Londres, 27[-28] de mayo de 1872

Querido Liebknecht:

La señora Marx me ha mostrado la carta de Eccarius a ti, y la única interpretación posible que admite es la que tú le has dado y a la que nosotros ya habíamos llegado por otras pruebas, a saber: que Eccarius está loco. Hasta qué punto hemos intrigado en contra suya puedes inferirlo fácilmente del hecho de que jamás te he dicho una palabra acerca de toda la camarilla. Pero ahora es imprescindible ponerte al corriente.

No tenemos la menor idea de qué puede tener en mente Eccarius cuando habla de intrigas dirigidas contra él desde 1869 (!). Lo único que sé es que hasta septiembre de 1870, cuando yo llegué aquí, Marx, en consideración a su vieja amistad, siempre le había sacado de los embrollos en que se metía con los ingleses una y otra vez, y cuantas veces el propio Marx tuvo un altercado con los ingleses, fue por causa de Eccarius, pues éste siempre había tratado a la Internacional como propiedad literaria suya y había cometido las más graves indiscreciones en los informes de Congreso que publicaba en *The Times* y en los que mandaba a periódicos norteamericanos. En una palabra, siempre había explotado la situación para sus propios fines literarios. Todo esto pudo tolerarse hasta cierto punto, y nos limitábamos a reprenderlo en privado, pero las ofensas se repetían sin cesar.

De repente, Eccarius anunció que dimitía de su cargo de Secretario General y que se negaba terminantemente a presentarse a la reelección. Tuvimos, pues, que elegir a un sucesor que, dadas las circunstancias, sólo podía ser un inglés. Se presentaron Hales y Mottershead y fue elegido Hales. Las intenciones de Eccarius no las descubrimos hasta más tarde, cuando le contó a Mottershead que simplemente se había declarado en huelga para cobrar 30 chelines semanales en lugar de 15. Creía que era indispensable, y cuando este plan fracasó, tergiversó los hechos para hacer ver que Marx había intrigado con Hales a fin de echarlo, y estoy firmemente convencido de que él mismo lo cree ahora, aunque nadie se ha quedado más sorprendido que nosotros con su abdicación.

Luego vino la Conferencia. Tanto el Consejo General como la propia Conferencia habían resuelto que las sesiones fuesen privadas. Una resolución explícita, que tú conoces, encargaba al Consejo General la tarea de decidir qué resoluciones se harían públicas y cuáles no. Ahora bien, pocos días después de la Conferencia aparecieron en *The Scotsman* y en *The Manchester Guardian* artículos con un pormenorizado relato de varias de las sesiones, acompañados de las resoluciones de la Conferencia. Este informe recorrió luego toda la prensa inglesa y europea. Puedes imaginarte el escándalo que provocó. Todo el mundo clamó traición y exigió un castigo ejemplar para el traidor. En todos los periódicos de la Internacional se desató un coro de denuestos contra el Consejo General por permitir que tales asuntos aparecieran en la prensa burguesa, mientras que nuestros propios periódicos estaban privados de noticias.

Nosotros supimos al instante quién era el traidor. Sólo se había informado acerca de las sesiones en las que había estado presente Eccarius. De las demás no se publicó una sola palabra, salvo una versión confusa de algunas resoluciones. Marx aprovechó la primera ocasión en que estuvimos a solas con Eccarius para acusárselo a la cara y aconsejarle, con toda amistad, que CONFESARA DE PLANO, aceptara su castigo y fuera más discreto en el futuro. Él [Eccarius] fue, efectivamente, a ver a Jung, presidente de la comisión investigadora ad-hoc, y le dijo que, sí, había entregado a la redacción local del *New York World* un artículo sobre la Conferencia, pero bajo la condición explícita de que su contenido no se revelara a la prensa inglesa. Sin embargo, conocía perfectamente el carácter carente de principios de esa gente y sus conexiones con la prensa provinciana inglesa, y debía saber también que no tenía ningún derecho a vender las transacciones de la Conferencia a la prensa americana. En ese trance sacó toda clase de excusas cojas, diciendo que el artículo inglés contenía afirmaciones que no figuraban en el artículo americano, de modo que alguien más debía haber hablado, y que ese alguien era con toda probabilidad Hales (cuya conducta en todo este asunto había sido perfectamente recta) y que él era el verdadero traidor. Para ahorrarle a Eccarius un mal rato, Jung aplazó una decisón, pero al final Eccarius fue amonestado, y desde entonces ese hombre, que estaría dispuesto cualquier día a vender a la Internacional entera por un plato de lentejas, se ha presentado como la inocencia ofendida.

