Adjunto hallarás: 1. Un manuscrito mío: Revelaciones sobre el proceso comunista de Colonia. Este manuscrito partió ayer hacia Suiza para ser impreso allí y desde allí lanzado a Alemania como étrennes para los caballeros prusianos. Deberías hacerlo imprimir localmente si crees que las ventas en América te permitirán recuperar al menos los costos de producción; si rinde más, tant mieux. En ese caso, deberían aparecer avisos previos en la prensa para aguijonear la curiosidad del público. Si el folleto llega a salir en América, debe publicarse anónimamente, tal como en Suiza. Para apreciar a fondo el humor de la cosa, has de saber que su autor, por falta de algo decente que ponerse en las posaderas y en los pies, está prácticamente internado y, además, se halla y sigue amenazado por una misère verdaderamente espantosa que puede engullir a su familia en cualquier momento. El proceso me arrastró aún más al fango, pues durante 5 semanas, en lugar de trabajar para ganarme el sustento, tuve que trabajar para el partido contra las maquinaciones del gobierno. Encima de eso, me ha enajenado por completo a los libreros alemanes con los que esperaba concluir un contrato para mi Economía. Finalmente, el arresto de Bermbach me ha privado de la perspectiva de sacar algún provecho de los Brumarios enviados a través de ti: ¡ya en mayo se habían encargado 300 ejemplares por medio de él! Así que menudo lío.

Aquí, en Londres, he hecho correr la voz de que el folleto se imprimirá en Norteamérica, aunque solo sea para poder hacer una incursión desde Suiza a espaldas de los prusianos. Ellos sospechan que algo se trama y a estas alturas ya habrán ordenado a los douaniers y a la policía de Hamburgo, Bremen y Lübeck que estén al qui-vive.

2. Adjunto también una petición de dinero para los presos de Colonia y sus familias. Procura que aparezca en varios periódicos. También sería buena idea que formarais comités por ahí. Aquí se trata de una manifestación de partido. Observarás que Ernest Jones figura realmente como miembro del partido. En una nota introductoria, firmada por vosotros dos, podríais subrayar especialmente que no se trata de una mendicidad por la revolución al estilo Kinkel, etc., sino de un objetivo definido del partido cuyo cumplimiento exige el honor del partido obrero.

Una declaración bastante larga (firmada por mí, Lupus, Freiligrath y Engels) sobre las infamias del gobierno en el proceso de Colonia ha aparecido en varios periódicos londinenses. Lo que más enfurece a la embajada prusiana es el hecho de que las más distinguidas y respetables revistas semanales de Londres, el Spectator y el Examiner, hayan publicado esta denuncia sin tapujos del gobierno prusiano.

El Morning Advertiser no imprimió tu carta; ¿habrá olido a gato encerrado?

La nota del Abendzeitung que hoy me has enviado, según la cual yo, etc., la policía, etc., es una procacidad del señor M. Gross, instigado por algún willichiano en Nueva York. Por mi manuscrito verás qué papel desempeña este «honorable» Willich en el proceso de Colonia. Me he callado muchas cosas, en parte para no estropear el esquema literario del conjunto, y en parte para tener munición fresca por si el individuo —lo que apenas me atrevo a esperar— tiene el valor de replicar.

Me hacen gracia las cartas de Fickler. Blind, que ahora vive aquí con su mujer, me cuenta que, durante la exposición industrial, Fickler, el bueno y honesto Fickler, alquiló una casa grande y la amuebló suntuosamente con la intención de realquilarla. La especulación le salió mal. No solo se largó a América huyendo de sus acreedores, sino que se fue sin decir una palabra de sus planes a su hija casadera que vivía con él, ni dejarle un solo céntimo. A ella, por supuesto, la echaron de la casa. Qué fue de ella después, nadie lo sabe. ¡El bueno y honesto Fickler!

En cuanto a Proudhon, ambos tenéis razón. Las confusiones de Massol se debían a que Proudhon, con su habitual charlatanería industrial, adoptó como sus «últimos descubrimientos» algunas de mis ideas, por ejemplo, que no existe el conocimiento absoluto, que todo se explica por condiciones materiales, etc., etc. En su libro sobre Luis Bonaparte admite abiertamente lo que yo había tenido que deducir primero por mí mismo de su Philosophie de la Misère, a saber, que su ideal es el pequeñoburgués. Francia, dice, consta de 3 clases: 1. Burguesía; 2. Clase media (pequeñoburgueses); 3. Proletariado. Ahora bien, el fin de la historia, y de la revolución en particular, es disolver las clases 1 y 3, los extremos, en la clase 2, el feliz término medio, y esto se realiza mediante las transacciones proudhonianas de crédito, cuyo resultado final es la abolición del interés en sus diversas formas.

El general Vetter visitará a Weydemeyer en Nueva York y a ti en Washington.

