Londres, 14 de diciembre de 1879
122 Regent’s Park Road, N. W.

Mi querido amigo:

Lamento de veras saber que ha estado usted enfermo y que aún no se ha restablecido del todo. Confío en que sus piernas vuelvan pronto a estar bien y le permitan moverse; sé cuánto echará de menos su ejercicio habitual.

Aquí todos estamos bastante bien, por ahora; nuestros pacientes y semipacientes parecen ir reponiéndose poco a poco.

El hombre de la P.M.G. acierta, en efecto, hasta cierto punto, al barruntar que hay escollos en el horizonte, pero, como buen filisteo, parece incapaz de distinguir las apariencias de la realidad. No cabe duda de que la catástrofe en Rusia es inminente y puede estallar en cualquier momento. Y no cabe duda de que el derrumbe del despotismo ruso ha de repercutir con inmensa fuerza sobre Alemania y Austria. Pero si es probable un estallido inmediato allí, o si siquiera tiene posibilidades de éxito, es más de lo que pretendo saber. El hombre acierta también plenamente al afirmar que el sistema de adiestrar a toda la población masculina, hoy norma general en todo el continente, acabará por revolucionar desde dentro a esos ejércitos monstruosos. Pero éste es un proceso que requiere algún tiempo y, en lo que a Alemania concierne, no ha empezado a manifestarse sino últimamente. Esta penetración constante de nuevos elementos revolucionarios en el ejército, advertida con cada nueva hornada anual de reclutas, ha sido el motivo principal para introducir la ley [anti]socialista. Y cuán poco ha logrado esa ley socialista, con todo su terrorismo, se ha vuelto a demostrar el jueves pasado. En las últimas elecciones de 1878, en Magdeburgo, nuestro candidato sólo obtuvo 1/8 de los votos emitidos; ahora ha habido allí nuevas elecciones, y muy cerca ha estado de alcanzar la mitad exacta de los sufragios, y tiene posibilidades de pasar en la segunda votación. Lo gracioso del caso es que ese candidato nuestro es hijo natural del viejo Wilhelm, el emperador, y de una actriz, la señorita Viereck, en otro tiempo querida del viejo.

En todo caso, el estallido en Rusia ha de acelerar el movimiento en Europa central y occidental. Los gobiernos de Viena y Berlín se descorazonarán cuando ya no cuenten con ese puntal infalible de toda reacción: el gobierno ruso absoluto. Y el efecto moral de un movimiento revolucionario victorioso en Rusia sobre las masas de Europa central será inmenso.

Lo peor para nosotros sería que Rusia, para evitar la revolución, se lanzase a una guerra exterior. Pero mientras no tengan la alianza francesa, difícilmente se aventurarán a ello.

De cualquier forma, para la próxima primavera esta crisis rusa, que consideramos aquí la más importante desde 1848, tendrá que llegar a un punto crítico, de uno u otro modo, y espero que recobre usted todas sus fuerzas para disfrutar de los tiempos tormentosos que, según parece, aún nos están reservados.

Muy fielmente suyo,
F. Engels