41 Maitland Park Road, N. W.

Mi estimado señor:

Al comunicarle algunas *aclaraciones*^* sobre los últimos movimientos del Sr. Gladstone, lo hago bajo la expresa condición:

1) que hasta enero próximo se mantengan en secreto (esto no se refiere, por supuesto, al Sr. Urquhart);

2) que si se utilizan en el número de enero de la *Diplomatic Review*, se haga en forma de correspondencia, fechada en Roma, Nápoles o Viena. El respeto a la seguridad de terceras personas hace necesarias estas precauciones.

Desde hace algún tiempo, una dama rusa, Madame Nowikoff, ha establecido sus cuarteles de otoño e invierno en Londres; durante el resto del año viaja por el continente o reside en Moscú. Es la esposa —divorciada de hecho, si no de derecho— del Sr. Nowikoff, dragomán ruso en Constantinopla,^> quien es a su vez hermano del embajador ruso en Viena^© (este último ha sido, según creo, trasladado recientemente de Viena a Constantinopla).

Excluida en Rusia de «la bonne compagnie» a causa de sus embarazos matrimoniales, Madame Nowikoff desempeña sin embargo cierto papel en Moscú, donde su salón es frecuentado por *frondeurs*, al tiempo que otros compatriotas sospechan que es una agente subalterna de la Tercera Sección. (La Tercera Sección significa la policía secreta del Estado, una Cámara Estrellada a escala colosal, la principal palanca de la máquina gubernamental rusa.) Entrometida, se introduce por todas partes: en congresos científicos en Bruselas, reuniones de viejos católicos en Alemania, etc. En otro tiempo muy hermosa, ha alcanzado ahora una cierta edad, entre los 45 y los 50 años, y finge tener solo encantos intelectuales. Muy amable y hábil, posee en efecto las cualidades que, como dicen los franceses, «distinguent la tripoteuse russe».^¢ Aun así, sería un error clasificarla en el orden superior de esa especie; su mente es de un carácter muy superficial.

En Londres se reúnen en su salón ingleses (profesores de ciencia, literatos, políticos), franceses, eslavos y rusos. Una de sus principales atracciones es el *cavalier servant* de la dama, «son ami intime», como ella lo llama: el conde Beust, el embajador austríaco.

Algunos periódicos londinenses, habiendo confrontado las «atrocidades búlgaras»^a presentadas por el Sr. Schuyler con las «atrocidades del Turquestán»^b relatadas por el mismo Sr. Schuyler, Madame Nowikoff (en connivencia con el general Gorloff, agregado militar de la embajada rusa en Londres) dirigió una carta al Sr. Gladstone, hasta entonces un perfecto desconocido para ella: una carta adornada con un entusiasta elogio de sus caballerescas hazañas en favor de los eslavos oprimidos, pero en realidad destinada a darle lecciones sobre los sucesos del Turquestán y a protestar indignadamente contra las pretendidas calumnias infames de algunos periódicos londinenses. En respuesta a esta misiva, recibió una contestación amistosa, escrita y firmada por Madame Gladstone.

Desde entonces, el Sr. Gladstone ha hecho varias visitas a Madame Nowikoff, quien aprovechó tan bien sus oportunidades que se decidió de inmediato una campaña literaria contra los desvergonzados detractores del humanitarismo ruso.

Dos cartas, una de Madame Nowikoff, pero anónima, y la otra escrita por Gorloff y firmada con su nombre (carta que Madame Nowikoff comunicó al Sr. Gladstone), debían publicarse en el *Daily News* como precursores de un artículo del propio Sr. Gladstone (en la *Contemporary Review*), para que él pudiera remitirse a la carta de Gorloff como «document justificatif». La esencia de la carta de Gorloff era la negación de la atroz orden del general Kaufmann al general Golowatscheff, tal como la había publicado el Sr. Schuyler. La negación pública de la autenticidad de esa orden con la firma de Gorloff habría adquirido cierto valor por la circunstancia de que Gorloff ocupa una doble posición: es agregado de la embajada, pero depende al mismo tiempo del ministerio de la guerra ruso, y por tanto podría haber sido considerado su portavoz autorizado.

Sin embargo, en una entrevista del Sr. Gladstone con Madame Nowikoff, ella recibió, y le comunicó, una carta de Gorloff en el sentido de que Schuwaloff, el embajador, le había prohibido (a Gorloff) firmar su carta con su nombre, ya que ello podría comprometer a la embajada. (A Schuwaloff, por supuesto, le habría importado un comino ver una mentira firmada públicamente por Gorloff; pero como el ministro de la guerra ruso, Miljutin, es enemigo tanto de Schuwaloff como de Kaufmann, y un hombre con el que no se juega, Schuwaloff se puso en guardia.)

