[Londres, 17 de abril de 1853]

... Hoy he recibido los primeros 5 números<sup>a</sup> de Nueva York, no sé si de Weydemeyer o de Kellner. Con la mayoría de ellos ya estaba familiarizado por usted. Es al menos un periódico decente —cosa rara en América— y un periódico de trabajadores. Sin embargo, no puedo decir que me gusten mucho las afectadas efusiones del redactor jefe acerca de «questions personnelles», que son al mismo tiempo cuestiones de partido, ni su pseudoingenua gentileza y su pomposidad bíblica. Pero hay que tomar este periódico tal como viene. Lo que más me gustó de todo fue la introducción de Weydemeyer a sus «Ökonomische Skizzen». Buen material ese. He tanteado a nuestra gente de aquí; Dronke y Pieper han enviado ya algo, creo. Hablaré con Jones. En conjunto, es difícil conseguir colaboraciones. Yo mismo tengo demasiado que hacer. Los demás, por desgracia, aún están algo retraídos por sus experiencias anteriores. Lupus se halla en un estado lastimoso. Eccarius tiene que trabajar en su sastrería desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche y se encuentra en un estado de tisis peligroso. Engels, cuando no está metido en la oficina, está completamente absorto en sus estudios, y probablemente tampoco ha superado aún los agravios que cree haber sufrido a manos de la prensa americana. Nuestro partido es, ¡ay!, muy *pauvre*.<sup>b</sup> Me dirigiré también al ex teniente Steffen, ex testigo de la defensa en el proceso de Colonia, actualmente maestro de escuela en las cercanías de Londres. Él tiene más tiempo libre que nadie y es muy capaz.

Pieper aún no ha terminado los artículos que usted desea, lo cual explica que todavía no los haya recibido.<sup>c</sup>

En cuanto al asunto Hirsch,<sup>d</sup> envié inmediatamente una declaración a Engels vía Engels, lo cual, etc., etc. Hace ya 6 meses o más que sé que había algo turbio en Bangya. No rompí con el individuo hasta que, como el burro que es, me dejó averiguar todo acerca de sus conexiones, me entregó todos los documentos que me daban la razón y a él se la quitaban, y en general se puso a mi merced. Lo eché hace meses en casa de Szemere.

Mis sospechas sobre Willich no han hecho sino confirmarse con su último paso. *D’abord*, ¡sé que él y Kinkel pagaban y siguen pagando a Hirsch con fondos revolucionarios! Luego, en el proceso de Colonia, poco después de iniciado, se jactó ante Fleury (quien a su vez se lo transmitió a Imandt) de tener en su poder una carta mía a Bangya fechada en Manchester. En aquel momento interpelé a Bangya al respecto. Dijo estar dispuesto a ser careado con Fleury. Al ser informado de esto por Imandt a instancias mías, Fleury se retractó. Así pues, en aquel tiempo Willich conspiraba ilícitamente con Hirsch. Sabía que Hirsch conspiraba ilícitamente con Greif y que su amigo Fleury era un espía. Fue a través de estos individuos como consiguió mi carta. El «galante digno» —para quien, *en passant*, la carne y la bebida gratis son *le dernier but*<sup>e</sup>— quería tenderme una trampa, y con ese fin se enredó en intrigas con *mouchards*.<sup>f</sup>

Es cierto que envió a Hirsch a Colonia. Es cierto que supe más tarde que Hirsch estaba en Colonia. Pero ¿por qué envió a Hirsch a Colonia, y cuándo lo envió allí? 1.º Cuando ya era demasiado tarde. 2.º Cuando la policía de Colonia había denunciado por sí misma a su amigo Fleury. 3.º Cuando él mismo, habiéndose vuelto sospechoso, quiso rehabilitarse como «magnánimo digno» mediante este golpe teatral. Éste fue el relato que el propio Hirsch hizo del asunto a su regreso...

Reichenbach y familia, el «listo» teniente Schimmelpfennig con esposa y la herencia Briningk de 1.000 libras, y, por último, el artista Schmolze, zarparon hoy hacia América. ¡*Bon voyage*! Pero la huida de Reichenbach ha privado al pobre Lupus de la última de sus clases. Es de lo más desafortunado para él. No es ningún Kinkel. Ni sabe lamer las botas a los burgueses como el futuro «Presidente de la República Alemana» y su «consorte»,<sup>g</sup> ambos consumados sicofantes, farsantes y parásitos. El amable Gottfried ha conseguido hasta ahora congraciarse de tal modo que se le ha concedido el uso de una de las salas de conferencias de la Universidad de Londres para repetir ante un público londinense su vieja serie de conferencias sobre el arte cristiano en la Edad Media. Las da gratis y de balde, con la esperanza de poder insinuarse hasta hacerse con el puesto de profesor de estética en la Universidad de Londres. Las pronuncia en un inglés abominable, leyendo de un manuscrito. Aunque acogido con aplausos al comienzo de la serie, posteriormente resultó un fracaso tan completo que ni siquiera la claque organizada de mercachifles judíos de la estética pudo salvarlo. Edgar Bauer, que estuvo presente —Kinkel dio su primera conferencia el martes pasado— me lo contó todo. Parece haber sido una actuación verdaderamente nauseabunda y miserable.

<sup>a</sup> de Die Reform — <sup>b</sup> pobre — <sup>c</sup> Véase este volumen, pp. 301-02. — <sup>d</sup> K. Marx, «Confesiones de Hirsch». — <sup>e</sup> el fin último — <sup>f</sup> espías de policía — <sup>g</sup> Johanna Kinkel