasaje distorsionado de mi carta que el incontenible Baton no pudo abstenerse de publicar, de nada sirve que Rosenberg y Cía. le echen la culpa a Aveling. El pasaje sobre los cientos de miles y los millones apareció en mi carta a usted, y en ninguna otra. Así que usted sabrá quién es el responsable de esta indiscreción y de poner en mi boca ese disparate. Por lo que a mí respecta, no tengo inconveniente en que usted publique el pasaje completo, e incluso la carta entera.

Su temor de que yo esté indebidamente influido por Aveling en mi visión del movimiento americano carece de fundamento. Tan pronto como hubo un movimiento obrero nacional americano, independiente de los alemanes, mi posición quedó claramente señalada por los hechos del caso. Ese gran movimiento nacional, sea cual fuere su primera forma, es el verdadero punto de partida del desarrollo de la clase obrera americana; si los alemanes se suman a él para ayudarlo o para acelerar su desarrollo en la dirección correcta, pueden hacer mucho bien y desempeñar un papel decisivo en él; si se mantienen al margen, se reducirán a una secta dogmática y serán barridos como gente que no entiende sus propios principios. La señora Aveling, que ha visto a su padre trabajar, entendió esto desde el principio igual de bien, y si Aveling también lo vio, tanto mejor. Y todas mis cartas a América, a Sorge, a usted, a los Aveling, desde el mismo comienzo, han repetido esta opinión una y otra vez.⁷ Sin embargo, me alegró ver a los Aveling antes de escribir mi prefacio, porque me proporcionaron algunos hechos nuevos sobre los misterios internos del partido alemán en Nueva York.

Parece usted dar por sentado que Aveling se ha comportado en América simplemente como un estafador; y no solo eso; usted me insta, en virtud de las afirmaciones y alusiones contenidas en su carta, a que lo trate como tal y haga todo lo que esté en mi poder para que sea excluido de los órganos literarios del partido.²* Ahora bien, para todas estas afirmaciones usted no puede tener prueba alguna, porque no ha podido escuchar defensa alguna. ¡Aun así, usted está en mejor situación que nosotros aquí; usted al menos ha oído una de las partes, mientras que nosotros ni siquiera sabemos cuál es la acusación concreta!

En las primeras etapas de andar por casa del movimiento obrero, cuando los trabajadores aún están bajo la influencia de prejuicios tradicionales, ¡ay de aquel que, siendo de origen burgués o de educación superior, se mete en el movimiento y es lo bastante imprudente como para entablar relaciones monetarias con el elemento obrero! Es seguro que habrá una disputa sobre las cuentas, y esto se convierte enseguida en un intento de explotación. Sobre todo si el «burgués» tiene puntos de vista teóricos o tácticos que discrepan de los de la mayoría, o incluso de una minoría. Esto lo he visto constantemente durante más de cuarenta años. Los peores de todos eran los alemanes; en Alemania, el crecimiento del movimiento ha barrido hace tiempo esa lacra, pero no ha desaparecido con los alemanes fuera de Alemania. Por eso Marx y yo siempre hemos tratado de evitar cualquier trato monetario con el partido, sin importar en qué país. Y cuando los Aveling fueron a América, tuve serios recelos al respecto. Solo cuando se acordó que la gira se hiciera junto con Liebknecht me sentí más tranquilo, porque Liebknecht, como viejo zorro, sabría cómo manejar tales quejas, y porque cualquier acusación que se le hiciera en ese aspecto no haría más que poner en ridículo a los denunciantes en Alemania y en Europa en general. Bueno, luego la gira se organizó de otra manera, y aquí está el resultado.

Por esto verá usted que yo considero este asunto mucho más fríamente de lo que parece hacer la gente en Nueva York. Pero además, conozco a Aveling desde hace cuatro años; sé que en dos ocasiones ha sacrificado su posición social y económica a sus convicciones, y que podría ser, si se hubiera abstenido de hacerlo, profesor en una universidad inglesa y un fisiólogo distinguido, en lugar de un periodista sobrecargado de trabajo y con ingresos muy inciertos. He tenido ocasión de observar sus capacidades trabajando con él, y su carácter viéndolo pasar por circunstancias bastante difíciles más de una vez, y hará falta mucho más que meras afirmaciones e insinuaciones para que yo crea lo que algunos cuentan ahora sobre él en Nueva York.

Pero entonces, si él hubiera tratado de estafar al partido, ¿cómo podría haberlo hecho durante toda su gira sin que su esposa lo supiera? Y en ese caso, la acusación la incluye a ella también. Y entonces se vuelve completamente absurda, al menos a mis ojos. A ella la conozco desde niña, y durante los últimos diecisiete años ha estado constantemente a mi lado. Y más aún, he heredado de Marx la obligación de velar por sus hijos como él mismo lo habría hecho, y de procurar, en cuanto esté en mi poder, que no se les haga agravio. Y eso lo haré, a pesar de cincuenta Ejecutivas. ¡La hija de Marx estafando a la clase obrera... demasiado rico en verdad!

