Estimado señor Bernstein:

Hasta hoy no he podido disponer del tiempo necesario para contestar a su carta del 12. Marx ha regresado de la isla de Wight con su hija menor,* ambos bastante mejor, y Marx con fuerzas suficientes para haber caminado ayer conmigo durante 2 horas sin descanso. Como todavía no trabaja y los Lafargue suelen también dejarse caer antes de la cena (es decir, a las 5), momento en que se sirve una botella de buena Pilsener, mis horas de luz diurna se despilfarran por lo general y nunca me ha gustado escribir a la luz de la lámpara después de la advertencia (conjuntivitis crónica) que recibió mi ojo izquierdo hace 3 años.

Casualmente me encuentro ahora en casa de Marx, de modo que le ruego tenga la bondad de agradecer muy de veras a Höchberg, de parte de Marx, su amable ofrecimiento, del cual, sin embargo, difícilmente podrá hacer uso; lo único que sabe con certeza acerca de su viaje al sur es que no irá a la Riviera ni a parte alguna de Italia, aunque sólo fuera por la policía. La primera condición para los convalecientes es que no haya acoso

* Eleanor

policial, y en ese aspecto Italia puede ofrecer menos garantías que ningún otro lugar —salvo, naturalmente, el imperio de Bismarck.

Nos ha interesado sobremanera lo que nos cuenta usted de lo que ocurre entre los «dirigentes» en Alemania. Jamás he ocultado mi opinión de que las masas en Alemania han sido muy superiores a sus dirigentes, particularmente desde que la prensa y la agitación se combinaron para convertir al partido en la vaca lechera y el proveedor de mantequilla de estos últimos, sólo para ver a la susodicha vaca abruptamente sacrificada por Bismarck y la burguesía.76 Para los miles que de resultas de ello quedaron arruinados de inmediato, constituye una desgracia personal el no haberse visto colocados en una situación inmediatamente revolucionaria, es decir, en el exilio. De otro modo, no pocos de los que ahora lamentan su suerte se habrían pasado al campo de Most o, en todo caso, habrían encontrado el *Sozialdemokrat* demasiado moderado. La mayoría de los nuestros permaneció en Alemania, como forzosamente tenía que ser, dirigiéndose en gran parte a localidades bastante reaccionarias, donde quedaron como parias sociales que dependían para su sustento de los filisteos y se contagiaron, en buena medida, de filisteísmo. Para ellos, todo empezó a girar pronto en torno a la esperanza de que la Ley contra los socialistas fuese derogada. No es de extrañar que, bajo la presión del establishment filisteo, algunos llegaran a obsesionarse con la idea —absurda en realidad— de que esto podía lograrse mediante el ejercicio de la moderación. Alemania es un país verdaderamente infame para la gente sin mucha fuerza de voluntad. La estrechez y mezquindad de las condiciones reinantes, tanto civiles como políticas, el carácter provinciano incluso de las ciudades, el hostigamiento mezquino pero acumulativo en la guerra de guerrillas con la policía y la burocracia —todo esto enerva en lugar de estimular la resistencia, y de este modo muchos de los que están en el «gran vivero»** se vuelven ellos mismos pueriles. Las condiciones mezquinas engendran una perspectiva mezquina, de suerte que se requiere mucha inteligencia y vigor para que alguien que vive en Alemania pueda mirar más allá del futuro inmediato, mantener la vista fija en el contexto más amplio de los acontecimientos mundiales y no sucumbir a esa «objetividad» satisfecha de sí misma que no ve más allá de sus propias narices y es, por tanto, la subjetividad más estrecha de miras, aunque la compartan mil de esos otros co-sujetos.

Cierto es que la aparición de semejante tendencia, que encubre su falta de perspicacia y de resolución bajo el manto de la sabiduría «objetiva», es

** Paráfrasis de «Zur Beruhigung» de Heine.

bastante natural; sin embargo, ha de combatírsela sin miramientos. Y para ello las propias masas trabajadoras ofrecen el mejor punto de apoyo. Sólo ellas viven en Alemania en condiciones que se aproximan a las modernas, todas sus desgracias, grandes y pequeñas, son atribuibles a la presión ejercida por el capital y, mientras todas las demás luchas en Alemania, tanto sociales como políticas, son mezquinas y miserables y giran en torno a cuestiones miserables que en otros lugares han sido superadas hace tiempo, la lucha de los obreros es la única noble, la única que está a la altura de los tiempos, la única que no enerva a los participantes sino que es para ellos una fuente constante de energía fresca. Así pues, cuanto más pueda usted reclutar a sus corresponsales entre los obreros auténticos, no entre aquellos que se han convertido en «dirigentes», tanto mayores serán sus posibilidades de contrarrestar los lamentos de la dirección.

Esta vez era inevitable que toda clase de gente peculiar entrara en el Reichstag. Tanto más lamentable, pues, que no haya sido elegido Bebel. ??? Sólo él es lo bastante lúcido, políticamente previsor y enérgico para impedir que se cometan torpezas.

¿No podría usted, cuando haya terminado con ellos, dejarnos por una semana o dos los «informes estenográficos»* de los debates en los que nuestros diputados han desempeñado un papel serio? Respondo de su devolución. Las crónicas periodísticas, como hemos visto a menudo, sencillamente no son de fiar, y no se ha podido inducir a ninguno de los diputados, ni siquiera a Liebknecht, a que nos envíe discursos que no les honran.

