Londres, 1 de abril de 1880

Querido viejo:

Por la presente te comunico que he hecho en el correo un giro postal a tu nombre por cuatro libras esterlinas —que deberían ascender a 100 francos 80 céntimos— y espero que te llegue sin novedad. Confío en que tu salud y la de tu mujer hayan mejorado ahora que el crudo invierno ha quedado felizmente atrás. Aquí la cosa va tirando. La señora de Marx no acaba de reponerse del todo y Marx podría estar también mejor. Pasado el invierno, es siempre cuando peor se encuentra; los ataques de tos le impiden dormir.

Por lo demás, las cosas han vuelto a estar como en 1850. La Sociedad Obrera se ha escindido en una multitud de partidos —Most aquí, Rackow allá— y bastante hacemos con no dejarnos arrastrar a ese torbellino. Tanta tormenta en un vaso de agua, que tal vez surta un efecto del todo saludable en algunos de los participantes al contribuir a su desarrollo, pero, en lo tocante a la marcha de los acontecimientos, que 100 obreros alemanes se declaren aquí partidarios de un bando o de otro resulta más bien indiferente. Si pudieran ejercer alguna influencia sobre los ingleses…, pero no hay ni que pensar en ello. En su sed de acción, Most no puede estarse quieto pero, por lo mismo, tampoco consigue hacer nada; en Alemania se niegan a ver que, por haber sido Most echado del país por disposición legal, el momento de la revolución está al caer. La _Freiheit_ ha de convertirse, a toda costa, en el periódico más revolucionario del mundo, pero eso no se logra con repetir la palabra «revolución» en cada línea. Por fortuna, importa bien poco lo que el periódico diga o deje de decir. Lo mismo cabe decir del órgano de Zúrich,* que un día aboga por la revolución y al siguiente declara que una conmoción violenta es la mayor de las desgracias, que por un lado teme verse superado por la retórica de Most y por el otro teme que los obreros se tomen a pecho su propia retórica. En fin, elige entre las vacuas peroratas de la _Freiheit_ y la estrecha filisteísmo del _Sozialdemokrat_.

Me temo que nuestros amigos en Alemania se hacen ilusiones en cuanto al tipo de organización que debe mantenerse en las actuales circunstancias. Que los diputados electos deseen ponerse a la cabeza, porque de lo contrario no habría dirección alguna, nada tengo que objetar a eso. Pero no pueden exigir ni imponer la obediencia implícita que podía exigir la anterior dirección del partido, específicamente elegida para ese fin. Y menos que nada en las circunstancias actuales, sin prensa, sin grandes asambleas. Cuanto más laxa parezca ser ahora la organización, tanto más sólidamente cohesionada está en realidad. En lugar de esto, se pretende conservar el viejo sistema, la dirección del partido ha de tener la última palabra (aunque no haya congreso que la discipline o, en caso necesario, la destituya), y quien ataque a uno de sus miembros será tildado de hereje. Al propio tiempo, los mejores de ellos son conscientes de tener en su seno toda clase de personas incapaces y, por otras razones, no muy apetecibles, y han de ser bien obtusos para no ver que no son ellos quienes controlan su órgano, sino Höchberg, gracias a sus talegas, y con él sus compinches filisteos Schramm y Bernstein. A mi juicio, el viejo partido, con su antigua organización, está acabado. Cuando, como cabe esperar, el movimiento europeo se ponga de nuevo en marcha en breve, se le sumará la masa inmensa del proletariado alemán, de la cual los 500 000 hombres de 1878 constituirán el núcleo formado y educado, y entonces también la vieja «organización rigurosa» derivada de la tradición lassalleana se convertirá en un freno que, aunque podría detener un carromato, nadie podría pretender aplicar a una avalancha.

Al mismo tiempo, estos hombres están haciendo varias cosas que pueden disgregar por completo el partido. Primero, el partido ha de seguir manteniendo a sus anteriores agitadores y redactores cargándose con un montón de periódicos que no contienen nada que no pueda hallarse en cualquier periodicucho local de la clase media. ¡Y se espera que los obreros aguanten esto indefinidamente! Segundo, su comportamiento en el Reichstag y en la Dieta sajona es, en su mayor parte, tan manso que los desacredita a ellos y al partido ante los ojos del mundo entero; hacen sugerencias «positivas» al gobierno existente sobre cómo podría hacerlo mejor en menudas cuestiones de detalle, etc. ¡Y se espera que los obreros, que han sido declarados fuera de la ley y entregados, atados de pies y manos, a las tiernas mercedes de la policía, consideren esto una representación adecuada! Tercero, está su tolerancia con la pequeñoburguesía filistea del _Sozialdemokrat_. En cada carta se nos dice que no debemos en modo alguno dar crédito a informes sobre escisiones o diferencias de opinión dentro del partido, pero todo el que viene aquí de Alemania nos asegura que los nuestros están completamente desconcertados por esta conducta de sus dirigentes y que en modo alguno están de acuerdo con ella. Ni podía ser de otro modo, dado el carácter de nuestros obreros, que tan espléndidamente ha resistido la prueba. Es una peculiaridad del movimiento alemán que todos los errores cometidos por la dirección sean invariablemente corregidos por las masas, y sin duda también esta vez será así.

Bueno, mantén el ánimo y escríbenos de vez en cuando. Borkheim sigue más o menos en el mismo estado de desvalimiento de antes.

Tuyo,

F. E.