Luego dice usted: «Aquí nadie imagina que el Dr. Aveling se haya metido el dinero en el bolsillo, ni que lo haya gastado como indican las facturas. Creen que simplemente trató de cubrir los gastos de su esposa». Esto es una acusación directa de falsedad, y usted la presenta como una suposición atenuante y caritativa. ¿Entonces, si esta es la acusación atenuada, cuál es la acusación completa? ¿Y sobre qué base se hace? «Las ridículas facturas que envió el Dr. Aveling». Me gustaría ver algunas de esas facturas «ridículas». Durante quince semanas se enviaron cada domingo a la Ejecutiva, la cual no dio señal alguna de desaprobación. Tampoco se movieron cuando los Aveling, el 19 de diciembre, regresaron a Nueva York. No fue hasta el 23, cuando estaban a punto de partir, cuando ya no podían defenderse de acusaciones, reales o inventadas, que la Ejecutiva descubrió que esas facturas, a las que nunca había objetado por separado, ¡eran ridículas al sumarlas! Es decir, objetan no las facturas, sino las reglas de la suma. Entonces, ¿por qué la Ejecutiva, en vez de acortar la gira, trató de ampliarla, y justo al final proyectó una segunda visita de los Aveling a Chicago que felizmente no se realizó? Me parece que en todo esto, no son las facturas las ridículas, sino la Ejecutiva.

Bueno, en la reunión del 23 de diciembre, los Aveling oyen por primera vez que sus facturas son ridículas, y la Ejecutiva les presenta un estado de cuentas elaborado por ellos mismos. Tan pronto como se objeta ese estado, Aveling acepta inmediatamente el de la Ejecutiva, según el cual —lo he visto de puño y letra de Rosenberg— le corresponde un saldo a su favor de 176 dólares. Luego, siendo acosado de nuevo por Walther, rechaza ese saldo, devuelve 76 dólares en el acto y manda el resto desde Londres. Y entonces dice usted que «la devolución de los 100 dólares por parte del Dr. Aveling no ha ayudado en nada». ¡Por todos los santos, ¿qué es lo que quiere esa gente, entonces?! ¿Hay que tratar a Aveling como a un estafador porque la Ejecutiva se apropia de 176 dólares que, según su propio reconocimiento, le pertenecen?

Luego, el misterio con que la Ejecutiva envuelve este asunto se va haciendo más y más oscuro. Cuando apareció el artículo en el New York Herald* y fue telegrafiado, los Aveling enviaron la circular adjunta a las secciones y, al mismo tiempo, a la Ejecutiva.*° Esa circular —a menos que yo considere a Aveling un mentiroso y un estafador, cosa que me niego a hacer hasta que haya pruebas concluyentes— es a mis ojos concluyente contra la Ejecutiva, al menos hasta que vea su respuesta. ¿Pero qué hace la Ejecutiva? Meten ataques infames en la Volkszeitung. Esparcen rumores e informes a espaldas de Aveling, convocan reuniones de las secciones y les presentan su versión, logrando que voten resoluciones en un asunto que no puede juzgarse sin una auditoría imparcial de todas las cuentas y sin una defensa completa de los acusados ausentes. Y habiendo, al parecer, tenido éxito en su círculo de Nueva York al calumniar a Aveling, no como a un hombre que ha gastado su dinero de manera extravagante (pues esa, con razón o sin ella, podría ser su convicción honesta), sino como a un estafador y falsificador de cuentas, se elevan a la altura de la ocasión creada por su propio genio inventivo y ¡prometen una circular que proclame a Aveling estafador y falsificador ante la clase obrera del mundo entero! Y todo esto, fíjese bien, a espaldas y sin conocimiento del hombre al que acusan, ¡quien no solo no puede defenderse, sino que ni siquiera puede deducir los hechos precisos en que se basa la acusación! Si esta es la manera de juzgar a las personas en nuestro partido, entonces prefiero el Reichsgericht de Leipzig y el jurado de Chicago.⁷⁸

Afortunadamente, hemos superado esa etapa en los partidos más antiguos de Europa. Hemos visto Ejecutivas surgir y caer por docenas; sabemos que son tan falibles como cualquier papa, e incluso hemos conocido a más de una que vivía suntuosamente de los peniques de los trabajadores y que tenía estafadores y falsificadores de cuentas en su seno. En su circular, la Ejecutiva no solo tendrá que definir su acusación —con lo cual quizás lleguemos por fin a conocerla— sino también probarla. La gente de este lado no toma la palabra de sus propias Ejecutivas como evangelio, y mucho menos la del señor Walther y el señor Rosenberg, por muy «oficial» que sea.

