Argenteuil, 3 de agosto de 1881  
11 Boulevard Thiers

Querido Fred,

El tener que recurrir tan copiosamente a tu caja me es sumamente embarazoso, pero la anarquía que ha hecho estragos en la administración doméstica a lo largo de los últimos 2 años y ha provocado toda clase de atrasos me viene oprimiendo desde hace ya buen tiempo. El 15 de este mes tengo que pagar 30 libras en Londres, y esto ha sido un peso en mi ánimo desde el día en que partimos.

No está nada claro cuándo regresaremos. Todos los días experimentamos aquí los mismos altibajos que en Eastbourne, sólo con la diferencia —como, por ejemplo, ayer— de que hay ataques de dolor repentinos y espantosos. Nuestro doctor Dourlen, que es un médico excelente y que por fortuna vive aquí muy cerca, intervino de inmediato y empleó uno de los poderosos opiáceos que Donkin había guardado adrede en la manga. Después de ello, ella* pasó una buena noche y hoy se siente tan bien que por una vez se ha levantado ya a las 11 y encuentra distracción en compañía de Jenny y los niños. (La diarrea se detuvo al segundo día de nuestra llegada. Desde el principio, Dourlen había dicho que si era un simple accidente, no tenía importancia; pero también podía ser síntoma de una verdadera infección intestinal. Por fortuna, no fue el caso.)

Las «mejorías» temporales no inhiben, desde luego, la marcha natural de la enfermedad, pero confunden a mi mujer y fortalecen a Jenny —pese a mis reconvenciones— en la creencia de que nuestra estancia en Argenteuil debe prolongarse cuanto sea posible. Yo sé mejor cómo están las cosas, y mi inquietud es tanto mayor por ello. Anoche, de hecho, fue la primera vez en que pude conciliar algo así como un sueño decente. Mis pensamientos, tan torpes y yermos, me dan vueltas en la cabeza como una rueda de molino.* Y ésta es la razón de que hasta ahora haya permanecido exclusivamente en Argenteuil, sin visitar París ni escribir una sola línea a nadie de allí para animarles a que vinieran a verme. Longuet ya ha oído a Hirsch,¹ en la redacción de *La Justice*, expresar su legítima sorpresa por esta «abstención».

Y, PARA COLMO, un drama a lo Kotzebue se ha representado aquí durante los últimos cinco días.

Jenny tenía de cocinera a una MUCHACHA DE CAMPO MUY VIVA a la que estaba plenamente satisfecha, pues se portaba de lo más amable con los niños. Su único certificado de su última señora, la esposa del doctor Reynaud (otro médico de Argenteuil), era «negativo», en el sentido de que había dejado el servicio voluntariamente. La vieja madre Longuet, que en lo que puede ejerce una dictadura sobre Jenny, no quedó nada satisfecha con ello, ni se le ocurrió cosa mejor que escribir, por su cuenta, a la señora Reynaud.

La señora Reynaud es una bonita coqueta y su marido un burro disoluto; de ahí que en casa de esta pareja sucedan cosas que son muy comentadas en Argenteuil. Ellos no sabían que su antigua criada había vuelto a servir en la misma localidad, y nada menos que en casa del señor Longuet, amigo íntimo del doctor Dourlen, cuya esposa era enemiga íntima de la señora Reynaud. ¡Había que ocuparse de ello!

Así que una buena mañana se presenta la señora Reynaud —que hasta entonces no conocía personalmente a Jennychen—, le cuenta que la muchacha había tenido asuntos impropios con hombres (¿et Madame?) y, lo que es peor, es una ladrona que, *dans l’espèce*,² le ha robado un anillo de oro; asegura a Jenny que piensa arreglar el asunto *en famille*,³ sin apelar a las «autorités», etc. Bien, pues Jennychen hace llamar a la muchacha, la señora Reynaud conversa con ella y al mismo tiempo la amenaza; la muchacha confiesa, devuelve el anillo… ante lo cual el doctor Reynaud denuncia a la infeliz criatura al *juge de paix*.⁴ Resultado: ayer fue llevada ante el *juge d’instruction*⁵ de Versalles. Como sabes, el Código,⁶ reliquia del derecho romano según el cual *familia = servi*,⁶ remite a los *Assises* delitos menores que normalmente corresponderían a un tribunal de policía.

Entre tanto, Jenny había hecho todas las representaciones imaginables al *juge de paix*, un hombre excelente, pero el asunto había dejado de estar en sus manos en el momento en que fue notificado oficialmente del mismo. No obstante, las declaraciones de Jenny, que él puso por escrito, y el procedimiento extrajudicial de la Reynaud, que también hizo constar, serán de algún provecho para la muchacha.

La defensa que Jenny hizo de la muchacha sorprendió al *juge de paix*, pero él se lo tomó todo muy a la ligera. *Mais vous ne voulez pas défendre le vol?* le preguntó. — *Mais non, Monsieur, commencez par arrêter tous les grands voleurs d’Argenteuil, et de Paris par dessus le marché!*

El resultado inmediato es que no tiene cocinera. La estúpida muchacha de Londres —hermana de nuestra antigua Carry— no sirve para nada en ese terreno y, en cualquier caso, tiene más que suficiente con los 4 niños.

A propósito. Nordau —que está sustituyendo a Hirsch en la *Vossische Zeitung*— ¡ha sido condecorado con una orden francesa! ¡Acto seguido, Hirsch lo denunció en *La Justice*! Ésta atacó al gobierno por condecorar a semejante difamador de Francia (es un judío germano-húngaro que atacó a Tissot por cuenta de Bismarck en su obra *Le vrai pays des milliards*), y asimismo a Bleichröder, que pretendía gravar a la bella Francia con indemnizaciones de 10 mil millones en vez de 5.

Ese burro de Nordau, actualmente en París, contestó a *La Justice* con una carta en la que se hacía pasar por campeón de Francia. Acto seguido, fue desenmascarado en *La Justice* y, al día siguiente, en *La République française*.

Salud.

Tu Moro

* La señora Marx.  
* Paráfrasis del *Fausto* de Goethe (*Der Tragödie Erster Teil*, «Studierzimmer»).  
¹ Carl Hirsch.  
² Aquí: en el presente caso.  
³ Aquí: en privado.  
⁴ Magistrado del tribunal de policía.  
⁵ Juez de instrucción.  
⁶ Esclavos.