ENGELS A H. J. LINCOLN, EDITOR DEL “DAILY NEWS”**’

EN LONDRES

[Borrador] 7 South Gate, Manchester,

30 de marzo de 1854. St. Mary’s

Señor:

Quizá no me equivoque al suponer que, en el momento actual, una oferta para colaborar en la sección militar de su periódico podría encontrar cierta acogida, aun cuando quien ofrece sus servicios no sea, por el momento, un miembro activo de la profesión militar, y por añadidura sea extranjero.

Supongo que lo principal serán las cualificaciones reales de la persona. Así, nada las mostraría mejor que media docena de artículos sobre diversos temas militares, que usted podría someter a cualquier autoridad militar si así lo decidiera. Cuanto más alta sea la autoridad, mejor. Preferiría diez veces más ser juzgado por Sir William Napier que por un martinete subalterno.

Pero no puedo esperar que usted me conceda siquiera una prueba, a menos que sepa algo más de mí. Le ruego, por tanto, manifestarle que mi escuela militar ha sido la artillería prusiana, un cuerpo que, si no es lo que podría ser, ha producido a los hombres que hicieron de la “artillería turca una de las mejores de Europa”, tal como lo ha sentenciado nuestro amigo Nicolás. Más tarde, tuve ocasión de ver algo de servicio activo durante la guerra insurreccional del sur de Alemania, en 1849. Durante muchos años, el estudio de la ciencia militar en todas sus ramas ha sido una de mis ocupaciones principales; y el éxito que tuvieron la fortuna de obtener mis artículos sobre la campaña de Hungría, publicados en su día en la prensa alemana, me alienta en la creencia de que no he estudiado en vano. Un conocimiento, más o menos familiar, de la mayoría de las lenguas europeas, incluido el ruso, el serbio y un poco de valaco, me abre las mejores fuentes de información y tal vez pueda resultarle útil a usted en otros aspectos. Hasta qué punto soy capaz de escribir un inglés correcto y fluido, mis artículos, naturalmente, tendrán que demostrarlo por sí mismos. Cualquier otra información sobre mi persona estaré encantado de proporcionarla; o bien puede usted obtenerla de su colaborador educativo, el Dr. Watts, a quien conozco desde hace más de diez años.”<sup>a</sup> Véase el presente tomo, pág. 421. — All yours

Hace ya algún tiempo que he pensado en hacerle un ofrecimiento de este tipo, pero consideraba que apenas valdría la pena mientras no se hubiera declarado efectivamente la guerra y toda la crítica de la estrategia danubiana se redujese a profundas disquisiciones sobre qué parte de la culpa de los inconcebibles acontecimientos de Bulgaria correspondía a Lord Aberdeen y cuál a Omer Pachá. Ahora la cosa es distinta. Una guerra local puede ser un mero simulacro de guerra; una guerra europea tiene que ser una realidad. Además, confieso que me retenía otra razón: no estaba entonces, como lo estoy ahora, provisto de los mapas, planos e informaciones especiales necesarios acerca del teatro de la guerra y de las partes beligerantes, y habría lamentado enviarle una sola línea basada en otra cosa que no fuese la mejor información disponible.

Mi ausencia, no sólo del teatro de la guerra, sino también (por el momento, al menos) de su propia redacción, circunscribe bastante el tipo de colaboraciones que puedo ofrecerle. Éstas se limitarían a descripciones de aquellas partes del teatro de la guerra donde tengan lugar las hostilidades efectivas; a exposiciones y observaciones sobre la organización militar, la fuerza, las probabilidades y las posibles operaciones de los ejércitos beligerantes; a observaciones críticas sobre los combates reales y, de vez en cuando, a resumés (por emplear la palabra francesa) de las operaciones de, digamos, un mes o seis semanas, según los acontecimientos. Puesto que, para formarse un juicio acertado, es indispensable la información más completa sobre lo que realmente ha sucedido, rarísima vez tendría que escribir basándome en meros despachos telegráficos, sino que, por lo general, tendría que esperar la llegada de noticias más detalladas; de este modo, la pérdida de uno o dos días sería menos importante para mis colaboraciones si ello las hiciera mejores; y, por consiguiente, podría prescindirse de mi presencia en Londres, al menos por un tiempo. En caso de que usted desease que extendiera mis colaboraciones a un círculo más amplio, no tendría inconveniente y quedo a la espera de sus propuestas.

