Querido viejo:

Por la presente te comunico que hoy he extendido un giro postal de £5 a tu nombre y espero que la oficina de correos te haya avisado de su recepción para cuando llegue esta carta —saldrá en el próximo correo—. Hace tiempo que deseaba poder disponer de lo arriba indicado y me alegro de que haya llegado el momento.

Sin embargo, por desgracia no puedo escribirte una carta larga, pues en mi estado actual el permanecer mucho tiempo sentado en mi escritorio me sienta mal y, por consiguiente, me está prohibido. Por desgracia, he vuelto a resentirme un poco por hacerlo, ya que he tenido que despachar mucho trabajo; pero el reposo en posición horizontal, que he vuelto a observar con la mayor asiduidad estos últimos días, me repondrá pronto. Ahora estoy dictando el segundo tomo de *El Capital*,* y hasta ahora ha ido con bastante rapidez, pero es un trabajo endiablado que exigirá mucho tiempo y, en parte, un gran esfuerzo mental. Por suerte, mi cerebro está en bastante buena forma y a la altura de las exigencias del trabajo, como podrás comprobar, eso espero, en un librito sobre el origen de la familia, la propiedad privada y el Estado que se publicará pronto. El segundo libro de *El Capital* también saldrá, creo, antes de fin de año, y el tercero el año que viene.

En Pentecostés pasé una semana con Borkheim¹; sigue postrado, con medio lado paralizado, se levanta tres veces al día para comer y escribir un poco, está escribiendo su biografía,² y está de buen ánimo y sorprendentemente alegre para su estado, aunque a veces padece terriblemente de aburrimiento. Además, no puede leer nada que exija un gran esfuerzo —y tampoco es que jamás lo haya hecho. Le envío libros y cosas por el estilo cada cierto tiempo. Preguntó por ti con cariño y, de hecho, hablamos mucho de ti y de los viejos tiempos.

Entre los papeles de Marx he encontrado unos cuantos diarios de campaña militares y cosas por el estilo relativos a las columnas alemanas en Suiza, que sin duda forman parte de los papeles que mencionas.³ Puede que aparezcan algunos más. Todo está aquí a buen recaudo, pero aún en completo desorden. Por el momento tendré que guardar toda la correspondencia, etc., bajo llave en un gran baúl hasta que tenga tiempo de clasificarlo todo y ponerlo en orden. Pero ahora es absolutamente imprescindible que se prepare un texto, apto para la imprenta y escrito con letra legible, de los tomos finales de *El Capital*. Nadie vivo, aparte de mí, puede hacer ninguna de esas dos cosas. Si yo estirara la pata antes que nadie, ningún otro podría descifrar lo que el propio Marx a menudo no era capaz de leer, aunque su mujer y yo sí podíamos. Las cartas, en cambio, están escritas de tal modo que otros pueden leerlas.

Dentro de tres o cuatro meses tendremos elecciones en Alemania.⁴ Estoy sumamente optimista. Hay muchos pusilánimes entre los dirigentes, pero mi fe en las masas es inquebrantable.

Tu viejo amigo
F. Engels

* Probablemente a Oskar Eisengarten (véase este volumen, pág. 153).