Londres, 18 de enero de 1883

Estimado señor Bernstein:

Días de festividad, seguidos de días de luto, constantes obstrucciones. Por el momento apenas dispongo de un momento que pueda llamar mío, como comprenderá cuando le diga que Marx ha vuelto de Ventnor y está recluido en casa con bronquitis —hasta ahora, por fortuna, solo un ataque leve— y con prohibición de hablar mucho, mientras que todo el negocio familiar recae sobre mí. (Pero ni una palabra de todo esto en el periódico; Marx se pondría furioso si viera los comentarios indiscretos y, además, no del todo veraces del bueno de Viereck en la _Süddeutsche Post_ de hoy.)

_Enfin_, aún me queda una hora más o menos para usted. En cuanto a Gumbel, que le devuelvo adjunto, se parece al Gumpelino de Heine en la medida en que también él se interesa por las acciones y los valores bursátiles. Por lo demás, es un ejemplo destacado del socialista alemán en el extranjero, que evidentemente ha estado en París. Como hemos proporcionado a estos muchachos una teoría de la que ellos son enteramente inocentes, y rara vez se molestan, además, en adquirir una comprensión rudimentaria —si es que alguna— de la misma, cada nincompoop provinciano entre ellos se considera superior a todos los demás extranjeros. Llegando de Heilbronn, o como se llame ese ridículo pueblecito, a Londres o París, se queda pasmado al descubrir que su particular marca de provincianismo no vale aquí. En lugar de ampliar sus horizontes y aprender algo, se vuelve deliberadamente más estrecho de miras que antes, pues esto sirve para hacer más patente aún el contraste entre él y los malvados, estúpidos extranjeros —es decir, su supuesta superioridad sobre ellos—. Y sin embargo, este es el tipo de persona que predomina en las asociaciones alemanas en el extranjero, y si ahora se ve presionado por ellas, pregúntese quién fue el que, tras la promulgación de la Ley contra los Socialistas, trató de dar un relieve inmerecido a estas asociaciones por medio de la centralización, etc. Si entonces hubiera conocido a esos tipos tan bien como los conoce ahora, difícilmente se habría tomado tantas molestias.

«El partido de las manos limpias»: ¿qué significa eso? ¿Las manos, acaso, de Hasselmann o de Fritzsche y de tantos otros, sobre los cuales todo el que llegaba aquí como exiliado o algo por el estilo tenía algo que contar?

Gumpelino está en su mejor momento cuando llega a sus acciones y valores. Cuando algún campeón provinciano de la virtud moral arremete así, farisaicamente, contra prácticas ya de por sí bastante desagradables, pero de las que el partido obtiene, no obstante, una ventaja real que supera con creces cualquier daño posible, en algún sitio tiene que haber trampa. Los obreros no poseen acciones ni valores, ni les importa un bledo la página financiera. De ahí que el pequeño burgués, que también quiere especular con acciones y valores, exija que el periódico de su partido incluya una página financiera benévola, honesta y moral. En primer lugar, no es asunto de un periódico socialista indicar de qué modo pueden ser mejor explotados los obreros —el ingreso proveniente de acciones y valores es, sin embargo, también producto de trabajo impago—. Si, en segundo lugar, Gumpelino exige a pesar de todo que la prensa socialista haga esto, ello dice poco de su socialismo y aún menos de su olfato como hombre de negocios. También yo poseo acciones y valores, y compro y vendo de vez en cuando. Pero no soy tan simple como para buscar en la prensa socialista consejo para estas operaciones. Quien lo hace se quema los dedos, ¡y bien merecido lo tiene! ¡Hazte bautizar, Abraham Gumpelino!

Nos encantó la manera en que Grillenberger y el _Sozialdemokrat_ respondieron a la hipocresía de Puttkamer. Así es como hay que hacerlo. No retorcerse y girar bajo los golpes del adversario, ni gimotear y lloriquear y balbucear excusas de que no hubo intención de hacer daño, como todavía hacen tantos. Devolver el golpe —eso es lo que hay que hacer—: por cada golpe asestado por el enemigo, devolverle dos o tres. Estas han sido siempre nuestras tácticas y hasta ahora siempre nos hemos impuesto, creo, con bastante ventaja a nuestros adversarios. «Por lo demás, el genio de nuestros soldados radica en el ataque, como es perfectamente justo», dice el viejo Fritz en sus órdenes a sus generales,¹⁹⁷ y eso es, en efecto, lo que hacen nuestros obreros en Alemania. Pero cuando, en el debate sobre las leyes de excepción en general —dando por bueno el resumen de Viereck—, Kayser, por ejemplo, se retracta gimoteando que solo somos revolucionarios en el sentido pickwickiano,⁶ ¿entonces qué? Lo que debería haber dicho es que ni todo el Reichstag ni el Consejo Federal estarían reunidos de no haber mediado una revolución; que el viejo Guillermo, cuando engulló tres coronas y una ciudad libre,¹⁹⁹ fue igualmente un revolucionario; que la legitimidad misma, y los fundamentos mismos de la llamada constitución, no son más que el producto de innumerables revoluciones efectuadas contra la voluntad del pueblo y dirigidas contra el pueblo. ¡Oh, esta maldita flojedad alemana de pensamiento y voluntad, introducida con tanto afán en el partido con los hombres «cultivados»... si pudiéramos librarnos de ella de nuevo!

Hora del correo. Tan pronto como sea posible responderé a los puntos de su carta que haya podido pasar por alto. Gracias por la fotografía. ¿Pruebas? ¿Cuándo?

Saludos, suyo,
F. E.