Mi querido amigo:

Acabo de recibir una carta de París (de un empleado* de la librería de Lachâtre) de la que se desprende que la prohibición de *El Capital* no es más que un mito, un mito, por lo demás, asiduamente difundido por la policía y por el propio señor Quést, el administrador judicial designado por el ex ministro Buffet como depositario de la librería de Lachâtre.

Habiéndose publicado *El Capital* bajo el estado de sitio, el libro —ahora que el estado de sitio ha sido levantado— solo podría ser prohibido por los tribunales ordinarios, y las autoridades temen un escándalo de ese tipo. Así que tratan de suprimir la obra mediante métodos solapados de intriga.

Me haría usted un gran favor comunicándome el contenido de la carta en la que su agente Guyot menciona la prohibición del libro. Por su parte, Kovalevsky tiene amigos rusos en París dispuestos a atestiguar que incluso la librería de Lachâtre se ha negado a venderles la obra.

Armado con estas pruebas, podré amenazar al señor Quést —gran avaro, aunque millonario— con acciones judiciales y una demanda por daños y perjuicios. Solo por la fuerza de tales amenazas ha ordenado por fin la impresión de las últimas quince entregas. Conforme a la ley francesa, él no es, ante mí, más que el representante del señor Lachâtre, su suplente, y debe cumplir todas las condiciones estipuladas en mi contrato con este último.

El número del pasado septiembre de la *Revue des deux Mondes* trae una pretendida crítica de *El Capital* del señor Laveleye. Solo leyéndola puede uno hacerse una idea de la idiotez de nuestros «pensadores» burgueses. El señor Laveleye es, sin embargo, lo bastante ingenuo para admitir que, una vez aceptadas las doctrinas de Adam Smith y de Ricardo o incluso —*horribile dictu*— las de los Carey y los Bastiat, no hay modo de escapar a las doctrinas subversivas de *El Capital*.

Le felicito por su artículo DE FONDO en *Vpered!* sobre el lirismo paneslavista en Rusia. No solo es una obra maestra; es, sobre todo, un gran acto de valor moral.

Siempre suyo,  
Karl Marx

¿Cómo sigue la salud de Smirnov?