A pesar de ello, fuimos tan necios —y por esto puedes ver cómo hemos estado intrigando en su contra— que propusimos e impulsamos su nombramiento como secretario para América.

Desde el nombramiento de Hales, ha estallado una guerra a cuchillo entre Eccarius y Mottershead, por un lado, y Hales, por el otro. Los ingleses se han escindido en tres partidos: uno anti-Hales, otro pro-Hales y una serie de personas más o menos neutrales en medio. Hales también cometió un sinfín de locuras —es terriblemente vanidoso y quiere presentarse por Hackney en las próximas elecciones—, pero los ataques de los otros contra él eran tan ridículamente absurdos que casi siempre estaba en su derecho. Para poner fin a la conmoción, que llegó a ocupar el Consejo General casi con exclusión de todo lo demás, nos vimos obligados a nombrar una suerte de *Comité de salut public* al que se remiten todas las cuestiones personales. No hace falta añadir que no vacilábamos en darle un buen rapapolvo a Hales cuando lo merecía, y eso ocurría con bastante frecuencia, igual que se lo dábamos a Eccarius o a cualquiera.

En todo caso, Hales sigue contando con la confianza de los obreros del East End —nuestra mejor gente aquí—, mientras que Eccarius se ha asociado con los elementos más degenerados y sospechosos, todos los cuales andan conchabados con el GRAN PARTIDO LIBERAL.

Cuando se formó el Consejo Federal Británico, Mottershead, Eccarius y Cía. no fueron invitados, ya que no representaban a ninguna asociación obrera. La forma en que esto se hizo fue irregular y fue criticada en el Consejo General, pero era muy necesaria si se quería evitar una repetición de los mismos manejos.

Esto quiere decir, según Eccarius, que nos habíamos puesto del LADO DE LOS MALDITOS.

En cuanto a América, la escisión tuvo lugar inmediatamente después de la Conferencia; el subcomité (los secretarios) debía informar al respecto y, como era Marx quien hasta entonces había llevado en buena parte la correspondencia americana, él asumió aquel embrollo y todas las cartas le llegaron a él. Ni que decir tiene que la posición de Eccarius como secretario quedó virtualmente en suspenso hasta que el Consejo General pudiera tomar una decisión sobre todo aquel asunto. De hecho, no había nada que escribir. Parece que él consideró esto un insulto más. Cuando llegó el momento de decidir, Eccarius tomó partido por los enemigos de Sorge. Éstos consisten en: 1) unos cuantos franceses que, como Malon y Cía. en Ginebra, quieren mandar simplemente porque son franceses y, en parte, refugiados de la Comuna; 2) partidarios de Schweitzer (Grosse y Cía.); 3) los amigos burgueses yanquis de las señoras Woodhull y Claflin, personas que se han ganado mala fama por su práctica del AMOR LIBRE y que imprimen cualquier cosa —GOBIERNO UNIVERSAL, espiritismo (à la Home), etcétera—, cualquier cosa menos nuestras cosas. Estos últimos han declarado ahora, en respuesta a las resoluciones del Consejo General, que la Internacional sólo progresará en América si expulsamos a tantos «ESCLAVOS ASALARIADOS» como sea posible, pues ellos serían sin duda los primeros en venderse a los REFORMISTAS DE PACOTILLA Y LOS POLÍTICOS MERCANTILES.