Ad vocem Kossuth. Cuando me enteré, por lo que me enviaste, del escándalo inicial en la prensa germano-americana sobre mi «PRIVATE CORRESPONDENCE» en la Tribune, envié una declaración a la Tribune firmada «your PRIVATE CORRESPONDENT», de la cual adjunto un resumen:

Pero prosigo. Al recibir de ti el recorte en que uno de los secretarios de Kossuth me califica de calumniador infame, etc., y al mismo tiempo trabaja para Pierre, etc., informé al señor Kossuth del contenido de mi primera declaración a la Tribune y le pedí al caballero una explicación definitiva. A lo cual Kossuth respondió: 1. por su palabra de honor, que no tiene secretario; que posiblemente Benningsen en América, su antiguo escribiente de cancillería, se había arrogado ese cargo; y 2. que la primera noticia que había tenido de la presunta declaración había sido por mí (yo le había enviado el corpus delicti, el recorte de papel que venía en tu carta); 3. que me agradecía mi «advertencia» y que me invitaría de nuevo a encontrarme con él en algún terreno neutral.

El próximo viernes comunicaré de nuevo los puntos 1 y 2 a la Tribune. Mantenme au fait de este asunto.

Ad vocem Kinkel. Bueno, Kinkel ha estado deambulando dando conferencias sobre poesía moderna, etc., en Bradford y Manchester, donde, como el parásito clerical, estético y liberal que es, cortejaba a los judíos alemanes. Personas que asistieron a sus conferencias me han informado de su proeza estética de la manera siguiente: anuncia que va a dar una conferencia sobre el Fausto de Goethe en Bradford, entrada a 3 chelines por cabeza. Sala llena. Grandes expectativas. ¿Y qué hace Gottfried? Les lee Fausto de cabo a rabo, ¡y a eso lo llama una conferencia sobre «Fausto»! Ni que decir tiene que Gottfried fue lo bastante astuto para reservar este timo precisamente para la última conferencia. En Manchester, Gottfried declaró: «Goethe no es poeta, hace rimar “erbétig” con “Venedig”; pero Immermann es el más grande de todos los poetas alemanes.» Y también: «Me atrevería a decir que, de los poetas alemanes más recientes, tres en particular han gozado del favor del público: Herwegh, Freiligrath y —si me atrevo a decirlo— Gottfried Kinkel.» Pero el campechano Gottfried también dio conferencias sobre política, por ejemplo, sobre los partidos en Norteamérica. He aquí lo que dijo en Manchester y Bradford: «Cierto, yo había anunciado que iba a hablar sobre los partidos americanos, por ejemplo, demócratas, whigs, free soilers, etc. Pero en realidad, en América ya no quedan más partidos que en Europa. Solo queda el gran partido único de los liberales, como también se pondría de manifiesto en Alemania, si solo se permitiera al partido derrotado retomar su posición anterior.» Finalmente, Gottfried habló de los mormones, de los cuales, entre otras cosas, declaró: «El que quiera librarse de todas las preocupaciones terrenales debe acudir a los mormones», etc. Sus afirmaciones incluso hicieron creer a la gente de Bradford que era un agente mormón. Sea como fuere, Gottfried Kinkel dejó las dos ciudades manufactureras profundamente convencido de que nunca más debe volver a mostrar su rostro por allí.

En el tribunal de Colonia, Becker se ha desacreditado a sí mismo y al partido. Se había acordado mutuamente desde el principio que compareciera como no miembro de la Liga, para no perder la buena voluntad de la pequeña burguesía democrática. Pero siendo muy débil en teoría y bastante fuerte en pequeña ambición, de pronto le sobrevino un vértigo. Quiso hacerse el gran hombre de la democracia a costa de los comunistas. No solo quiso salir impune, sino llevarse personalmente los laureles que hubiera que cosechar en el proceso. No solo sigue siendo tan desvergonzado como siempre, sino que se está volviendo despreciable.

Para terminar, unas palabras sobre Francia. Bonaparte, que siempre ha vivido a crédito, cree que no hay mejor manera de traer la edad de oro a Francia que hacer universales las instituciones de préstamo, y tan accesibles como sea posible a todas las clases. Sus transacciones tienen una doble ventaja: preparan el camino a una crisis financiera atroz, y demuestran lo que resulta de las maniobras crediticias de Proudhon cuando se ponen en práctica y no se limitan a sueños diurnos teóricos, a saber, una estafa de agiotaje sin parangón desde los tiempos de John Law.

Los orleanistas —conozco muy bien a uno de sus agentes— están tremendamente activos. Thiers está aquí en este momento. Tienen muchos aliados en el ejército y en el entorno inmediato de Bonaparte. Piensan asesinarlo (en enero) en su cama. Nous verrons. En todo caso, se me avisará con quince días de antelación del atentado, y yo a mi vez avisaré al partido proletario revolucionario de París a través de la sociedad secreta de los «fréres et amis» a la que pertenezco. Si los orleanistas sacan las castañas del fuego, en ningún caso se les debe permitir que se las coman.

Si Heinzen y compañía alardearan de la actuación de Becker en Colonia, comprometiéndonos así a todos nosotros, tienes que publicar una declaración firmada con tu nombre, diciendo que Becker era miembro de la sociedad comunista y que, poco antes de su arresto, me invitó a escribir un artículo contra los demócratas, pero me pidió que no respondiera a los ataques de Heinzen y Ruge, esos aliados miserables de Müller-Tellering. Por supuesto, solo debes utilizar esta arma en caso absolutamente necesario. En tal caso declararás sin rodeos que Becker salió a escena según lo acordado, pero que sobreactuó groseramente, no desempeñó su papel con la suficiente habilidad —que es de lo único que se le puede reprochar.

K. M.