Mi estimado señor:

La señora Marx, como la mayoría de los enfermos cuya dolencia ha adquirido un carácter crónico, a veces se ve de pronto imposibilitada para abandonar su dormitorio y luego, de nuevo, en condiciones de trato social. Creyendo que podría, dentro de unos días, hacer una visita a la señora Hyndman, no le escribió de inmediato; pero como esta semana nos vemos inundados de visitantes del continente, me ruega que le escriba a usted diciéndole que se dará el placer de visitar a la señora Hyndman la semana próxima.

Celebro la perspectiva de la revista de la que usted habla. Si dice usted que no comparte las opiniones de mi partido para Inglaterra, sólo puedo responder que ese partido considera que una revolución inglesa no es necesaria, pero —según los precedentes históricos— posible. Si la evolución inevitable se convierte en revolución, no sería sólo culpa de las clases dominantes, sino también de la clase obrera. Toda concesión pacífica de aquéllas les ha sido arrancada por la «presión desde fuera». Su acción ha ido al mismo paso que esa presión, y si esta última se ha debilitado cada vez más, es sólo porque la clase obrera inglesa no sabe empuñar su poder y hacer uso de sus libertades, poseyéndolos de derecho ambas cosas.

En Alemania, la clase obrera fue plenamente consciente, desde el comienzo de su movimiento, de que no es posible deshacerse de un despotismo militar sino mediante una Revolución. Comprendieron a la vez que una Revolución semejante, aun teniendo al principio éxito, acabaría volviéndose contra ellos sin una organización previa, adquisición de conocimientos, propaganda y [palabra ilegible]. De ahí que se movieran dentro de límites estrictamente legales. Toda la ilegalidad estuvo de parte del gobierno, que los declaró *en dehors la loi*.* Sus crímenes no fueron hechos, sino opiniones desagradables para sus gobernantes. Afortunadamente, ese mismo gobierno —tras haber sido la clase obrera empujada a un segundo plano con ayuda de la burguesía— se vuelve ahora cada vez más insoportable para esta última, a la que hiere en su punto más delicado: el bolsillo. Esta situación no puede durar mucho.

Le ruego presente mis saludos a la señora Hyndman.

Suyo muy sinceramente,
Karl Marx

* fuera de la ley