[Londres,] 16 de enero de 1858

Querido Frederick:

Tú también habrás recibido una carta de Harney acerca del amigo Schramm. No había perspectivas de que se recuperara. Lástima, sin embargo, que las preocupaciones de dinero —de las cuales tiene la culpa el gordo filisteo londinense*— hayan ensombrecido sus últimos días.

* Rudolf Schramm, hermano de Conrad Schramm

Tu artículo* es espléndido y en estilo y manera del todo reminiscente de la Neue Rheinische Zeitung en sus mejores tiempos. En cuanto a Windham, puede que sea un muy mal general, pero en esta ocasión lo que acabó con él fue aquello que lo había encumbrado en el Redan** —tropas no fogueadas. Soy en general de la opinión de que, en términos de bravura, confianza en sí mismo y firmeza, este, el segundo ejército que Inglaterra ha enviado a la India (y del cual no regresará un solo hombre), no podrá ni de lejos compararse con el primero, que parece haberse desvanecido casi por completo. En lo que respecta al efecto del clima sobre las tropas, mientras estuve temporalmente a cargo del departamento militar demostré en varios artículos, mediante cálculos exactos, que la mortalidad era desproporcionadamente más alta de lo que se afirmaba en los despachos oficiales ingleses.** En vista del gasto en hombres y lingotes que le costará a la inglesa, la India es ahora nuestro mejor aliado.

El lunes iré de nuevo a visitar el Museo,* tras lo cual te enviaré lo de «Catapulta» —junto con las otras cosas que pides— extraído de las mejores fuentes. No he hecho lo de «Coehoorn», pues me habría llevado demasiado tiempo desenterrar las fuentes correctas.

Me alegro extraordinariamente de saber que tu salud va mejorando. Durante las últimas 3 semanas, yo también he estado otra vez medicándome y solo he dejado de hacerlo hoy. Me había excedido mucho con mis labores nocturnas, acompañadas, es cierto, por un lado, de mera limonada, pero, por otro, de una inmensa cantidad de tabaco. A propósito, estoy descubriendo algunos argumentos hermosos. Por ejemplo, he demolido completamente la teoría de la ganancia tal como se ha expuesto hasta ahora. Lo que me fue de gran utilidad en cuanto al método de tratamiento fue la Lógica de Hegel, a la que he vuelto a echar un vistazo por mero accidente, pues Freiligrath encontró y me regaló varios volúmenes de Hegel, originalmente propiedad de Bakunin. Si alguna vez llega el momento en que semejante trabajo sea de nuevo posible, me gustaría mucho escribir 2 o 3 pliegos haciendo accesible al lector común el aspecto racional del método que Hegel no solo descubrió sino que también mistificó.

De todos los economistas recientes, el señor Bastiat con sus Harmonies économiques representa la mismísima hez de la fatuidad en su expresión más concentrada. Solo un crapaud* podría haber urdido un pot-au-feu armonioso de esta calaña.

¿Qué piensas de nuestro amigo Jones?** Me niego aún a creer que el muchacho se haya vendido. Quizá su experiencia del 1848 le pesa en el estómago. Tan grande es su fe en sí mismo que puede creerse capaz de explotar a la clase media o imaginarse que si tan solo, de un modo u otro, Ernest Jones pudiese entrar en el Parlamento, la historia mundial no dejaría de dar un nuevo giro. Lo mejor de todo es que —por despecho contra Jones, desde luego— Reynolds se presenta ahora en su periódico* como el más rabioso adversario de la clase media y de todo compromiso. El Sr. B. O’Brien se ha convertido asimismo en un irreprimible cartista a toda costa. La única excusa de Jones es la enervación que ahora campa a sus anchas entre la clase obrera en Inglaterra. Sea como fuere, si sigue como hasta ahora se convertirá o bien en puro partidario de la clase media, o bien en renegado. El hecho de que ahora procure evitarme con tanta ansiedad como antes solía consultarme hasta la más mínima bagatela es prueba de todo menos de una buena conciencia.

Adjunto una carta para Lupus de Laura y Jenny. Las dos niñas se imaginan, naturalmente, que podrías resentirte de que Lupus parezca ser el corresponsal preferido. Por eso me han amonestado con seriedad para que no olvide decirte que el próximo turno será el tuyo.

Esperaré otras 3 semanas hasta que la situación haya llegado más o menos a un punto crítico y entonces escribiré al Sr. Dana diciéndole que no puedo seguir trabajando para la Tribune si se me restringe a 4 artículos al mes, y que 6 es el mínimo. De hecho, ahora me veo invariablemente obligado a comprimir en 1 artículo material suficiente para 2, y por lo tanto estoy haciendo doble trabajo por la mitad del precio. Esto no puede seguir así.

¿Incluiste las cartas de Lassalle y Friedländer** en la que trataba sobre Lassalle* y que se extravió? Por razones políticas, sería deseable conservarlas.

Salut.
Tu
K. M.