Si, no obstante, acogiera favorablemente mi ofrecimiento, podría ser que dentro de un par de meses me fuese posible trasladarme por completo a Londres; entretanto, podría darme una escapada, si usted lo desea, para conferenciar con usted.

En cuanto a la política, la mezclaría lo menos posible con la crítica militar. En la guerra no hay más que una buena línea de conducta: ir a ella con la mayor rapidez y energía, batir al adversario y obligarlo a someterse a vuestras condiciones. Si los gobiernos aliados hacen esto, lo reconoceré; si maniatan o atan las manos a sus mandos, alzaré la voz contra ello. Deseo, ciertamente, que los rusos reciban una buena paliza, pero si combaten bien, soy lo bastante soldado como para dar al diablo lo que es del diablo. Por lo demás, me atendré al principio de que la ciencia militar, como las matemáticas o la geografía, no tiene opinión política alguna.

Ahora, pasemos a las propuestas concretas. No espero que la descripción de Kronstadt que adjunto le permita formarse una idea de lo que puede esperar de mí. Pero si le pareciera que puedo ser de alguna utilidad para su periódico, podría llegarse a un acuerdo provisional en virtud del cual usted conservaría plena libertad para rechazar mi colaboración ulterior, en caso de que resultase inadecuada, al tiempo que se me garantizaba una remuneración justa por mi trabajo y mis gastos. Pues no puede usted ignorar que escribir sobre operaciones militares exige la posesión de numerosos y costosos mapas y libros, por los cuales debe hacerse la correspondiente compensación en concepto de costes de producción.

Supongamos, pues, que le enviara una serie de artículos que ofrecieran un relato completo de las fuerzas militares y navales de Rusia, su organización, fuerza real y eficacia (en la medida en que pueda ser averiguada), junto con una descripción militar del teatro de la guerra, de las líneas de operaciones y defensa en las fronteras del Báltico, el mar Negro, el Danubio y Polonia, incluido el sistema de fortalezas. El artículo adjunto sobre Kronstadt formaría parte de esa serie y podría posponerse hasta que llegase su turno. Creo que mi información sobre estos asuntos es de primera clase, obtenida exclusivamente de fuentes impresas (y no de ninguna fuente misteriosa). Podría proporcionar un artículo por semana, de, digamos, una o dos columnas, y más, si fuera necesario.

Si usted estimara que este proceder es demasiado sistemático, a la descripción de Kronstadt podría seguirle otra similar de las fortificaciones permanentes de Sebastopol y de los demás puertos fortificados rusos (siempre que sea posible obtenerla), para concluir con algunas observaciones sobre las posibilidades de los ataques navales contra baterías de tierra, extraídas de la historia y de las mejores fuentes teóricas, como Sir Howard Douglas.*

Si necesita usted reseñas de obras militares, también podría encargarme de ellas. Por ejemplo, las Campañas ruso-turcas del coronel Chesney; para este libro estoy, por así decirlo, admirablemente provisto de materiales.

Concluyo esta larga epístola ofreciéndole también unas pocas observaciones sobre la importancia o, mejor dicho, la no importancia del paso ruso a través del Danubio: están a su disposición en el momento en que las solicite.

Si toma usted en consideración mi ofrecimiento, me alegrará recibir unas líneas lo antes posible, a fin de poder ponerme a trabajar de inmediato. Entretanto, etc.