.. Sólo unas pocas líneas hoy. Brüningk me ha escrito.  
Le he contestado por escrito, diciéndole que Kinkel y Willich fueron los instigadores del rumor y que yo, en mi carta a ti, había aludido a ellos pero sin nombrarlos.

Si Kinkel publica un desmentido público en la prensa norteamericana, yo publicaré toda la correspondencia y/o el acta de lo ocurrido entre él, yo y J. Huzel, como prueba de su veracidad y de su valiente reivindicación frente a las imputaciones que él había hecho.

Si Brüningk te exige que te retractes o te ataca públicamente por «deformación deliberada del material que yo te proporcioné», limítate a los siguientes puntos: 1. Perfectamente podías haber deducido que la señora von Brüningk era una agente de quien hasta sus propios amigos sospechaban que lo era, tanto más cuanto que era agente de la notoria agente rusa, la princesa von Lieven.

2. Tanto menos motivo tenías para andarte con ceremonias, cuanto que Schimmelpfennig —el amigote de la señora von Brüningk— había sentado el principio de que a Marx y Cía. se les debía calumniar.

3. Podrías haber hecho una declaración tú mismo si Brüningk se hubiera dirigido directamente al Wecker, y luego a ti, en lugar de meter de por medio a los miserables Ruge-Ronge. Ça suffira.

Ad vocem E. Jones. Jones está subiendo con rapidez. El periódico de Harney —rival del de J.—, The Star of Freedom, dejó de publicarse hace unas tres semanas.

Ad vocem Kinkel-Willich. El descaro de la declaración anti-Reichenbach de estos dos individuos sobrepasa todo límite.

1. Reichenbach fue demasiado indulgente con estos sujetos al ocultar la verdadera razón que, sobre todo, motivó su proceder. En efecto, en América siguen aún circulando pagarés que llevan la firma de Reichenbach. Aun después de haber sido repudiados en cuanto comité financiero por los garantes de Londres, Kinkel y Willich hicieron que sus agentes en América los convirtieran en plata, incluso con descuento, y les enviaran directamente el producto; de igual modo, anduvieron ofreciendo esos pagarés por Londres. Jamás han rendido cuentas de las sumas así recibidas. Fue una pura y simple escroquerie, y Reichenbach consideró necesaria una declaración para descargarse de toda responsabilidad al respecto.

2. Los periódicos alemanes aplaudieron la resolución de devolver el dinero a América, y Kinkel se llevó especiales elogios. El canalla recibió en silencio esas aclamaciones burguesas y, ni en Bradford ni en Manchester, mostró inclinación alguna a confesar su oposición a dicha resolución. Busca aparecer como respetable ante la burguesía en Alemania para hacer dinero, y posa de creyente en la revolución ante los filisteos revolucionarios de América para arrancar de las garras del Cerbero Reichenbach el dinero que les ha estafado.

3. Willich confía en la distancia que media entre América y Londres. Aquí, todos los refugiados consideran a este sujeto un espía probado y un truhán desenmascarado. Él cree que en América todavía podrá hacerse pasar por el tesorero de la revolución.

Hirsch ha contado en un club obrero de Blamich Street que Willich es su cómplice. El mismo, el astuto Hirsch (¡¡¡!!!) dice ser un espía en interés de la democracia, mientras que Willich lo es en interés de la policía, nada menos. La sociedad de Willich se enteró de esto. Hubo preguntas, etc. (quizás ya lo hayas leído en mis Revelaciones). No se le ocurrió nada mejor que, con un minúsculo núcleo de su sociedad, trasladarse a otro establecimiento donde no se admitían visitantes, y mudar su propio domicilio a un remoto rincón de Londres. Ahora hay que desenmascarar también en América a estos dos canallas. Aquí están completamente acabados.

Ad vocem Goegg. Goegg, que durante meses estuvo diciendo a todo el mundo que había asistido al Congreso de Wheeling, se hallaba a la sazón en Estrasburgo reuniendo los restos de su fortuna, 300 libras esterlinas. Ahora, en compañía de Ronge, está estableciendo kindergarten y centros educativos germano-católicos por el estilo.

Tuyo  
K. M.