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Londres, 17 de enero de 1855

Querido Frederic:

No pude, por supuesto, escribir ayer a la *Tribune*, ni podré hacerlo por algún tiempo venidero, porque ayer por la mañana, entre las seis y las siete, mi mujer dio a luz a un viajero de buena fe —por desgracia, del «sexo» por excelencia. Si hubiera sido un varón, bien; pero bueno…

¿Sabías que el rojo Wolff es uno de los corresponsales londinenses del *Augsburger*? Me enteré por casualidad, a saber, leyendo un artículo en dicho periódico que contenía toda clase de elucubraciones fatuas sobre «house» y «home» y «abroad» —todo ello para arrojar luz sobre la «inmundicia» con la que las tropas británicas se las ven en Balaklava. Vi a Freiligrath y le dije que en la *Augsburg Allgemeine Zeitung* había leído unas sandeces de las que solo Lupus Rufus podía ser capaz. Freiligrath me confirmó entonces que Wolff era el «gran y venerable Kobes».

Ahora tengo en casa los tres volúmenes de Heine. Entre otras cosas, cuenta por extenso una mentira según la cual yo, etcétera, fui a consolarle —después de que lo hubieran «atacado» en el *Augsburger A.Z.* por haber aceptado dinero de Luis Felipe—. El bueno de Heine olvida adrede que mi intervención en su favor tuvo lugar a finales de 1843 y que, por tanto, no podía guardar relación alguna con hechos que salieron a la luz después de la revolución de febrero de 1848. Pero dejemos eso. Preocupado por su mala conciencia —el viejo perro tiene una memoria monstruosa para tales cosas—, está tratando de congraciarse.

Espero, pues, algo tuyo el viernes. Hoy no puedo escribir más, pues tengo que enviar un montón de tarjetas anunciando el nacimiento de la niña.

Tuyo,
K. M.