[Londres,] 23 de diciembre de 1873
1 Maitland Park Road, N.W.

Mi querido y respetado amigo:

Su prolongado silencio me ha tenido muy inquieto, ya que el señor Leblanc no ha podido darme razón de su paradero ni de lo que hace. Lamento ver por su carta que mis temores no eran del todo infundados; mas el clima benigno de Penzance y su robusta constitución —así lo espero fervientemente— le librarán pronto de esa tos que, por cierto, se pasea hoy por todo el país. Es, como suele decirse, una molestia muy propia de la estación.

Mi hija menor y yo hemos permanecido tres semanas en Harrogate, adonde nos había enviado nuestro consejero médico. La vida tranquila, el aire de brisa, las aguas minerales y los agradables paseos del lugar han contribuido en gran medida a restablecer la salud de ambos pacientes. Cuando llegamos, la temporada ya había terminado, de modo que ocupamos el hotel «en bendita soledad», y sólo vinieron a inquietarnos y a divertirnos un poco, durante los últimos días de nuestra estancia, las visitas de un clérigo de la Iglesia anglicana, hombre de mundo, viejo y astuto, sin asomo de hipocresía, de conversación fluida y trivial, de modales barnizados por la convención y que en realidad no se preocupaba más que de su vientre. Era el verdadero modelo del cristiano moderno, que empleaba esa palabra, «cristiano», tan sólo en relación con los platos que nos ponía el fondista y que decía, por ejemplo: «esta chuleta de carnero no es cristiana», cuando a esa misma chuleta le faltaba alguna virtud. El hombre había recorrido la mayor parte de los países de Europa y era en sí mismo un registro de todos los méritos y deméritos de sus distintos hoteles, siempre buscando en vano esa obra maestra de la humanidad: un cocinero perfecto. Al mismo tiempo, no se cansaba de lanzar amargos sarcasmos contra las pretensiones exageradas y la vida derrochadora de los mineros del Black Country, siendo él pastor en Durham. Este hombre nos dio a Eleanor y a mí constante ocasión para pensar en usted y hablar de usted, pues difícilmente podría imaginarse contraste más tajante: usted, por así decirlo, una anticipación de lo que serán los hombres de la sociedad nueva, y él, el clérigo, un molde estereotipado de aquello en lo que los hombres de la sociedad vieja han logrado convertirse.

Le envío hoy tres entregas más de El Capital, las cuales, en general, son menos abstractas que las anteriores. Si contribuyen a alegrar sus horas de retiro, me sentiré muy dichoso. En general, he de decir que mis puntos de vista empiezan a difundirse entre los obreros del continente y que en él las clases altas y los representantes oficiales de la economía política arman gran alboroto por ellos y se sienten bastante molestos.

En la pobre España, las cosas aún podrían enderezarse si la reacción francesa no se impone. A pesar de todos sus defectos, los españoles tienen temple. El fracaso de la sublevación de la clase obrera española —que fue prematura e insensata— resultará útil si sus dirigentes aprenden, gracias a una experiencia cara, a emanciparse de la fraseología francesa grandilocuente pero hueca y a aplicarse al estudio de las condiciones reales del movimiento. Tenemos algunos hombres excelentes en Madrid y Valencia. En Lisboa tenemos un núcleo de obreros realmente superiores.

En los Estados Unidos, nuestra propaganda se ha visto muy acelerada por la crisis. Ésta ha hecho las veces de oficial de reclutamiento.

En Alemania es casi seguro que en las próximas elecciones enviaremos al parlamento por lo menos una docena de obreros inteligentes y enérgicos. El repentino y poderoso desarrollo industrial del país es nuestro mejor agente. Bismarck y la burguesía se proponen asestar un golpe a la prensa proletaria, y la prensa «respetable» confiesa su incapacidad para hacerle frente; pero el viejo rey está decayendo rápidamente y su sucesor no puede atreverse a inaugurar su reinado con medidas impopulares.

En Rusia, entre la desorganización social resultante de la emancipación de los siervos y el terrible crecimiento de la enfermedad financiera, y el descontento popular por la pérdida del prestigio ruso a causa de los éxitos prusianos y las vacilaciones de una política interior débil que hoy hace concesiones a medias para compensarlas mañana con medidas ultra-reaccionarias, se acumulan los elementos de una convulsión general.

Así, pues, mi querido amigo, el mundo se mueve a pesar de todo. ¿Qué significan los débiles esfuerzos de la Francia de las clases altas en un momento en que se tambalean los cimientos del baluarte mismo de la reacción europea, de Rusia?

La señora Marx y yo enviamos nuestros cordiales saludos a la señora Allsop y nuestros mejores deseos para el año entrante. Quedo, mi querido y respetado amigo,

suyo muy sinceramente,
Karl Marx

Engels le envía sus saludos y le escribirá en seguida.