Londres, 2 de marzo de 1883

Estimado Sr. Kautsky:

He recibido su segundo artículo sobre el matrimonio y, dado que contiene su respuesta a mi crítica del primero, proseguiré donde lo dejé; da la casualidad de que hoy dispongo de una hora libre, cosa que no ocurrirá mañana.

Para empezar, considero absolutamente inadmisible que, habiendo impugnado la comunidad de esposas como manifestación primaria, pretenda usted reintroducirla como secundaria. Dondequiera que exista propiedad común, ya sea de la tierra, de las mujeres o de cualquier otra cosa, ésta será necesariamente primitiva, una herencia del reino animal. El proceso de desarrollo subsiguiente consiste enteramente en la disolución gradual de esta propiedad común primigenia; en ningún caso encontramos un caso de propiedad común secundaria que evolucione a partir de la propiedad privada primitiva. Considero esta proposición tan irrefutable y universalmente válida que, incluso si usted presentara lo que parecieran ser excepciones —y por muy llamativas que éstas pudieran parecer a primera vista—, no las consideraría un argumento en contrario, sino sólo una cuestión aún por resolver.

Por otra parte, habiendo hecho de los celos el único factor decisivo en el primer artículo, no debería usted descartarlos por completo en el segundo. El artículo I presupone una forma laxa de monogamia, y ello en gran medida en virtud de los celos, pues, como ya he dicho, sus otras razones tienen muy poco peso para mí. Pero si los celos son capaces de vencer la comunidad natural de sexos —y usted, al fin y al cabo, concede indirectamente la existencia de esta última cuando dice: “Dentro de la tribu reinaba la licencia sexual completa”—, si los celos pueden relegar esa licencia natural a los confines de una monogamia temporal, cuánto más fácilmente podrán vencer obstáculos menores. La propiedad común de las cautivas por parte de la tribu es, sin embargo, un obstáculo de mucha menor magnitud. Una mujer sigue siendo mujer, sea libre o esclava; en el caso de las esclavas, ciertamente, los celos de un hombre pueden imponer la posesión exclusiva con mucha mayor facilidad que en el caso de las mujeres libres ¡que tienen derecho al adulterio! Pero tan pronto como se trata de matrimonio con cautivas, los celos de los maridos se evaporan de repente; la comunidad de sexos que tanto les horrorizaba en el estado primitivo se vuelve aceptable y agradable e, incluso después de que ya se haya introducido la monogamia o la poligamia, incluso en el caso de los pueblos semitas donde los harenes son la regla, los maridos no ponen objeción a que sus esposas se apareen con cualquier fulano o mengano, ya sea en el templo o en épocas especiales. No, querido amigo, no puede usted despachar la cosa tan fácilmente. Pues usted tiene el deber de atenerse al punto en cuestión, incluso cuando se vuelve incómodo para usted. Si la comunidad primaria de sexos fue inhibida por los celos, entonces la comunidad de sexos queda excluida de una vez por todas, hasta la misma sociedad capitalista inclusive. O su segundo artículo refuta al primero, o viceversa.

Dicho sea de paso, yo rebatiría su afirmación de que la libertad de las mujeres, en su primera etapa, contribuyó a la monogamia porque no podía tratarse de represión. El argumento de que la comunidad de sexos depende de la represión es en sí falso y una distorsión moderna surgida de la idea de que la propiedad común en la esfera sexual era sólo propiedad de las mujeres por los hombres y a gusto de estos últimos. Esto es totalmente ajeno al estado primitivo. La propiedad común en esta esfera estaba disponible para ambos sexos. Refutar el falso supuesto, sin embargo, no es lo mismo que refutar los hechos correctos en los que se basa la distorsión.

Además, al reducir toda comunidad de sexos y sus vestigios al matrimonio por rapto con mujeres extranjeras, atribuye usted a esa forma de matrimonio, en cuanto forma predominante, un alcance realmente vasto. Y sin embargo, no aduce usted la menor prueba de ello.

Lo que sigue se pierde en un cúmulo de hipótesis, entre ellas muchas que son indudablemente correctas con respecto a épocas y lugares específicos. Pero usted generaliza a la velocidad de un tren expreso, mientras que cuestiones de este tipo no se prestan a un despacho tan rápido. Y si bien el clan celta, la gens romana y el Geschlecht germánico son, es cierto, subdivisiones de la tribu, todos ellos presentan diferencias muy marcadas y también, seguramente, orígenes distintos. Como ocurre también con los diversos tipos de clan entre los pueblos no celtas.

Estoy convencido de que, si usted prosiguiera estos estudios o los reanudara tras un lapso de tiempo, llegaría a conclusiones muy diferentes y, tal vez, lamentaría sus esfuerzos prematuros en este difícil campo. Ha trabajado usted duro, pero ha saltado demasiado rápido a las conclusiones, depositando al mismo tiempo demasiado peso en las opiniones de autodenominados antropólogos, todos los cuales tienen lo que yo podría llamar una cierta oblicuidad que recuerda a su socialista de salón. Si bien usted puede refutar la deificación y mistificación que hace Bachofen de la comunidad de sexos, esto no significa que la comunidad de sexos no exista ni vaya a dejar de existir.

Bueno, están sonando el timbre para la cena —no se ofenda, y así sigo siendo

Su viejo amigo,
F. Engels