[Londres, 3 de septiembre de 1852]

Por aquí se ha hecho correr la voz de que Gebert, un oficial sastre aficionado a la botella y mirmidón de Willich, había partido hacia América. No es así. A principios de agosto, Kinkel y Willich lo enviaron a Alemania como su emisario.

Como esta gente insiste en sus circulares —la última, dirigida a los garantes— en las «organizaciones», y en general no tienen conexiones en Alemania, los remanentes de la Liga de los Comunistas que, por una u otra razón, no tienen contacto con Colonia, debían proporcionar una apariencia de tales «organizaciones», y un pretexto para las mismas.* Y además, los señores tenían que rendir cuentas de la suma de 200 libras esterlinas. De ahí que hubiera que gastar cierta suma de dinero en uno u otro lugar, de manera que pudiera describirse decentemente como «gasto revolucionario». Esperaban que el resto de lo gastado pudiera entonces hacerse pasar más fácilmente. Finalmente, Marx, Engels y compañía debían ser destruidos (sic) ante los ojos de los trabajadores en Alemania. Kinkel pensó que, habiéndose abierto camino mendigando y mintiendo hasta ganarse la estima de los remanentes de la Liga de los Comunistas, podría hacer pasar a estos últimos ante sus garantes burgueses como una conexión democrático-burguesa. Willich, el representante impuesto a los trabajadores alemanes por él mismo y por Kinkel, vio al fin la oportunidad de crearse un verdadero séquito de trabajadores en Alemania.

Prosigamos. En Magdeburgo, Gebert reunió una llamada comunidad comunista; durante tres días consecutivos se celebraron debates, en los que tomaron parte de 26 a 30 miembros; presidía uno llamado Hammel (nomen omen*); durante los debates se atacó a Marx y a Engels con mucha acrimonia, estableciéndose como tarea principal destruirlos a ellos, su influencia y sus «doctrinas». (Puede que al hermano Hammel esto último no le resulte tan fácil.) Además de diversas cuestiones administrativas y organizativas, surgió la cuestión de cómo y de qué manera se podría montar una imprenta. Lograron dar con un impresor de libros empobrecido, con un negocio en Magdeburgo o cerca de allí, y concertaron un acuerdo con él. Puso su taller a su disposición para la propaganda, conservándose el nombre de la firma tal cual. A cambio, se le pagaron 100 táleros al contado y se le entregó una letra de cambio por 350 táleros, que habrá de recibir al cabo de un año.

Así, los fondos revolucionarios han de servir al propósito de hacer propaganda a esa criatura, Kinkel-Willich, y de promover la intriga para escindir a las «organizaciones» en Alemania.

Pero lo mejor está aún por venir. La policía prusiana fue informada de todo desde el momento en que el inofensivo Gebert salió de Londres, mientras que aquí todos imaginaban que se había escabullido a América. El gobierno tenía a su informante en la grosera asamblea de Magdeburgo; este tomó todo el debate en taquigrafía. Gebert, que ahora ha ido a Berlín, llevaba a la zaga a un policía prusiano. No se le pierde de vista ni un instante. El gobierno se propone dejarle cumplir su misión, para cuando lo haya hecho haya comprometido a docenas de otros además de a sí mismo.

Tengo esta información —Willich también ha estado jactándose de sus «agentes» en Alemania— de un cuartel general de la policía prusiana en el que he plantado un séide⁽*⁾.

¿Qu’en dis-tu?⁽**⁾ ¡Conque estos bellacos están brindando al gobierno prusiano la oportunidad de introducir nuevas complicaciones en el proceso de Colonia, etc.!

¿Y con qué fin? Para encubrir sus cuentas turbias, para disfrazar la inutilidad de todos los manejos de su comité revolucionario hasta la fecha, para excitar sus pobres ánimos contra sus enemigos, etc., etc. Por ahora, la cosa debe mantenerse aún en secreto. Pero en cuanto veáis que Gebert ha sido detenido, o que han comenzado las detenciones de «comunistas», abrid fuego sin esperar a saber nada más….

⁽*⁾ El nombre es significativo (Hammel significa borrego). — ⁽⁾ un seguidor devoto — ⁽*⁾ ¿Qué decís a eso?