Londres, 6 de noviembre de 1876
Querido Bracke,

He estado comparando la traducción de Grunzig —primer pliego— muy escrupulosamente con el original* y estoy a punto de informarle de que no puedo aceptar sus servicios.

En efecto, corregirla (alguna que otra corrección será, sin duda, necesaria con cualquier traductor) me llevaría más tiempo que si yo mismo la tradujera de principio a fin. Pero no tengo tiempo para eso. No puedo volver a pasar por la penosa experiencia que soporté con la traducción francesa de El Capital.

Me encantaría contar con Kokosky, pero le falta por completo la soltura, la ligereza de toque, que es precisamente lo que la traducción de este libro necesita.

Ya he sondeado en otra parte*’’ pero dudo de que la persona en cuestión tenga tiempo. Entretanto, no estaría de más que tú, si es posible, buscaras un traductor profesional en Leipzig. Puesto que el libro en cuestión no está destinado exclusivamente a lectores obreros, sería insensato ir a buscar un traductor específicamente dentro de un partido que no está bien dotado de talento literario, es decir, partir de entrada del supuesto de que el traductor tiene que ser un hombre del partido.

Por lo que oigo, B. Becker ha encontrado un editor en Suiza.

Sinceramente suyo,
K. M.

El congreso de conciliación de Berna —Engels y yo escribimos y se lo dijimos a Liebknecht en cuanto supimos de la intención de los alemanes de enviar a él sus delegados— no es, ni ha sido desde el principio, más que una intriga bakuninista. Es más, hace unos días nos llegó la prueba de esto desde Portugal. De esto, más en breve.