31 de enero

Más interrupciones. Entre otros, ha estado aquí el pequeño Hepner, rumbo a buscar refugio en América, con la bolsa y el corazón igualmente vacíos de contenido. Un pobre diablo en todos los sentidos, autor de un folleto bienintencionado sobre el embargo, la legislación cambiaria, la cuestión judía y la reforma postal, aburrido hasta decir basta, todas las viejas cosas judías que pergeñó hace 10 años,77 completamente arruinado y deshecho; casi me sentí tentado de aconsejarle que se bautizara. Sin embargo, me proporcionó la oportunidad de informarme sobre el nuevo código judicial imperial.78 ¡Es realmente de una infamia inenarrable! Todas las artimañas sucias del derecho prusiano combinadas con todas las infamias del Code Napoléon,79 y sin nada del lado mejor de este último. El

* *Stenographische Berichte über die Verhandlungen des Reichstages. V. Legislaturperiode. I, Session 1881/82* [Bd. I], Berlín, 1882.

juez goza de libertad de decisión en todas las esferas, no estando vinculado por nada salvo — la Ley Disciplinaria que, en los casos políticos, le otorgará indudablemente, y de hecho le otorga, un poder de «discrecionalidad». Así —dentro del contexto general alemán— el juez se convierte inevitablemente en el funcionario ejecutivo y en la herramienta de la policía. Dicho sea de paso, he aquí un chiste (originado sin duda en Windthorst) acerca de Leonhardt, de quien se dice que dijo en su lecho de muerte: «Ahora me he vengado de Prusia; le he dado un sistema jurídico que forzosamente la pondrá de rodillas».

Los certificados hipotecarios que devengan interés de Bürkli, que se supone representan también dinero, se remontan a mucho antes que aquel polaco, viejo hegeliano completamente chiflado, Cieszkowski. Ya en la época de la fundación del Banco de Inglaterra se habían esbozado proyectos similares para el bien general de la humanidad. Puesto que en el primer tomo de *El Capital* no se menciona en absoluto el crédito (aparte de las condiciones que rigen la deuda simple), el dinero crediticio sólo admite ser considerado aquí, si acaso, en su forma más simple (signo de valor, etc.) y en relación con sus funciones monetarias más ínfimas, mientras que el dinero crediticio que devenga interés no admite consideración alguna. De ahí que Bürkli tenga razón al decirle a Schramm que ninguno de esos pasajes de *El Capital* se aplica a mi particular papel monetario; y Schramm tiene razón cuando le demuestra a Bürkli a partir de *El Capital* que él, Bürkli, no tiene la más remota idea de la naturaleza y la función del dinero.** Esto no quiere decir, empero, que la propuesta monetaria particular de Bürkli quede efectivamente reducida al absurdo; para eso haría falta, además de la prueba general de que este «dinero» es incapaz de cumplir las funciones monetarias más esenciales, la prueba particular de las funciones que tal papel podría realmente desempeñar. Además, cuando Bürkli dice: «¿Qué tengo yo que ver con Marx? Yo me atengo a Cieszkowski» — todo el argumento aducido por Schramm contra Bürkli se viene abajo.— ¡Qué suerte que el *Sozialdemokrat* no se haya mezclado en todo este asunto! Sin duda, todo este alboroto acabará por extinguirse por sí mismo.

Que las crisis son una de las palancas más poderosas de la conmoción política ya se señaló en el *Manifiesto Comunista* y fue expuesto en la *Neue Rheinische Zeitung. Revue* hasta 1848 inclusive, aunque no sin el añadido de que una repetición de la prosperidad paralizará a su vez las revoluciones y preparará el camino para la victoria de la reacción.* Cualquier argumentación detallada en apoyo de esto debería tomar en consideración las crisis intermedias, algunas de carácter más localizado y otras de carácter más especializado; actualmente estamos experimentando una de esas crisis intermedias que puede atribuirse enteramente a la estafa en la bolsa de valores; hasta 1847 se trataba de términos medios recurrentes, razón por la cual, en mi *Situación de la clase obrera*,** el ciclo aparece todavía como quinquenal.

En Francia, ha habido graves torpezas por ambas partes. Sin embargo, al final Malon y Brousse, en su impaciencia por llevar las cosas a un desenlace y maquinar la suspensión de la *Égalité* (lo cual está completamente fuera de la competencia de la Union Fédérative80), se han puesto tan claramente en falso que es probable que paguen por ello. Semejante torpeza sería incomprensible en intrigantes tan astutos como Malon y Brousse, a menos que sintieran que el tiempo jugaba en su contra. Pues se dice que el *Prolétaire* está en las últimas y, si expira, se quedarán sin periódico alguno mientras que los otros tendrán dos. De ahí que la cuestión hubiera de decidirse mientras aún tenían un periódico en el que publicar las resoluciones. Las procacidades y las puras invenciones que ahora están difundiendo contra Guesde, Lafargue, etc., y en particular el mejunje de Joffrin4 —no pergeñado por él, sin embargo, sino por Brousse y Malon— son enteramente del estilo de la vieja Alianza bakuninista,81 y han despertado viejos recuerdos en nosotros. El *Sozialdemokrat* hace absolutamente bien en no implicarse hasta que las cosas se hayan aclarado un poco, lo cual ocurrirá, creo, dentro de no mucho tiempo.

Tenía también la intención de escribir a Kautsky sobre los polacos,82 pero tendré que dejarlo por hoy. Recuerdos muy cordiales.

Suyo,
F. E.

* Véase este volumen, págs. 177-178.
** Ibíd.