EN NUEVA YORK

Londres, 28 de diciembre de 1886 
122 Regent’s Park Road, N.W.

Estimada señora Wischnewetzky:

Su carta del 13 de noviembre nunca me llegó, lo cual siento mucho; entonces me habría venido mucho mejor escribir un prefacio y, además, me habría dejado más tiempo.

Pero permítame antes que la felicite por el dichoso acontecimiento familiar del que ha sido usted la protagonista, y añadir mis mejores deseos para su propia salud y la del pequeño recién llegado.

Por supuesto, el apéndice está ahora un poco desfasado, y como yo preveía algo de este tipo, propuse que se escribiera cuando el libro estuviera listo para la imprenta. Ahora hará mucha falta un prefacio, y le escribiré uno; pero antes debo esperar el regreso de los Aveling para tener un informe completo del estado de las cosas en América; y me parece que mi prefacio no será exactamente lo que usted desea.

En primer lugar, me parece que usted trata un poco a Nueva York como el París de América, y que sobrestima la importancia, para el conjunto del país, del movimiento neoyorquino local con sus rasgos locales. Sin duda tiene una gran importancia, pero entonces el Noroeste, con su trasfondo de una numerosa población agrícola y su movimiento independiente, difícilmente aceptará a ciegas la teoría de George.

En segundo lugar, el prefacio de este libro no es en absoluto el lugar adecuado para una crítica a fondo de esa teoría, y ni siquiera ofrece el espacio necesario para ella.

En tercer lugar, tendría que estudiar a fondo los diversos escritos y discursos de Henry George (de los cuales no tengo la mayoría) a fin de imposibilitar todas las réplicas basadas en subterfugios y cuestiones secundarias.

Mi prefacio girará, por supuesto, enteramente en torno al inmenso avance realizado por los obreros norteamericanos en los últimos diez meses, y naturalmente también tocará a Henry George y su plan agrario. Pero no puede pretender tratarlo ampliamente. Y tampoco creo que haya llegado el momento de hacerlo. Es mucho más importante que el movimiento se extienda, avance de manera armoniosa, eche raíces y abarque en lo posible a todo el proletariado norteamericano, a que desde el principio arranque y prosiga por líneas teóricamente perfectas. No hay mejor camino hacia la claridad teórica de comprensión que aprender de los propios errores, «durch Schaden klug werden». Y para toda una gran clase no hay otro camino, sobre todo para una nación tan eminentemente práctica y tan despreciativa de la teoría como los norteamericanos. Lo importante es lograr que la clase obrera se ponga en movimiento como clase; una vez conseguido esto, pronto encontrará la orientación correcta, y todos los que se resistan, Henry George o Powderly, quedarán al margen con sus pequeñas sectas particulares. Por eso considero también a los Knights of Labor un factor importantísimo en el movimiento, al que no se debe despreciar desde fuera, sino revolucionar desde dentro, y estimo que muchos de los alemanes de allí han cometido un grave error al tratar, frente a un movimiento poderoso y glorioso que no es obra suya, de convertir su teoría, importada y no siempre comprendida, en una especie de alleinseligmachendes Dogma y mantenerse apartados de todo movimiento que no acepte ese dogma. Nuestra teoría no es un dogma, sino la exposición de un proceso de evolución, y ese proceso implica fases sucesivas. Esperar que los norteamericanos arranquen con la plena conciencia de la teoría elaborada en países industriales más antiguos es esperar lo imposible. Lo que los alemanes deben hacer es actuar de acuerdo con su propia teoría —si la entienden, como hicimos nosotros en 1845 y 1848—, sumarse a todo movimiento obrero real y general, aceptar su punto de partida faktische como tal y elevarlo gradualmente al nivel teórico, señalando cómo cada error cometido, cada revés sufrido, era una consecuencia necesaria de concepciones teóricas equivocadas en el programa original: según las palabras del Kommunistischen Manifest, deberían «in der Gegenwart der Bewegung die Zukunft der Bewegung zu repräsentieren». Pero, sobre todo, dar tiempo al movimiento para que se consolide, no hacer que la confusión inevitable del primer arranque sea aún más confusa embutiendo a la gente cosas que, por el momento, no puede comprender bien, pero que pronto aprenderá. Uno o dos millones de votos obreros el próximo noviembre para un partido obrero de verdad valen en este momento infinitamente más que cien mil votos para una plataforma doctrinalmente perfecta. El primer intento —que pronto se hará si el movimiento avanza— de consolidar a las masas en movimiento sobre una base nacional los pondrá a todos cara a cara, georgistas, Knights of Labor, sindicalistas y todos los demás; y si para entonces nuestros amigos alemanes han aprendido lo suficiente de la lengua del país para intervenir en un debate, entonces será el momento de que critiquen las opiniones de los demás y, mostrando las inconsecuencias de los distintos puntos de vista, los lleven gradualmente a comprender su propia posición real, la posición que les ha creado la correlación entre capital y trabajo asalariado. Pero cualquier cosa que pudiera retrasar o impedir esa consolidación nacional del partido obrero —cualquiera que sea su plataforma— yo la consideraría un grave error, y por eso no creo que haya llegado el momento de pronunciarse plena y exhaustivamente ni sobre Henry George ni sobre los Knights of Labor.

No telegrafié «sí» porque no podía comprender exactamente qué podría significar para usted ese «sí».

En cuanto al título: no puedo omitir el 1844, porque la omisión daría una idea completamente falsa de lo que el lector debe esperar. Y como yo, con el prefacio y el apéndice, asumo cierta responsabilidad, no puedo consentir que se lo omita. Puede añadir: «With preface and appendix by the Author», si lo considera oportuno.

Le devuelvo las pruebas corregidas por el mismo correo.

Suyo muy fielmente,
F. Engels