FRIEDRICH ENGELS (LA CUESTIÓN POLACA)* Londres, 7 de febrero de 1882 ¡Querido señor Kautsky ! Por fin consigo contestar a su carta del 8 de noviembre. Una de las tareas reales de la Revolución de 1848 -- y las tareas reales y no ilusorias de una revolución se resuelven siempre como consecuencia de esta misma revolución- fue la de restablecer las nacionalidades eliminadas y dispersas de Europa central, siempre que fuesen viables y, especialmente, siempre que estuviesen maduras para la independencia. Esta tarea fue hecha por los albaceas de la revolución, Bonaparte, Cavour y Bismarck, para Italia, Hungría y Alemania, de acuerdo con las condiciones del momento. Quedaban Irlanda y Polonia. Podemos omitir a Irlanda porque sólo afecta en forma indirecta la situación del continente europeo. Pero Polonia está en el centro del continente, y su división es lo que une ª la Santa alianza. Estamos entonces muy interesa dos en Polonia-- - · ·- · En efecto, a un gran pueblo le resulta históricamente imposible discutir con seriedad la menor cuestión interna mientras le falte la independencia nacional. Antes de 1859 no era posible el socialismo en Italia; hasta los republicanos eran pocos, aunque continuasen siendo el elemento más acti· vo. Apenas después de 1861 los republicanos aumentaron su influencia y más tarde traspasaron sus mejores elementos a los socialistas. Lo mismo ocurrió en Alemania. Lassalle estaba a punto de abandonar su trabajo cuando tuvo la fortuna de que lo asesinaran. Sólo en 1866, cuando se decidió la gran unión prusiana de la pequeña Alemania, los partidos lassalliano y eisenachiano adquirieron una cierta significación, y sólo después de 1870, cuando las apetencias anexionistas de Bonaparte fueron definitivamente eliminadas, la situación dio un viraje. Si tuviésemos aún la antigua Dieta, ¿dónde estaría nuestro partido? Lo mismo sucedió en Hungría. Sólo después de 1860 fue atraída al movimiento moderno: el fraude arriba y el socialismo abajo.

Un movimiento internacional del proletariado sólo es posible entre naciones independientes. Lo poco que había de internacionalismo republicano en 1830-1848 se agrupó alrededor de Francia, que debía liberar a Europa, y por lo tanto reforz ó el chovinismo francés hasta tal punto que la vocación liberadora universal de Francia y por consiguiente su derecho originario de situarse a la cabeza, se entromete permanentemente en nuestro camino (como caricatura en el caso de los blanquistas, pero de una manera * · El t ítulo sólo es redaccional. Se trata de una carta de Engels a Karl Kautsky del 7 de febrero de 1 882, ¡ E . J [260]

aun más pronunciada en el caso de Malon y compañía). También en la Internacional los franceses daban el hecho por sentado. Sólo los acontecimientos históricos les han demostrado -como a muchos otros- y todavía deben enseñarles diariamente, que la colaboración internacional sólo es posible entre iguales y que un primus inter pares sólo puede existir para la acción inmediata. Mientras Polonia siga dividida y sojuzgada no podrá desarrollarse un fuerte partido socialista en el país, no podrá haber un verdadero intercambio internacional entre polacos que no estén en la emigración y los demás partidos proletarios de Alemania, etc. Cada campesino y cada obrero polaco que sale de su letargo para participar en los intereses generales se enfrentan de inmediato con el hecho de la sumisión nacional, que es el primer obstáculo que se levanta en su camino. Suprimir ese obstáculo es la condición fundamental de todo desarrollo libre y sano. Los socialistas polacos que no querrían poner la liberación de su país en el primer punto de su programa, me recuerdan a los socialistas alemanes que no querrían reivindicar como objetivo prioritario la supresión de las leyes de excepción contra los socialistas, la libertad de prensa, de asociación y de reunión. Para poder luchar, hay que tener un terreno donde poder pararse, aire, luz y un margen de maniobra. Todo lo demás es charlatanería. Saber si la independencia de Polonia es posible antes de la próxima revolución no tiene ninguna importancia. Pero en cualquier caso, nosotros no podemos desviar a los polacos de sus esfuerzos por conquistar las condiciones vitales de su evolución futura, ni persuadirlos de que la independencia nacional es una cuestión muy secundaria desde el punto de vista internacional. Todo lo contrario, la independencia es la base de cualquier acción internacional común. Además, la guerra entre Alemania y Rusia estaba a punto de estallar en 1873, y el restablecimiento de alguna clase de estado polaco, núcleo de la verdadera Polonia del mañana, era perfectamente posible. Y si los señores rusos no terminan pronto sus intrigas y sus provocaciones paneslavistas en Herzegovina, pueden verse metidos en una guerra que los desbordará, tanto a ellos que a Austria y a Bismarck. El partido paneslavista ruso y el zar son los únicos que tienen interés en que empeoren las cosas en Herzegovina. Nosotros podemos interesarnos tan poco en los ladrones bosnios como en los ministros y burócratas austríacos que hacen tanto ruido por allí. De manera, pues, que aun sin sublevación alguna, por el simple juego de los choques meramente europeos, el restablecimiento de una pequeña Polonia independiente no es totalmente imposible. Téngase en cuenta que tampoco la pequeña Alemania prusiana inventada por los burgueses se estableció por la vía revolucionaria y parlamentaria que ellos habían previsto, sino por la guerra.