Acto seguido, a petición del Sr. Gladstone, la carta de Gorloff fue enmendada y abreviada, es decir, se suprimieron sus invectivas contra los detractores ingleses, por considerar el Sr. Gladstone más decoroso reservarse esa parte del asunto para sí mismo; además, se acordó que la carta de Gorloff se firmara «Un Ruso» y la de Madame Nowikoff «Otro Ruso». En cuanto al artículo del Sr. Gladstone para el número de noviembre de la *Contemporary Review*, no solo lo había leído en manuscrito a Madame Nowikoff; en realidad no era más que un resumen de las lecciones impartidas por la Egeria moscovita al Numa inglés.

En este artículo (véase *Contemporary*, págs. 883, 884), el Sr. Gladstone habla de la carta de Gorloff en los siguientes términos:

«La defensa, hasta donde la encuentro, la suministra una carta publicada recientemente en el *Daily News*, con la firma de “Un Ruso”, la cual, según me informa un amigo, tiene la sanción del general Gorloff, agregado militar en Londres.»

El pasaje está redactado de tal manera que el público crea que «Un Ruso», el remitente al *Daily News*, y el general Gorloff son dos personas diferentes, una de las cuales escribió y publicó la carta, y la otra la sancionó después de su publicación; que el Sr. Gladstone conoció primero la carta de «Un Ruso» a través de las columnas del *Daily News*; y que solo después de haberla leído en ese periódico, «se enteró por un amigo» de que «Gorloff la ha sancionado». El rasgo más admirable es, sin duda, la discreta introducción del nombre de Gorloff y el ocultamiento de Madame Nowikoff bajo la cobertura de «un amigo».

Cuando Madame Nowikoff, apoyada en el testimonio escrito de Gorloff, logró inculcar al Sr. Gladstone la convicción de que la orden «auténtica» del general Kaufmann a Golowatscheff era un mito,^c dio rienda suelta, entre sus amigos rusos, a observaciones nada halagadoras sobre la ignorancia y credulidad inglesas. Nombrado (algún tiempo después de la última insurrección polaca, y como sucesor del verdugo Muravieff) gobernador de Wilna,^d Kaufmann consiguió exagerar incluso su papel, de modo que el general Berg, comandante de Varsovia, dirigió una carta al zar^e mostrando la inconveniencia de mantener a ese hombre en su cargo, del que en efecto fue finalmente destituido. Tan grandes fueron el desaliento y el disgusto que su trato feroz e infame a los polacos suscitó en Wilna, que sus habitantes dieron la bienvenida como a un salvador al general Potapoff, su sucesor, uno de los villanos más notorios al servicio de Rusia. (Este mismo Potapoff fue puesto al frente de la Tercera Sección cuando Schuwaloff cambió ese honorable puesto de jefe de espías en el interior por el de embajador en el extranjero.)

Muravieff era un patriota moscovita que, en la ejecución despiadada de las órdenes del zar, estaba convencido de aplicar el único método seguro de salvar al imperio del desmembramiento. Kaufmann, por el contrario, es un intrigante, ansioso por superar en atrocidad incluso a la generalidad de los generales rusos, con el fin de hacer olvidar a los moscovitas su origen extranjero, congraciarse con el zar y desplazar al señor Miljutin del ministerio de la guerra, que codicia.

Antes de la publicación de las cartas en el *Daily News* y del artículo del Sr. Gladstone en la *Contemporary Review*, se me había mantenido al corriente de los incidentes relatados en esta carta. Tenía sobradas razones para estar convencido de la autenticidad de mi información; pero si hubiera albergado la menor duda, habría tenido que desvanecerse después de ver impreso lo que ya sabía de antemano.

Entre tanto, la compañía de Madame Nowikoff se ha enriquecido con un nuevo y prometedor miembro, el Sr. Mackenzie Wallace, un joven que, durante sus cinco años de residencia en Rusia, ha aprendido el idioma de ese país y se ha familiarizado más o menos con su estado social. Ahora, como buen británico del siglo XIX, está buscando «realizar» sus conocimientos en el mejor mercado.

Suyo sinceramente,
Karl Marx

* aclaraciones.
^> Iván Nóvikov.
^© Yevgueni Nóvikov.
^¢ son características de las intrigantes rusas.
^a «The Russians in Turkestan», *The Daily News*, núm. 9521, 27 de octubre de 1876.
^b «The Russians in Turkestan», *The Daily News*, núm. 9523, 30 de octubre de 1876.
^c W. E. Gladstone, «Russian Policy and Deeds in Turkistan», *The Contemporary Review*, vol. XXVIII, Londres, junio-noviembre de 1876.
^d actualmente Vilnius.
^e Alejandro II.