En mi opinión, la Ejecutiva se ha colocado en una posición muy incómoda. Si hubieran protestado por las cuentas por considerarlas meramente extravagantes, podrían haber conseguido una audiencia fuera de su propio círculo; pues eso es, más o menos, cuestión de opinión. Pero al no haber objetado nunca las cuentas enviadas, sintieron que habían cortado el suelo bajo sus pies y, como hace la gente débil en tales circunstancias, exageraron la acusación para cubrirse. Así llegan a la nueva acusación de estafa y falsedad, que nunca podrán probar y con la que tendrán que contentarse con insinuar. Pero una infamia insinuada para encubrir la mera debilidad sigue siendo ni más ni menos una infamia. Y habiendo inflado lo que originalmente no era más que una insignificante cuestión de cuentas en disputa hasta convertirla en un delito penal, naturalmente se sienten obligados a presentarse ante los diversos partidos obreros con ello. Y, naturalmente, lo hacen de manera solapada y a escondidas, impidiendo que el acusado oiga siquiera la acusación. Un paso equivocado lleva a otro, y al final llegan a un completo embrollo y quedan atrapados en su propia red. Y todo ello no por maldad innata, sino por pura debilidad.

⁴ Véase la carta de Engels a Florence Kelley-Wischnewetzky del 28 de diciembre de 1886 (presente edición, vol. 47).  
⁷ Véanse las cartas de Engels a F. A. Sorge del 29 de noviembre de 1886 y a Florence Kelley-Wischnewetzky del 28 de diciembre de 1886 (presente edición, vol. 47), así como su carta a esta del 27 de enero de 1887 (este volumen).  
* «Aveling’s Unpaid Labor», New York Herald, 30 de diciembre de 1886.

Ahora verá usted que debo rehusar del modo más terminante seguir su consejo de “darle una insinuación a Kautsky para que no deje aparecer las cartas que se anuncian a nombre del Dr. Aveling”, porque el Ejecutivo va a lanzar “una circular oficial” contra Aveling, y “su nombre como miembro del personal sólo puede perjudicar a cualquier órgano”. Ni Kautsky ni yo mismo, creo, hemos dado jamás motivo alguno para que nadie suponga que trataríamos así a los amigos con los que hemos trabajado durante años, sobre la base de meras afirmaciones e insinuaciones. Y si yo le dijera algo semejante a Kautsky, simplemente lo llevaría a la conclusión de que o bien estoy cayendo rápidamente en la chochez, o que ya no se puede confiar en mí para cruzar la calle. De hecho, estoy seguro de que usted se arrepintió de haber escrito este pasaje tan pronto como la carta hubo salido.

Veo muy bien que usted escribió su carta en lo que consideraba los intereses del partido, y que así se vio llevada a presentarme el caso de Aveling como desesperado y juzgado sin apelación. Pero hasta ahora no ha sido juzgado por nadie más que por el Ejecutivo, que son a la vez parte, acusadores, jueces y jurado todo en uno; pues la resolución de las secciones de Nueva York, sea cual fuere, no cuenta para nada. Lo que puedan decir las otras secciones está por verse, pero incluso ellas, si son imparciales, sólo pueden declararse incompetentes hasta que tengan todos los hechos y hasta que se haya oído al acusado. Y yo, por mi parte, considero completamente ruinoso para el partido introducir en él, e incluso superar, el tipo de justicia practicado por Bismarck y por los burgueses americanos, quienes al menos respetan las formas y conceden una audiencia al preso en el banquillo —y que actuemos así nosotros precisamente en el momento en que protestamos contra estos infames procedimientos.

Sin duda puede convenirle al Ejecutivo, bajo el pretexto de evitar un escándalo público, eludir la publicidad. Pero eso no servirá. O bien deben retirar el cargo deshonroso, reducir el caso a sus simples dimensiones de una disputa sobre cuentas, y resolverlo de manera honorable y directa; o bien deben salir a la luz pública con el cargo y ventilarlo hasta el final. Ya se ha permitido que se filtre demasiado de este asunto, y no puede quedarse donde está; ni es Aveling hombre que lo deje ahí. Y como no puedo permitir que se acuse a los Aveling de infamias a sus espaldas, era mi deber comunicar su carta a la señora Aveling (estando él demasiado enfermo en este momento) y leerle mi respuesta. Y si en algún momento las circunstancias requiriesen la publicación de esta mi carta, usted queda en libertad de publicarla íntegramente, mientras que yo me reservo el mismo derecho, por supuesto sin arrastrar su nombre, a menos que otras personas lo hayan hecho previamente.

Soy, estimada señora Wischnewetzky, muy sinceramente suyo
F. Engels