Sorge y Cía. también han cometido una serie de torpezas formales, pero si la Internacional en América no ha de degenerar en una pura y simple sociedad de farsantes burgueses, tienen que contar con todo nuestro apoyo. Los buenos alemanes (casi todos los alemanes), los mejores franceses y todos los irlandeses están de su parte.

Nuestro amigo Eccarius, sin embargo, había previsto que el órgano de la Sección 12, el *Woodhull & Claflin's Weekly*, podría proporcionarle un nuevo refugio literario, y así estamos DEL LADO DE LOS MALDITOS.

En pocas palabras, Eccarius se ha desmoralizado por completo en su trato con los agitadores ingleses y los POLÍTICOS MERCANTILES Y SECRETARIOS PAGADOS DE TRADE-UNIONS, todos los cuales o bien se han dejado comprar por la clase media o están rogándoles a éstos que les hagan una oferta. Su situación personal, verdaderamente lastimosa aunque en parte por culpa propia, y por último sus ambiciones literarias han sido factores coadyuvantes. Ha llegado tan lejos que he perdido toda esperanza respecto a él. Lo lamento mucho por él, tanto por ser un viejo amigo y colaborador como por ser una persona inteligente, pero no puedo hacer desaparecer los hechos por arte de magia. Además, en su cinismo, él mismo lo confiesa todo abiertamente. Pero si imagina que conspirábamos en contra suya y que queríamos expulsarlo del Consejo General, está exagerando un tanto su propia importancia. Lo contrario es lo cierto: le dejamos ir por su camino pese a que en infinidad de ocasiones habríamos podido echarle todo el peso de la ley encima, y no lo hemos hecho. Sólo le hemos encarado con la verdad cuando era absolutamente inevitable. Pero era sencillamente impensable que permaneciéramos al margen mientras él convertía la Internacional en su vaca lechera, pasando por encima de cualquier otra consideración.

Dicho sea de paso, Lochner, Lessner, Pfänder y Frankel están todos perfectamente al corriente de lo de Eccarius, y si escribes a cualquiera de ellos, difícilmente recibirás una respuesta tan serena y desapasionada como la mía.

28 de mayo. Hoy han llegado noticias de América. El Consejo Federal separatista está en proceso de completa disolución. La señora Woodhull y sus amigos yanquis de las secciones 9 y 12 han celebrado un mitin para impulsar su candidatura a la Presidencia de los Estados Unidos sobre la base de un programa que contiene todo lo habido y por haber bajo el sol, excepto capital y trabajo, y además han hecho el más absoluto ridículo. Aquello fue ya demasiado. La Sección 6, lassalleana, ha depuesto a su delegado Grosse, ha aceptado las resoluciones del Consejo General y ha enviado un delegado al Consejo Federal de Sorge. Lo mismo ha hecho la Sección 2, la peor de las secciones francesas, que también ha roto con el Consejo separatista. Otras seis secciones están a punto de seguir el mismo camino. Más detalles en el próximo *Eastern Post*. Ya ves qué clase de gente cultivaba Eccarius allí; todos sus corresponsales privados, Maddock, West, Elliott, etc., estaban presentes y hablaron en el mitin de Woodhull.

Todos estos asuntos quedan entre nosotros; las deliberaciones del Consejo General no son de mi propiedad y te las refiero aquí únicamente para información privada tuya y de Bebel.

Los belgas han debatido una revisión de los Estatutos, pero no han llegado a conclusión alguna. Hins ha presentado un borrador en el que propone la abolición del Consejo General. Por lo que a mí respecta, estaría perfectamente satisfecho con ello; Marx y yo no volveremos a él en ningún caso, y tal como están las cosas actualmente apenas nos queda tiempo para trabajar, y eso tiene que acabarse.

Hoy ha salido una carta de Marx para ti. Contiene la declaración del Consejo General contra los pequeños intrigantes de aquí que han adquirido cierta importancia gracias a la prensa burguesa del continente.

Recuerdos a tu mujer e hijos, y otro tanto a Bebel.

Tuyo,  
F. E.