Creo entonces que hay dos naciones en Europa que tienen no sólo el derecho, sino también el deber de ser nacionalistas antes de ser internacionalistas: los irlandeses y los polacos. Cuanto más nacionales sean, más internacionales serán. Los polacos así lo han entendido en todas las crisis y lo han demostrado en todos los campos de batalla revolucionarios. Si se les elimina la perspectiva de una Polonia independiente, o se les convence de que la nueva Polonia caerá pronto en sus manos, variará profundamente su interés por la revolución europea.

No tenemos ninguna razón para oponemos a la aspiración de los polacos a la independencia. Primo, ellos han inventado y aplicado en 1863 ,una forma de lucha que los rusos imitan actualmente con gran éxito (véase Berlin und Petersburg, anexo 2);* y segundo, ellos fueron en la Comuna de París los únicos combatientes experimentados y dignos de confianza. ¿Quienes son, por lo demás, los que se oponen a las aspiraciones nacionalistas polacas? En primer lugar, los burgueses europeos, para quienes los polacos han perdido el respeto que merecían desde la insurrección de 1846 por sus inclinaciones socialistas; después, los paneslavistas rusos y los que están influenciados por ellos, como Proudhon, que todo lo veía con los ojos de Herzen. Entre los rusos, incluso entre los mejores, sólo un reducido grupo está exento hasta ahora de tendencias y reminiscencias paneslavistas; la creencia en la vocación paneslavista de Rusia está tan firmemente arraigada entre ellos, como lo está en los franceses la de la iniciativa revolucionaria innata de Francia. Pero en realidad, el paneslavismo es una engañosa teoría de la dominación universal con apariencia de una nacionalidad eslava que en realidad no existe, y que por ello es entonces el peor de los enemigos nuestro y del pueblo ruso. El engaño acabará por ser descubierto, pero mientras tanto puede causar muchos perjuicios. En estos momentos se prepara una guerra paneslavista como última salida desesperada del zarismo y la reacción rusa. ¿Llegará a estallar? Nadie lo sabe, pero si estalla, una cosa es segura: el avance revolucionario que tan magníficamente se desarrolla en Alemania, en Austria y en la misma Rusia será totalmente desbaratado y desviado por otros caminos, que de momento resultan imprevisibles. En el mejor de los casos, perderemos de 3 a 10 años; y la hipótesis más verosímil es que sea eso la penitencia a pagar por una "nueva era" constitucional en Alemania y quizás en la misma Rusia, que aparezca una pequeña Polonia bajo la hegemonía alemana, que se produzca una guerra de desquite con Francia, una nueva excitación de los pueblos, unos contra otros, y finalmente una nueva Santa alianza. El paneslavismo es, por lo tanto, ahora más que nunca, nuestro mortal enemigo, aunque esté agonizando, o quizás precisamente por eso. Los Katkov, Aksakov, Ignatiev y compañía** saben perfectament.e que su imperio se perderá para siempre cuando el zarismo sea derrocado y el pueblo ruso entre en escena. De ahí su febril apostura en favor de la guerra, en el momento en que el tesoro es negativo y ningún banquero está dispuesto a conceder el menor crédito al gobierno ruso.

