Monte Carlo, 28 de mayo de 1882  
Hotel de Russie

Querida Tussychen,

No había nada de Bebel ni en la carta de Engels 3?! ni en la tuya que recibí ayer por la tarde. Seguramente se ha quedado en Londres por error. En todo caso, ME LAVO LAS MANOS, à L’Égalité.

Hoy 24 grados a la sombra, y las temperaturas estivales han imperado aquí sin interrupción desde la fecha de mi última postal para ti* (aunque el cielo no está tan completamente despejado como exigen los entendidos del lugar). En tales circunstancias, mi largo informe ha quedado en nada a pesar de todas mis «buenas intenciones»; aunque tampoco se pierde nada de gran valor con ello.

Por lo que respecta a la travesía marítima desde Argel, no hay nada que decir salvo que se realizó en condiciones meteorológicas desfavorables; en particular, durante la noche del 4 al 5 de mayo hubo una violenta tormenta que convirtió mi camarote (que, para colmo, tuve que compartir con un filisteo comerciante de Lyon) en un verdadero túnel de viento. Hacía frío y llovía a cántaros cuando llegamos a la altura de Marsella en la madrugada (5 de mayo). El vapor, de hecho, no entró del todo, así que hubo que desembarcar a los pasajeros y los equipajes en bote y, para mayor deleite de todos, pasar varias horas en una douane-purgatorio fría y llena de corrientes de aire hasta que llegó la hora de salir para Niza. Aquellos «momentos» glaciales détraquent plus ou moins de nouveau ma machine y, en Montecarlo, me precipitaron de nuevo entre les mains d’un Esculape; pues no necesito de tales médicos cuando se trata simplemente de tratar la «afección bronquial», ya que me basta con seguir las instrucciones del doctor Stephann. Dentro de unos días (quizá el próximo martes, 30 de mayo) espero recibir el alta médica del doctor Kunemann. Así que, pase lo que pase, no abandonaré esta cueva de ladrones antes de comienzos de junio. El que me quede más tiempo o no es cosa que ha de decidir el doctor Kunemann. La sensibilidad de las personas que padecen trastornos de las vías respiratorias (las cuales, por lo mismo, también están más expuestas a recaídas) es mayor en un clima que normalmente se considera favorable. En el Norte, por ejemplo, una corriente de aire repentina no evocaría al instante el espectro de la pleuresía, la bronquitis y cosas por el estilo, mientras que en Argel el filisteo francés tiene que andar siempre en guardia contra ellas. Una tal señora Fleury, aquí en el Hotel de Russie, fue enviada de París a Cannes por su bronquitis. Se restableció por completo durante marzo y abril, le encantaba subir a las colinas, etc. A modo de cura complementaria y distracción, salió luego de Cannes para Montecarlo, un viaje bastante corto de dos horas durante el cual cogió frío en la estación de Antibes… y ahora está peor que antes en París. Se oye decir que, de los visitantes de este lugar que no han venido simplemente a jugar y a divertirse, 9 de cada 10 son víctimas sin duda de «rechutes».

Goethe, cuando aplaude a un hombre por «mudar» su vieja piel de serpiente, no considera con toda probabilidad que la muda de «fausses peaux» producidas artificialmente forme parte del proceso de rejuvenecimiento.

Otro día, cuando no haga tanto «calor sofocante» como hoy, tengo que contarte realmente algo sobre este Principado de Gerolstein (no falta ni siquiera la música de Offenbach, ni Mademoiselle Schneider, ni, desde luego, los apuestos y elegantes carabiniers; en total no llegan a 100). La Naturaleza, aquí magnífica, y el arte la ha mejorado de hecho —me refiero a los jardines, sacados por ensalmo de la roca estéril, que cubren la empinada ladera de arriba abajo, a menudo descendiendo hasta el mar exquisitamente azul, como las terrazas de los jardines colgantes de Babilonia. Pero la base económica de Monaco-Gerolstein es el casino; si mañana cerrara, se habría acabado Monaco-Gerolstein —todo él. No me gusta visitar la sala de juego; me recuerda que en la table d’hôte, en los cafés, etc., casi el único tema del que se habla o se murmura son las tables de roulette et de trente et quarante. De vez en cuando se gana algo, como por ejemplo 100 francos una joven dama rusa (esposa de un diplomático-agente ruso), una de las huéspedes del Hotel de Russie, quien, en contrapartida, pierde 6.000 francos, mientras que algún otro no puede guardar lo suficiente para el viaje de vuelta; otros se juegan fortunas familiares enteras y cuantiosas; muy pocos se llevan una parte del botín —pocos de los jugadores, quiero decir, y los que lo hacen son casi sin excepción ricos. Aquí no cabe hablar de inteligencia ni de cálculo; nadie puede contar con probabilidad alguna de ser favorecido por la «suerte» a menos que pueda arriesgar una suma considerable. Pero comprendo la atracción que ejerce, en particular para le beau sexe; les mondaines no menos que las demi-mondaines, colegialas y bourgeoises por igual se apresuran, un hecho del que este lugar puede suministrar testigos oculares en abundancia. Aparte de Monaco-Gerolstein, que se hundiría junto con el casino, no creo que Niza —el rendez-vous en los meses de invierno de la gente de calidad y de los cazadores de fortunas por igual— pudiera seguir subsistiendo como centro de moda sin el casino de Montecarlo. Y con todo, ¡qué infantil resulta el casino en comparación con la Bourse!

(Esta pluma y esta tinta necesitan ser cambiadas; ¡me arrancan la exclamación de que se necesita verdadero arte para escribir con ellas!)

A la derecha del casino (donde se desarrolla el juego), casi pared con pared, está el Café de Paris y junto a éste un kiosco. Éste aparece adornado diariamente con un cartel, no impreso, sino manuscrito y firmado con las iniciales del plumífero de turno; por 600 francos proveerá, negro sobre blanco, el secreto de la ciencia de ganar un millón de francos con 1.000 en las tables de roulette et de trente-et-quarante. Y, según se dice, no es nada raro que la gente sea víctima de esta estafa. En efecto, la mayoría de los jugadores, tanto hombres como mujeres, creen que hay una ciencia en lo que no son sino puros juegos de azar; las damas y los caballeros se sientan ante el susodicho Café de Paris, delante de o en los asientos del maravilloso jardín que pertenece al casino, con la cabeza inclinada sobre pequeñas tablas (impresas), garabateando y haciendo cálculos, mientras uno de ellos expone gravemente a otro «qué sistema» prefiere, si conviene jugar «en series», etc., etc. Es como contemplar un montón de lunáticos. Con todo, Grimaldi de Mónaco y su Principado de Gerolstein y los arrendatarios de su casino prosperan y son, AL FIN Y AL CABO, más «interesantes» en el sentido offenbachiano que aquellos a quienes despluman.

Si cambio de dirección, te la enviaré por telégrafo. En todo caso, el viaje de regreso, inicialmente a París, se hará por etapas y «con cautela».

Cariños a todos,

Oxp Nick