Mi querido amigo:

Me alegra comprobar por su carta que las sospechas que pesan sobre R.* no pueden ser más que figuraciones de la imaginación.

Liebknecht escribió primero a Engels diciéndole que recaían ciertas sospechas sobre R. y que él (Engels) debía advertir en privado a nuestros amigos rusos en Londres. Engels contestó que no haría nada mientras Liebknecht no le comunicase los hechos en que se fundaban esas sospechas. Luego escribió Liebknecht diciendo que una noche, hallándose en compañía de varios empleados de la expedición del Volksstaat y de algunos otros obreros, R., que no estaba del todo sobrio, intentó sustraer un paquete de cartas (del Volksstaat) destinadas al correo; que sus amigos no trataron de impedírselo, sino que fueron con él a la oficina de correos y le obligaron a echar el paquete al buzón. El asunto fue comunicado a Liebknecht, de modo que no fue él, sino los obreros —que hasta entonces habían confiado ciegamente en R.— quienes dieron la voz de alarma. El propio Liebknecht dice que el adagio «in vino veritas» dista mucho de ser una verdad evangélica, pero, a pesar de todo, el incidente da que pensar. Como bien sabéis, una vez suscitada una sospecha de este género, acuden invariablemente a la memoria otras pruebas que, por vagas que sean, se prestan a una interpretación desfavorable.

A mi juicio, Liebknecht no hizo más que cumplir con su deber al poner el asunto en conocimiento; ni él (y hasta cierto punto esto vale también para mí) ni sus amigos estaban al corriente de los vínculos íntimos entre R. y usted; de lo contrario, ciertamente no habría considerado necesario hacerle llegar la información. Los malentendidos de esta clase se disipan mejor hablando con franqueza. En la vida de un partido militante hay que estar preparado para todo; yo, por mi parte, no me sorprendí en absoluto cuando se me acusó de ser uno de los agentes del señor Bismarck.

Engels estuvo aquí anoche. Le pregunté si le había escrito a usted; me dijo que no; no consideró correcto escribirle sobre el asunto, puesto que Liebknecht le había encargado que le informara a usted en privado, y aún no había tenido tiempo de ir a verle. Le dije que yo le había escrito, a lo que respondió que él también escribiría.* 

Escribiré a Liebknecht y le daré lo esencial de su carta. Al mismo tiempo, me parece que sería mejor no hacer saber nada a R. de lo sucedido. Cuando Liebknecht muestre mi carta a sus amigos, éstos —estoy seguro— harán cuanto esté en su mano (pues son obreros honrados) para reparar el agravio que han inferido a su camarada.

El Pall Mall Gazette de la semana pasada traía un artículo fulminante contra la política financiera de Rusia.

Siempre suyo,

K. Marx