Por esto todos los paneslavistas odian a muerte a los polacos, porque son los únicos anti-paneslavistas, traidores por lo tanto a la causa sagrada del eslavismo, y tienen que ser incluidos por la fuerza en el Gran imperio de los zares cuya capital futura es Zarigrado, es decir, Constantinopla. Quizá se le ocurra preguntarme si siento alguna simpatía por los pequeños pueblos y restos de pueblos eslavos que han quedado separados por las cuñas * Título de un libro de reciente aparición en Berlín. ( E . l "' * Mijáil Katkov e Ivan Aksakov eran conocidos publicistas rusos de· fensores del paneslavismo ; Nikolai Pavlovich lgnatiev : general y diplomá· tico ruso que durante largo tiempo fue ministro en Constantinopla. [ E . ! hendidas entre los eslavos, es decir, por alemanes, magiares y turcos. En realidad, no me importan. El grito de angustia de los checoeslovacos: Bože ak juš nikto nenj na zemi Ktoby Slavom (sic) spraviedlivost mnil?

[Dios, ¿no hay nadie en la tierra que a los eslavos haga justicia?]

lo contestan desde Petersburgo, y todo el movimiento nacional checo va en una dirección por la que el zar les spraviedlivost r:initi [dará lo suyo]. Lo mismo ocurre con los demás: servios, búlgaros, eslovenos, rutenos de Galitzia (al menos en parte). Nosotros no podemos movilizarnos en favor de estos objetivos. Sólo cuando las aspiraciones nacionales de esos pueblos enanos sean liberadas, gracias al hundimiento del zarismo, de su amalgama con las tendencias paneslavistas de dominación universal, podremos dejar que se expresen libremente, y estoy seguro de que seis meses de independencia serán suficientes para que los eslavos de Austria-Hungría imploren de nuevo su reintegración. Pero en ningún caso se reconocerá a esos pequeños pueblos el derecho que ahora se arrogan en Servia, Bulgaria y Rumelia oriental, de impedir la prolongación de la red ferroviaria europea hasta Constantinopla.

_ En cuanto a las diferencias de los polacos de Suiza, se trata de peleas entre emigrados, que rara vez tienen importancia, y menos en un grupo de emigrados que dentro de tres años celebrará su centenario, y en el cual un plan ha seguido al otro por el impulso de todos los emigrados de hacer o de preparar algo nuevo. Por lo que dije se ve que no compartimos las ideas de los asociados de RównoSé, y así se lo dijimos en una declaración cuando la celebración del cincuentenario del 29 de noviembre de 1830, que se leyó en la reunión de Ginebra. Esta declaración se imprimió en polaco en las actas de la reunión (Sprawozdanie z miedzynarodowego zebrania zwolanego w 5o letnia rocznice listopadowgo powstania p-rzez redakcje Ráwnosci w Genewie, Biblijoteka RównoSci núm. 1, pp. 30 y ss. )

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Parece que el grupo RáwnoSése impresionó con las sonoras palabras de los rusos de Ginebra, y ahora quiere probar también que no se le puede reprochar un chovinismo nacionalista. Este extravío, sólo posible por causas locales y pasajeras, se disolverá sin causar mayor efecto en Polonia y no vale la pena refutarlo en detalle.

La manera como los polacos llegarán a un acuerdo con los lituanos, los rusos blancos y los pequeños rusos de la antigua Polonia, así como con los alemanes, sobre las cuestiones de fronteras, no nos concierne por ahora. Por otra parte, la maravillosa colaboración entre obreros checos y alemanes en Bohemia prueba hasta qué punto los obreros están poco contaminados, aun en los países pretendidamente "oprimidos", por las apetencias paneslavistas de los profesores y los burgueses.

Por ahora suficiente. Los mejores saludos para usted. F. E.

[Friedrich Engels' Briefwechsel mit Karl Kautsky, Viena, Danubia Verlag, 1955, pp. 50-53, traducido del alemán por Conrado Ceretti.]