Mi querida y buena hija,

¡Qué amable eres al escribirme tan a menudo y con tanta extensión!; sin embargo, no quiero invadir el muy escaso tiempo “libre” de que dispones. Recibí tu carta después de haber enviado la mía, a mi regreso de una excursión por el mar. No he tenido más noticias de París.

Hoy estaba a punto de “ponerme en marcha a pie” de nuevo —a pesar del ruido del viento— cuando llegó mi médico; me dijo que me quedara en casa, pues fuera hacía mucho frío. Me examinó de nuevo. Todo como antes, en la medida en que el catarro es crónico (de ahí también la ronquera persistente), aunque desde un punto de vista “superior” mi estado ha mejorado, en la medida en que los puntos críticos no se han visto afectados en modo alguno. Esta tos semipermanente sería ya bastante molesta, pero con los vómitos diarios se vuelve repugnante. Esto con frecuencia me imposibilita trabajar, aunque el médico cree —¡todavía cree, y eso es algo!— que puede librarme de este tormento con ayuda de un pequeño remedio que acaba de prescribirme. Qui vivra, verra.

A propósito. En algún lugar de mi dormitorio o de mi escritorio debe de haber todavía copias de mi fotografía de Argel en un estuche de escritura o en alguna cajita u otra. Si pudieras encontrarlas, podrías enviarme dos fotografías. Una de ellas he prometido remitirla a la señora Williamson.

Ayer el señor Meissner me envió su cuenta de 1881; muestra una muy ligera baja, de modo que es seguro que habrá un aumento correspondiente en 1882, ya que también escribió diciendo que se le están agotando rápidamente los ejemplares de El Capital. Naturalmente, se está impacientando por las hojas revisadas. Hace un tiempo excesivo desde que supo de mí sobre el asunto. Ahora recibirá noticias concretas.

El discurso de Cowen quoad Egipto está en la misma línea que la música política del futuro de Hyndman, al estilo inglés. Estos burgueses gimientes (e incluso Cowen es burgués a este respecto), estos pobres burgueses británicos, que gimen a medida que asumen más y más “responsabilidades” al servicio de su misión histórica, mientras protestan vanamente contra ella —¿y acaso el propio Cowen puede evitar sonreír con suficiencia ante la pequeña y embelesadora perspectiva de todas esas posiciones ofensivas fortificadas entre el Atlántico y el océano Índico y, por añadidura, un “Imperio afro-británico” desde el Delta hasta el Cabo?— ¡Muy naice! De hecho, no podría haber un ejemplo más flagrante de hipocresía cristiana que la “conquista” de Egipto, ¡conquista en plena paz! Incluso Cowen, que es sin duda el mejor de los parlementaires ingleses, admira en secreto