Londres, 13-14 de septiembre de 1886

Querido Bebel:

Lo que me parece extraño en todo este asunto búlgaro y oriental<sup>°</sup> es que los rusos se hayan dado cuenta sólo ahora de que, a consecuencia de la anexión de Alsacia, etc., se han convertido en los árbitros de Europa, tal como Marx señaló ya a los miembros de la Internacional en 1870.<sup>*</sup> La única explicación posible de esto es la adopción universal desde la guerra (en Rusia desde 1874) del sistema prusiano de Landwehr, que tarda entre 10 y 12 años en producir un ejército proporcionalmente poderoso.<sup>*’*</sup> Rusia y Francia poseen ahora también tal ejército, de ahí que ahora pueda empezar la diversión. Y precisamente por eso el ejército ruso, que proporciona el núcleo duro del paneslavismo, está ejerciendo ahora una presión tan tremenda sobre el gobierno que el zar<sup>°°</sup> se encuentra ante dos únicas posibilidades: o bien tiene que superar su vieja animosidad hacia la República Francesa y aliarse con ella, o bien tiene que persuadir a Bismarck de que respalde la política oriental de Rusia. Para Bismarck y Guillermo,<sup>°</sup> las alternativas eran: o la resistencia a Rusia, con la perspectiva de una alianza franco-rusa y una guerra mundial, o la certeza de una revolución rusa como resultado de una alianza entre los paneslavos y los nihilistas,<sup/sup> o también la sumisión a Rusia, es decir, la traición a Austria. Que, desde su propio punto de vista, Bismarck y Guillermo no pudieran haber actuado de otro modo me parece obvio, y esto representa un gran salto adelante, en la medida en que la incompatibilidad de los intereses de los Hohenzollern con los de Alemania ha quedado ahora puesta de manifiesto de manera clara y abrumadora. La existencia misma del Imperio Alemán está siendo puesta en peligro por sus cimientos prusianos.

Temporalmente —es decir, hasta después del invierno— el asunto se disimulará probablemente, pero el apetito de los paneslavos crece con el comer, y jamás volverán a tener una oportunidad tan favorable. Si los rusos logran ocupar Bulgaria, pasarán también a atacar Constantinopla, a menos que intervengan obstáculos insuperables —por ejemplo, una alianza austro-alemana-británica—. De ahí la desesperada súplica de Bismarck en favor de una política activamente antirrusa por parte de Gran Bretaña, súplica que ahora hace repetir en el _Standard_ casi a diario, con la esperanza de que Gran Bretaña evite una guerra mundial.

En cualquier caso, la rivalidad austriaca y rusa en la península balcánica se está haciendo tan aguda que la guerra es más probable que la conservación de la paz. Y eso significará el fin de las guerras localizadas. Pero cuál será el resultado —quién vencerá— no podemos decirlo. El ejército alemán es sin duda el mejor y el mejor dirigido, pero no es más que uno entre muchos. Los austriacos son una incógnita, tanto numérica como militarmente, sobre todo en cuanto al mando, y siempre han sido unos maestros en conseguir que sus mejores tropas sean derrotadas. Los rusos, como de costumbre, se engañan acerca de su fuerza, que sobre el papel es enorme; aunque sumamente débiles en el ataque, son fuertes en la defensa de su propio país. Su punto más débil, aparte del alto mando, es la falta de material idóneo para dotar de oficiales a las vastas masas; el país no produce el número necesario de personas instruidas. Los turcos son los mejores soldados, pero el alto mando es invariablemente execrable, cuando no sobornado. Por último, a los franceses también les faltan oficiales, porque son demasiado avanzados políticamente como para tolerar una institución como la de los voluntarios de un año; y también porque el burgués francés es (personalmente) de todo punto nada marcial. Finalmente, la nueva organización no ha sido puesta a prueba en ninguna parte, salvo en Alemania. De ahí que estas magnitudes sean muy difíciles de estimar, tanto numérica como cualitativamente. De los italianos puede decirse con certeza que, a igualdad numérica, serían derrotados por cualquier otro ejército. Pero cómo se agruparán estas diversas magnitudes, ya sea unas junto a otras o unas contra otras, en una guerra mundial, es igualmente incalculable. La importancia de Gran Bretaña —la de su marina de guerra y la de sus vastos recursos— crecerá a medida que la guerra prosiga y, si retiene sus tropas al principio, bien puede ser al final un cuerpo británico de 60.000 hombres el que incline finalmente la balanza.

