EN ZALT-BOMMEL

Berlín, 24 de marzo de 1861  
13 Bellevuestrasse  
(Dirección: Dr. F. Lassalle)

Mi querida prima:

No puedo agradecerte bastante tu preciosa carta, cuyo único defecto es ser demasiado breve, aunque has cumplido con la regla inglesa de empaquetar las mejores cosas en el menor espacio.

Llegué a Berlín el domingo pasado (17 de marzo), a las siete de la mañana. Mi viaje no estuvo señalado por incidente alguno, salvo una demora de seis horas y media en Oberhausen, un lugar abominablemente fastidioso. Lassalle, que vive en una casa muy hermosa, situada en una de las mejores calles de Berlín, lo tenía todo preparado para recibirme y me dispensó una acogida de lo más amistosa. Después de que las primeras horas se hubieran consumido en la charla y de que la fatiga del ferrocarril se disipase con algún descanso y algunos refrigerios, Lassalle me presentó acto seguido en casa de la condesa de Hatzfeldt, quien, como pronto advertí, cena todos los días en su casa a las cuatro de la tarde y pasa con él las veladas. Encontré su cabello tan «rubio» y sus ojos tan azules como antaño, pero en el resto de su rostro leí las palabras impresas en él: veinte y veinte hacen cincuenta y siete. Había, en efecto, arrugas preñadas de «vestigios de la creación», mejillas y mentón que delataban un embonpoint que, como los yacimientos de carbón, necesita mucho tiempo para formarse, y así por el estilo. En cuanto a sus cejas, me llamó inmediatamente la atención el hecho de que hubiesen mejorado en lugar de deteriorarse, de suerte que el arte había aventajado con mucho a la naturaleza. En ocasiones posteriores hice la observación general de que domina a la perfección el arte de arreglarse y de hallar en su tocador los tintes que ya no le suministra su sangre. En conjunto, me recordaba a ciertas estatuas griegas que aún ostentan un bello busto, pero cuyas cabezas han sido cruelmente «beknappert» por las vicisitudes del tiempo. Con todo, para no ser injusto, es una señora muy distinguida, nada de «bas-bleu», de gran inteligencia natural, mucha vivacidad, profundamente interesada en el movimiento revolucionario y con un aristocrático laissez-aller muy superior a las muecas pedantes de las femmes d’esprit profesionales.

El lunes, mi amigo Lassalle redactó para mí una solicitud dirigida al jefe de la policía prusiana pidiendo la restitución de mis derechos civiles como súbdito prusiano. El martes, el propio Lassalle, que es hombre de una audacia extraordinaria, llevó la solicitud al señor von Zedlitz (presidente de la policía, partidario del partido de los junkers y confidente del rey) y, entre amenazas y halagos —ya que Zedlitz consideró esta apelación directa a su persona, en vez de a las autoridades subalternas, como un cumplido que se le hacía—, ha conseguido hasta tal punto que hoy el periódico ministerial —Die Preussische Zeitung— anuncie mi regreso a la «patria». Sin embargo, todavía no he recibido una respuesta oficial respecto a mi renaturalización.

El martes por la noche, Lassalle y la condesa me llevaron a un teatro de Berlín, donde se representó una comedia berlinesa, empapada de autoglorificación prusiana. Fue, en conjunto, un asunto repugnante. El miércoles por la noche, me vi obligado por ellos a asistir a una función de ballet en la Ópera. Teníamos un palco para nosotros al lado —horribile dictu— de la «loge» del rey. Semejante ballet es característico de Berlín. No constituye, como en París o en Londres, un entrejeu ni la conclusión de una ópera, sino que absorbe toda la velada, está dividido en varios actos, etcétera. Los actores no pronuncian una sola sílaba; todo se insinúa mediante la mímica. Resulta, en realidad, de una monotonía mortal. La escenografía, sin embargo, era hermosa; asistía uno, por ejemplo, a una travesía marítima de Livorno a Nápoles; el mar, las montañas, la costa, las ciudades, etcétera, todo ello representado con fidelidad fotográfica.

El jueves, Lassalle ofreció una cena en honor de mi regreso, a la que fueron invitados caballeros y señoras. Entre las celebridades se encontraban el viejo general von Pfuel, el «Schlachtenmahler» Bleibtreu, el Hofrath Förster (conocido historiógrafo prusiano, a quien antes se llamaba el «Hofdemagog», por ser amigo personal del difunto rey) y otros. El Hofrath Förster brindó por mi humilde persona. Yo estaba sentado a la mesa entre la condesa y la señorita Ludmilla Assing, sobrina de Varnhagen von Ense y editora de la correspondencia de Varnhagen con Humboldt. Esta señorita, que realmente me abrumó con su benevolencia, es la criatura más fea que jamás he visto en mi vida: una fisonomía de una fealdad judía, una nariz afilada, delgada y protuberante, sonriendo y haciendo muecas de continuo, siempre hablando en prosa poética, esforzándose sin cesar por decir algo extraordinario, fingiendo un entusiasmo falso y escupiendo a sus oyentes durante los trances de su éxtasis. Hoy me veré obligado a hacer una visita a ese pequeño monstruo al que traté con la mayor reserva y frialdad, dándole a entender por medio del amigo Lassalle que la fuerza de la atracción opera en mí siempre en sentido centrífugo y que, cuando me sucede que admiro mucho a una persona, soy muy propenso a desaparecer por completo de su presencia.

El estado de las cosas aquí es poco halagüeño para los poderes establecidos. El erario prusiano padece un déficit, y todos los viejos partidos se hallan en proceso de disolución. La cámara de diputados tendrá que ser reelegida en el curso de esta temporada, y es muy probable que, durante el proceso de su reconstitución, un gran movimiento recorra el país. Tal podría ser, como piensa mi amigo Lassalle, el momento oportuno para poner en marcha un periódico aquí, en la capital prusiana, pero aún no he llegado a una resolución firme. La necesidad de esperar la contestación oficial de las autoridades a mi solicitud podría prolongar mi estancia más allá del plazo que en un principio había previsto.

Ya ves, mi querida niña, que he visto mucho en pocos días, pero puedes estar segura de que siempre deseo volver a Bommel.

Con mis mejores saludos para ti, tu padre y toda la familia, créeme siempre

Tu más sincero admirador  
Charles Marx