Mi querido amigo:

Adjunto un recorte del *Pall Mall Gazette*. El extracto de su artículo de fondo (en el n.º 42 de *Vperyod!*) está pésimamente traducido, aunque lo haya hecho Sir, etc., Rawlinson. Kovalevsky me informó de ello y también me envió la cosa. Me pidió que le prestara el n.º 42 de su periódico, pero ni la muchacha más bonita de Francia puede dar más de lo que tiene. Ya se lo había enviado a Utin (Lieja).

Kovalevsky también me dijo—¿podría usted hacer uso de ello en su periódico?**—que una detestable camarilla rusa, que pretende representar a los principales hombres de letras rusos y ha anunciado su empresa en esos términos a Rawlinson y a otros notables ingleses, se propone publicar en Londres una revista con el propósito de familiarizar a los ingleses con el verdadero movimiento político‑social en Rusia. Golokhvastov sería redactor jefe, con otros colaboradores de ese repugnante periódico *Grazhdanin* y también, según se dice, el príncipe Meshchersky.

El gobierno ruso ya ha dado muestras de su insolvencia al ordenar al Banco de Petersburgo que anuncie que ya no pagará letras de cambio extranjeras en oro (y/o plata). Ya me lo esperaba, pero lo que sobrepasa todo entendimiento es el hecho de que, durante dos o tres semanas antes de decidirse por esta medida «desagradable», el susodicho gobierno haya vuelto a perpetrar la sandez de intentar mantener artificialmente el tipo de cambio en el mercado de Londres. Esto le ha costado cerca de veinte millones de rublos; lo mismo habría dado arrojar el dinero al Támesis.

Esta absurda operación —el mantenimiento artificial del tipo de cambio a expensas del gobierno— pertenece al siglo XVIII. Hoy sólo los alquimistas de las finanzas rusas pueden entregarse a semejantes cosas. Desde la muerte de Nicolás, estas manipulaciones grotescas, periódicamente repetidas, le han costado a Rusia por lo menos 120 millones de rublos. Pero es típico de un gobierno que todavía cree seriamente en la omnipotencia del Estado. Al menos los otros gobiernos saben que «el dinero no tiene amo».

Suyo siempre,
Karl Marx