Todo esto presupone que no ocurra nada en el interior de los países implicados. Pero en Francia una guerra podría muy bien llevar al timón a elementos revolucionarios, mientras que en Alemania una derrota o la muerte del Viejo<sup>’</sup> podría desencadenar un cambio violento de régimen, lo que a su vez podría provocar una reagrupación de los beligerantes. En resumen, habrá un caos cuyo único desenlace seguro será una carnicería en masa a una escala hasta ahora sin precedentes, el agotamiento de toda Europa en un grado hasta ahora sin precedentes y, finalmente, el colapso total del viejo sistema.

Una victoria inmediata para nosotros sólo podría producirla una revolución en Francia, que conferiría a los franceses el papel de libertadores del proletariado europeo. No sé si esto sería lo mejor para este último; ello elevaría, no obstante, el chovinismo francés ideal a la enésima potencia. Una revolución en Alemania como consecuencia de una derrota sólo serviría si condujese a la paz con Francia. Lo mejor de todo sería una revolución rusa, la cual, sin embargo, sólo cabe esperar tras severas derrotas infligidas al ejército ruso.

Una cosa es segura: una guerra retrasaría sobre todo nuestro movimiento en toda Europa, lo desbarataría por completo en muchos países, azuzaría el chovinismo y la xenofobia, y nos dejaría la perspectiva segura, entre muchas otras inciertas, de tener que recomenzar de nuevo después de la guerra, aunque sobre una base mucho más favorable aún que la actual.

Haya o no guerra, esto se ha ganado. Vuestro filisteo alemán ha sido sacudido de su letargo y se ve por fin obligado a intervenir activamente en política. Puesto que entre el bonapartismo prusiano actual, con sus fundamentos semifeudales, y la república socialista que será nuestra primera etapa, habrán de recorrerse numerosas fases intermedias, sólo puede series ventajoso que vuestro ciudadano alemán se vea por fin forzado a reasumir sus responsabilidades políticas y a oponerse al régimen actual, aunque sólo sea para obligarle a moverse un poco. Por eso espero con vivo interés lo que ocurra en la próxima sesión del Reichstag. Como por el momento no recibo periódicos alemanes, te agradecería mucho que me enviaras de vez en cuando aquellos que traigan informes de sesiones importantes, en particular las que se ocupen de la política exterior.

También Liebknecht tenía mucho que contar sobre la indignación provocada en Alemania por las genuflexiones de Bismarck ante los rusos.<sup/sup> Pasó varios días conmigo a la orilla del mar en Eastbourne,<sup/sup> estaba de muy buen humor y, como siempre, «todo marchaba a las mil maravillas». Puesto que los señores del ala derecha ya no están promoviendo perturbaciones dignas de mención y han tenido que doblegarse, Liebknecht pudo volver a dar rienda suelta a manifestaciones harto revolucionarias y a esforzarse por hacerse pasar por el más resuelto de los hombres. Le di a entender con bastante claridad que yo sabía más acerca de estos manejos de lo que a él acaso le gustara, pero, dado que estaba completamente en el buen camino, no había absolutamente ninguna razón para que nuestro trato no fuese sumamente cordial. Ignoro, y por tanto no soy responsable de, lo que pueda haberte contado en sus cartas sobre los temas que discutimos.

