Londres, 23 de abril de 1885

Querida ciudadana:

Aún le debo una respuesta a su carta del 14 de febrero. A continuación encontrará usted las razones de mi tardanza, que ciertamente no puede atribuirse a ociosidad por mi parte.

Me pide que le dé mi opinión sobre el libro de Plejánov *Hawu pasnoeaacia.* Para ello tendría que haberlo leído. No encuentro gran dificultad en leer ruso cuando he pasado una semana dedicándome a ello, pero pueden transcurrir seis meses o más sin que tenga oportunidad de hacerlo; entonces, habiendo perdido el hábito, me veo obligado a aprender el idioma de nuevo, por así decirlo. Y esto es lo que ha sucedido con el *Pasnoeaacia*. Los manuscritos de Marx, que dicto a un secretario,°, me ocupan todo el día; por la noche vienen visitas a quienes, después de todo, no se puede simplemente poner de patitas en la calle. Además hay que leer pruebas, mucha correspondencia y, por último, traducciones (al italiano, danés, etc.) de mi *Origen*, etc.,‘ que se me pide revise y cuya revisión a veces resulta no ser ni fácil ni superflua. Bueno, todas estas interrupciones me han impedido avanzar más allá de la página 60 del *Pasnoeaacia*. Si tan solo pudiera disponer de tres días para mí, el trabajo estaría hecho y, lo que es más, habría refrescado mi ruso.

Sin embargo, lo poco que he leído es, creo, suficiente para ponerme más o menos *au fait* de la disputa“ en cuestión.

Para empezar, permítame repetir cuán orgulloso estoy de saber que existe entre la generación más joven en Rusia un partido que acepta franca y sin reservas las grandes teorías económicas e históricas elaboradas por Marx, y que ha roto definitivamente con todas las tradiciones anárquicas y, en cierta medida, eslavófilas de sus predecesores. Y el propio Marx, si hubiera vivido un poco más, no habría estado menos orgulloso que yo. Esto marca un paso adelante que será de la mayor importancia para el desarrollo revolucionario de Rusia.

A mis ojos, la teoría histórica de Marx es fundamentalmente esencial para las tácticas revolucionarias, si estas han de ser consecuentes y lógicas; para descubrir cuáles deben ser esas tácticas, todo lo que hay que hacer es aplicar la teoría a las condiciones económicas y políticas del país en cuestión.

Pero hacer esto exige familiaridad con esas condiciones, y yo, por mi parte, ignoro demasiado la situación actual en Rusia para suponerme competente para evaluar en detalle las tácticas que podrían requerirse en un momento dado. Además, la historia interna e íntima del partido revolucionario ruso, en particular la de los últimos años, es para mí un libro cerrado. Mis amigos entre los miembros de *Narodnaya Volya* nunca me han hablado de ello. Sin embargo, este es un elemento que, si se quiere formar una opinión, no se puede ignorar.

Lo que sé, o creo saber, de la situación en Rusia me lleva a pensar que ese país se acerca a su 1789. La revolución está destinada a estallar en algún momento; puede estallar cualquier día. En condiciones como éstas, el país es como una mina cargada, sólo falta aplicar la mecha. Especialmente después de lo ocurrido el 13 de marzo. Es uno de esos casos especiales en que es posible que un puñado de hombres haga una revolución, es decir, provoque de un solo golpe el derrumbe de todo un sistema cuyo equilibrio es más que lábil (por usar la metáfora de Plejánov*), y desate, mediante un acto único e intrínsecamente insignificante, fuerzas explosivas que luego se vuelven incontrolables. Pues bien, si alguna vez el blanquismo, la fantasía de subvertir toda una sociedad mediante la acción de un pequeño grupo de conspiradores, tuvo algún fundamento racional, sería sin duda en San Petersburgo.** Una vez aplicada la mecha a la pólvora, una vez desencadenadas las fuerzas y convertida la energía nacional de potencial en cinética (otra de las metáforas favoritas y, ciertamente, excelentes de Plejánov) —los hombres que hayan hecho estallar la mina serán barridos por una explosión mil veces más poderosa que ellos mismos, una explosión que buscará la salida que encuentre de acuerdo con las fuerzas económicas y resistencias predominantes.

Supongamos que esos hombres se imaginan que podrán tomar el poder, ¿y qué? Con tal de que hagan el agujero que provoque el derrumbe del dique, el torrente de agua resultante se encargará pronto de sus ilusiones. Pero ¿y si esas ilusiones lograran infundirles una fuerza de voluntad excepcional? ¿Sería eso motivo de queja? Hombres que se han jactado de haber hecho una revolución siempre han comprobado al día siguiente que no sabían lo que estaban haciendo; que, una vez realizada, la revolución no se parecía en nada a lo que ellos habían pretendido. Eso es lo que Hegel llama la ironía de la historia, una ironía de la que pocos *apateau* históricos pueden escapar. Basta con mirar a Bismarck, un revolucionario a pesar de sí mismo, y a Gladstone, que terminó por pelearse con su amado zar.

Lo que, a mi juicio, es importante en Rusia es que se dé el impulso, que estalle la revolución. Que sea este o aquel grupo quien dé la señal, que sea bajo esta o aquella bandera, me tiene sin cuidado. Aun si se tratara de un complot palaciego, sus instigadores serían barridos al día siguiente. En un lugar donde la situación es tan tensa, donde los elementos revolucionarios se han acumulado en tal grado, donde la situación económica de la inmensa masa del pueblo se hace cada día más imposible, donde están representados todos los grados del desarrollo social, desde la comuna primitiva hasta la gran industria moderna y las altas finanzas, y donde todas estas contradicciones son reprimidas por la fuerza por un despotismo inaudito —un despotismo cada vez más inaceptable para una generación más joven en la que se combinan la inteligencia y la dignidad de la nación—, en un lugar así, el 1789, una vez desencadenado, será seguido en breve por el 1793.

Le digo adiós, querida ciudadana. Son las dos y media de la madrugada. Mañana, antes de que parta el correo, apenas tendré tiempo de añadir nada. Si lo prefiere, escríbame en ruso, pero tenga presente que la letra rusa no es algo que yo lea todos los días.

Su devoto

F. Engels

* Véase este volumen, pág. 264.

° Oskar Eisengarten.

‘ *El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado*; véase también este volumen, págs. 264 y 272.

“ Tachado en el borrador: «entre su grupo y los miembros de *Narodnaya Volya*?».

\* El borrador decía «metáfora favorita».

\*\* Tachado en el borrador: «No digo “en Rusia” porque en las provincias, lejos del centro administrativo, no es necesaria [tal acción].»