Elberfeld, 13 de abril de 1861  

A la señorita Nanette  

Mi dulce primita:  

Espero que hayas recibido la carta que te envié desde Berlín, aunque fuiste lo bastante cruel como para dejar a tu admirador sin una sola palabra de acuse de recibo. Ahora, mi pequeña y cruel hechicera, ¿cómo podrás defender semejante línea de conducta? ¿No sabías que un mundo de filisteos me acorralaba, y que medio ejército de bellezas anticuadas y detestables literatas pedantes ponía todo su empeño en convertirme en un asno? La vieja Circe, como bien sabes, metamorfoseó en cerdos a los compañeros de Ulises. Estas Circes modernas se han civilizado hasta tal punto que han optado por la línea asinina. Y, en semejantes circunstancias, ¿no era tu deber acudir en mi rescate? Cuídate de que tome venganza y conspire con Waradje contra la tranquilidad de tu corazón.

«Únete a la patria querida» es una sentencia muy hermosa, pero, en estricta confianza, puedo decirte que Alemania es un hermoso país para vivir fuera de él. Por mi parte, si yo fuera del todo libre y si, además, no me importunase eso que tú podrías llamar «conciencia política», jamás abandonaría Inglaterra por Alemania, y menos aún por Prusia, y muchísimo menos por ese *affreux* Berlín con su «Sand» y su «Bildung» y sus «seinen überwitzigen Leuten».

En Berlín, todo aquel que tenga algo de espíritu que perder está, naturalmente, ansiosísimo de hallar compañeros de sufrimiento. Si el *ennui* que reina de modo supremo en aquel lugar se reparte entre un mayor número de personas, el individuo aislado puede lisonjearse de que le toca una porción menor. Por esta razón, la condesa Hatzfeldt, la Egeria de Lassalle, lo intentó todo para prolongar mi estancia en la metrópoli de los tschakos sin cabeza. Ayer hizo su último esfuerzo, y mantuvimos la siguiente conversación chocarrera:

Ella. «¿Ésta es, entonces, la gratitud por la amistad que te hemos demostrado, que dejes Berlín tan pronto como tus asuntos lo permitan?»

Yo. «Todo lo contrario. He prolongado mi estancia en este lugar más allá del plazo debido, porque vuestra amabilidad me encadenaba a este Sahara.»

Ella. «Entonces me volveré aún más amable.»

Yo. «Entonces no me queda más refugio que echar a correr. De otro modo, jamás podría regresar a Londres, adonde me llama mi deber.»

Ella. «¡Vaya un hermoso cumplido que se le hace a una dama: que su amabilidad es tal que a uno lo ahuyenta!»

Yo. «Vos no sois Berlín. Si queréis probarme la sinceridad de vuestra amabilidad, escapad conmigo.»

Ella. «Pero temo que me abandonaríais en la primera estación.»

Yo. «Estoy completamente seguro de no “dejar a la muchacha atrás” en la próxima estación. Sabéis que cuando Teseo, tras raptar a la belleza griega, la abandonó en una estación cualquiera, al punto el dios Baco descendió del Olimpo y llevó en sus brazos a la desamparada a la morada de los placeres eternos. Ahora bien, no dudo que ya os espera un dios en la primera estación de ferrocarril después de Berlín, y yo sería el más cruel de los mortales si os privase de semejante cita.»

Pero basta de estas necedades. Hablando muy en serio, me siento dichosísimo con la idea de volver a verte pronto, así como a todo el círculo familiar de los Bommel. Recomiéndame a tu «rival» y dile que los sentimientos más profundos son los más difíciles de expresar con palabras. Así ha de interpretar ella mi silencio, el respetuoso silencio que he guardado hasta ahora.

Y ahora, mi pequeña hechicera, adiós, y no olvides del todo a

Tu caballero andante  
Charles Marx