14 de septiembre

Habiendo sido interrumpido de nuevo, debo asegurarme de terminar esto a tiempo para el correo de la tarde, de modo que recibas esta carta a más tardar el jueves<sup>*</sup> por la mañana. El parlamento húngaro se reunirá también en un futuro próximo, y entonces el asunto búlgaro<sup>**°</sup> será sin duda sacado a colación. Lo mejor para nosotros sería que Rusia fuese rechazada pacífica o violentamente, en cuyo caso quedaría preparado el escenario para una revolución allí. Los paneslavos se sumarían, sólo para descubrir a la mañana siguiente que han sido burlados. Este era un punto sobre el que Marx se expresó siempre con el mayor convencimiento —y no conozco a nadie que entendiese Rusia, tanto en sus aspectos internos como externos, tan bien como él. Sostenía que, tan pronto como el viejo régimen hubiese sido destruido en Rusia, sin importar por quién, y se hubiese reunido una asamblea representativa, sin importar de qué clase, la política de agresión de Rusia cesaría y las cuestiones internas pasarían a primer plano sobre todas las demás. Y las repercusiones sobre Europa, una vez destruida esta última fortaleza de la reacción, serían, decía, enormes; nosotros, en Alemania, seríamos los primeros en sentirlas.

El barco de Liebknecht llegó ayer por la mañana a Nueva York a las 3; el de los Aveling, varios días antes.<sup>°°°</sup> Si allí hace tanto calor como aquí —ahora, a las 4 de la tarde, hay 25 grados centígrados<sup>*</sup> en mi habitación—, sus peroratas les van a hacer sudar un poco.

En Francia el buen trabajo prosigue. El método de agitación que se ensayó en Decazeville se está repitiendo ahora en Vierzon, donde hay una huelga.<sup>°'9</sup> Vaillant, de donde es originario, desempeña allí un papel dirigente. En París, los radicales están trabajando para nosotros, como Bismarck en Alemania. Se han metido en un lío espantoso con los garitos, y Clemenceau, aunque no tenía necesidad de ello, se ha visto no obstante demasiado implicado con esa pandilla como para poder mantenerse totalmente al margen. Así, la brecha entre él y los antiguos obreros radicales se ensancha cada vez más, y su pérdida es nuestra ganancia. Nuestra gente está comportándose con gran habilidad, y me sorprende la dosis de disciplina que muestran los franceses. Era justamente lo que les faltaba, y ahora la están adquiriendo, pero sobre un trasfondo de una tradición plenamente revolucionaria que en Francia se da por supuesta y que está libre de todos esos escrúpulos filisteos que son la plaga de nuestros Geiser y Viereck. La próxima vez, incluso con el _scrutin de liste_, cosecharemos éxitos considerables en Francia. Y es precisamente porque todo marcha tan maravillosamente, tanto allí como en Alemania, y porque un par de años de ininterrumpido desarrollo interno, impulsado por los acontecimientos inevitables en las circunstancias dadas, contribuiría tan enormemente a nuestro progreso —es precisamente por todo esto por lo que yo no desearía exactamente una guerra mundial—. ¡Pero poco se cuida la historia de ello! Sigue su curso y nosotros tenemos que tomarlo tal como viene.

Hay una cosa que vosotros deberíais aprender de los franceses. Desde hace 50 años, todos los revolucionarios de allí se han adherido a la regla de que el acusado debe negarse a dar información alguna al juez de instrucción. Éste tiene el derecho a preguntar, el acusado tiene el derecho a no responder, a no incriminarse a sí mismo ni a sus camaradas. Esto —una vez que ha sido aceptado con carácter general hasta el punto de que cualquier desviación se considera una semitraición— es de enorme ventaja en todos los procesos. Uno sigue siendo libre de decir lo que quiera en las vistas públicas. Pero en la instrucción sumarial, todas las actas se redactan de modo que falsifiquen las declaraciones hechas por el acusado, al que se intimida para que firme mediante toda clase de subterfugios. Deberíais verlo vosotros mismos algún día.

Tuyo

F. E.