6 Thorncliffe Grove, Oxford Road  

Mi estimado señor:  

Habiendo estado ausente de aquí unos días, me vi impedido de contestar su carta inmediatamente.  

En cuanto al proyecto de ley de imprentas,’°? que me había tomado la libertad de pedirle en una carta dirigida a usted el 6 de febrero* (si no me equivoco), ha olvidado usted enviármelo. Le ruego que se lo mande a la señora Marx.  

En cuanto a la declaración de Schaible (arrancada por mis acciones judiciales contra Blind), bastará con señalar:  

1°) Si Blind es o no el autor “literario” de la hoja volante, es cuestión en la que no tengo que entrar. Él es el autor en el sentido jurídico de la palabra.  

La declaración de Schaible (que “circunstancias”, según dice en el Telegraph, le impidieron hacer durante tres meses, pero que yo conseguí arrancar sin demora enviando a Louis Blanc una copia de las dos declaraciones juradas presentadas en el Tribunal de Policía de Bow Street) prueba mucho en contra de Vogt. Nada prueba en favor de Blind. No le exonera en ningún aspecto. Ha escrito (si no redactado) el manuscrito; lo ha impreso en el taller de Hollinger; ha pagado la factura del impresor a Hollinger; ha hecho dos declaraciones falsas en la Augsburg Gazette’; él y Hollinger entraron en conspiración contra mí para inducir (y con qué éxito lo sabe usted) al cajista Wiehe a que les prestara falso testimonio. Y esto no es todo. Blind, como usted sabe por la carta que dirigió en septiembre a Liebknecht, tuvo la sangre fría de afirmar que no había tenido nada en absoluto que ver con todo el asunto. Por último, todas las sucesivas gestiones ahora emprendidas por él y por Schaible le han sido impuestas por la amenaza suspendida sobre su cabeza de un proceso criminal por “conspiración”.  

2) El Dr. Schaible, que yo sepa, bien puede haberse dejado convertir en el chivo expiatorio de Blind. Pertenece, según sé, por decirlo así, al mobiliario doméstico de los Blind.  

3) El principal fin político que yo perseguía se ha alcanzado con la declaración de Schaible. Dicha declaración anula y deja sin efecto el proceso de Augsburgo,’““—mero simulacro de proceso; sin testigos presentes, sin acusador, sin acusado (real) y, de hecho, sin tribunal, ya que Vogt, en su sabiduría, no había apelado a aquella clase de tribunal bávaro que, según la ley bávara, debía entender del caso. Respecto a ese mismo Vogt, bastará decir que en Ginebra, su propio lugar de residencia, un periódico suizo (Die Neue Schweizer Zeitung, La Nueva Gaceta Suiza, en su número del 12 de noviembre de 1859) ha declarado haber rechazado indignado el intento de Vogt de sobornarle con dinero francés.* Ese mismo periódico, en un artículo de fondo, instó a Vogt a que procediera judicialmente contra él, del mismo modo que yo, en una declaración firmada con mi nombre y publicada en la Augsburg Gazette y en el Hamburg ‘Reform’, le había emplazado a que demandara al Volk de Londres. Vogt, aunque consejero de Estado ginebrino y, por tanto, servidor público, guardó silencio ante estos requerimientos, al tiempo que se congraciaba con el favor de los estúpidos liberales alemanes mediante la comedia de Augsburgo, o más bien farsa.  

Tenga usted la bondad de considerar esta carta como confidencial, pues los abogados que llevan mis procesos por difamación en Berlín y Londres creen conveniente que, salvo en caso de la más urgente necesidad, no rompa mi silencio hasta que los procedimientos judiciales hayan concluido.  

Suyo afectísimo  
K. Marx